Humanistas

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¿Qué es un humanista? Para mí, no es alguien sumergido en la literatura y la filosofía. Un pensador. Y mucho menos un intelectual. Creo que esa es la trampa en que nuestra época ha caído. Considerar esos personajes como humanistas. A un escritor, un filósofo o un artista, un humanista. E incluso cualquier organización de ayuda social (o humanitaria), cuando muchas de ellas no son sino un lavado de cara o bien para evadir impuestos o mejorar su imagen, de los estados totalitarios. Si Occidente quisiera erradicar de verdad el hambre, lo haría. No crearía ONGS. Y desde luego, se preocuparía por traer sacos de libros junto a los de alimentos. En verdad, la mayoría de escritores que conozco, incluso algunos de los que admiro y me parecen los mejores, no son humanistas. Porque viven por y para su arte. Publicar en tal o cual editorial. Alcanzar el reconocimiento. Y para mí, eso no es un humanista. De hecho, creo entender que esa era la trampa en que había caído nuestro mundo, tal y como lo denunciaba Martin Heidegger en su Carta sobre el humanismo: considerar que la profesión de una persona va ligada a su humanismo. Cuando, bien mirado, los jesuitas y dominicos por ejemplo que llegaron a América eran soldados de la fé. Ejércitos bien instruidos para doblegar la voluntad de los indígenas y proseguir la tarea de adoctrinamiento y sometimiento que los ejércitos habían comenzado anteriormente.

Lo intentaré dejar claro. Para mí, un humanista puede ser un constructor, un fontanero o un arquitecto. Un humanista es alguien que sin sacar beneficio alguno, ayuda a su prójimo. Ante el dilema de si no sería mejor mantenerse ocupado en sus labores en su hogar y trabajo o conciliar a un amigo o necesitado, escoge la segunda opción. Alguien que es capaz de percibir que sus problemas no son más importantes que los de los demás y por tanto, cuando es necesario, puede empatizar con sus semejantes. Y hay muchos artistas que no lo hacen. Por más que en sus obras sí exploren tal vez estos condicionantes. Un hecho que nos habla no tanto de ellos sino del propio arte. Nos indica con absoluta claridad que el arte es tanto un aliado de dios como de Satán. La muestra más pura de las contradicciones humanas, las dudas y a la vez, la absoluta obstinación con que el mundo fue creado. Exactamente, un escritor puede por tanto ser o no humanista. No nace con esta condición o la recibe por haber escogido su profesión. Como el lápiz y el papel. Ha de ganársela. Merecerla. Pues, al fin y al cabo, un escritor humanista es alguien que pone la cultura al servicio de la humanidad. Escribe libros para comprender mejor la realidad e intentar que los demás también lo hagan. Al contrario, contagiado tal vez por el virus neoliberal -colocar a los hombres al servicio de la economía- el escritor actual acostumbra a situar sus conocimientos y cultura a su servicio. En su beneficio. Para conseguir publicar en una u otra editorial, adquirir una plaza universitaria, ganar un concurso, prestigio y fama o el abrazo de sus colegas. Esa porquería cotidiana que provocó que Thomas Bernhard decidiera estrangular en sus novelas a todo aquel relacionado de alguna manera con el arte. Sin importarle de paso estrangularse a sí mismo. Vivir asfixiado el resto de su vida.

Akira Kurosawa por ejemplo era un humanista. Elogiaba a las personas capaces de sacrificarse en situaciones límite. Regidas por rigurosos códigos éticos firmemente seguidos por su libre voluntad. Albert Camus también. Aunque el francés era más desolador. No dudaba en que había que solidarizarse con “el otro” pero se preguntaba para qué. Si no será al fin y al cabo, este gesto un acto absurdo. Y si la solidaridad no era en el fondo sinónima de soledad. Franz Kafka es un genio por muchas razones. Infinitas e indescifrables la mayoría. Pero entre otras, por visualizar un mundo de oscuros funcionarios como presagio del fin del humanismo. O de lo que quedaba de él. Y en gran medida, acertó. Cientos de escritores han renunciado a su vocación o no la llevan al límite, con osadía y valentía, por haber conseguido una plaza en la Universidad. En un colegio o Instituto. Eso también es Kafka. Un mundo donde Prometeo no sale a robar el fuego. Se queda atado a sus posesiones. Su sensación de seguridad. La paga mensual, la pensión. En definitiva, lo que conocemos como fin del arte que, en mi opinión, tiene mucho que ver con una búsqueda o bien de seguridad y tranquilidad o bien de satisfacer el ego y no tanto una lucha por encontrar en nuestro corazón las verdades que necesitamos decir. Y soltarlas pese a quien le pese.

Hace unos días leía a Khalil Gibran. A eso le llamo yo una escritura valiente. Humanista. Un pozo eternamente regado y sembrado. A veces me gusta, otras no. Unos días al leerla, veo leones y serpientes adentrándose en mi cuerpo. Otras, me siento indiferente a ella. Como una pared frente a una pelota de plástico. Pero incluso entonces, he de reconocer que estoy ante una escritura que arde, es mística y se percibe que nace y brota del corazón. Una escritura que es verdad. Un límite. Una frontera situada en el cuerpo de Shiva. Y que su aspiración es conmover al ser humano. Transformarlo. Pienso -obviamente puedo equivocarme- que si Khalil Gibran no hubiera sido conocido, le hubiera importado poco. Hubiera seguido escribiendo. Diciendo lo que debía. Porque un humanista es alguien que todavía reconoce el mandato de dios. Intenta escucharlo incluso en la horca o mientras sufre la peor de las enfermedades. Piensa en el bien o mal que hará a los demás su libro y no en los reconocimientos que obtendrá, o en la cara que pondrán su colegas cuando les diga que ha conseguido publicar en esa editorial donde todos, secretamente o no, anhelan hacerlo. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

Hacer amistad con el ignorante es tan estúpido como dialogar con un borracho

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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