Imposturas intelectuales

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Terminé hace varios días el libro de Alan Sokal y Jean Bricmont, Imposturas intelectuales. Una lectura más que recomendable, necesaria.

El caso Sokal es bastante famoso en el ámbito universitario pero para quien no lo conozca, lo resumo a continuación. Alan Sokal, un Doctor en física estadounidense, con un alto grado de inquietudes culturales y una férrea voluntad izquierdista, harto del uso y abuso de términos físicos y matemáticos por parte de los sacerdotes del post-estructuralismo y el posmodernismo -Lacan, Kristeva, Delleuze, Virilio, Latour, Baudrillard, etc- se decide a denunciar este hecho. Pero en vez de hacerlo a la manera clásica, a base de ejemplos incontestables y la crítica en voz alta, actúa de manera mas sutil, inquietante y precisa. Presenta un artículo lleno de imprecisiones extraídas de libros pertenecientes a los popes a los que critica, a una revista norteamericana en boga, Social Text. El rimbombante título es el siguiente: “Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica”. Ciertamente, su contenido no desmerece el enunciado que lo abre. Al contrario, toda una sarta de tópicos posmodernos, ideas contrahechas y lúcidas reflexiones situadas fuera de contexto y lugar, lo conforman. Resultado: el texto es aprobado por la revista, publicado y no sé si alabado por alguno de sus pares con el cinismo habitual con el que se elogian estas publicaciones.

A continuación, desvelada la jugada, sigue una polémica y un escándalo sin mucho sentido repleto de opiniones en contra y a favor. Jacques Derridá y el psicoanalista Nicolas Fink lo acusan de no comprender el estadio metafórico, casi fantasmagórico, del discurso filosófico, algunos científicos brindan por la existencia de un texto que desmonta al fin tantas falacias y un nuevo libro de Sokal, Más allá de las imposturas intelectuales, vio la luz con lo años, avivando el fuego de un debate inacabable. Un auténtico diálogo de sordos que muestra el abismo intelectual en el que vivimos. La pared que separa el mundo universitario del real por cuyas grietas apenas emergen vocablos ininteligibles.

¿Por qué cito hoy el libro de Sokal? Nunca es mal momento para ello. Probablemente porque su denuncia permite entrever el mundo de brujería en que se fue convirtiendo el ámbito universitario durante el Siglo XX. Un refugio de supersticiones científicas y de atrincheramiento de élites. Una especie de escudo contra el poder y escupitajo culto contra la masa. Y tal vez incluso nos ofrezca razones para comprender por qué en la mesa de un debate, generalmente, se entiende mejor a los profesores de Instituto que a los de Universidad. Se los siente mucho más próximos al mundo en general, menos forzados, con menos presión y, desde luego, con menor ambición que ciertos interlocutores cuya rigidez a veces termina desembocando en soberbia. Además de en mirada estéril sobre el fenómeno que explican.

Obviamente, no es posible explicar este proceso con un mínimo de rigor en unas pocas líneas. Yo, en concreto, necesitaría un libro o al menos -tirando de ironía- de la longitud de una ponencia. Por lo que ruego se lea el escrito con “levedad”, transitoriamente, y sin ánimo crítico ni cínico. Aunque sí que confío apuntar, de una manera impresionista, alguna razón válida.

Puedo equivocarme -claro que sí- pero entiendo que la profesionalización de las “¿ciencias humanas?” realizada durante los dos últimos siglos en Occidente así como la necesidad de encontrar y crear un lenguaje afín a cada rama de conocimiento poseía un objetivo central: asegurar que quienes estudiaban e impartían una materia, estuvieran seguros de que nadie más que ellos podía trabajar en esa rama. Fabricar obreros del pensamiento.

La especialización y la necesidad de seguridad -en el fondo desconfianza hacia el pueblo además de, probablemente, deseo de someterlo- de los investigadores, unida a la necesidad de convertir en ciencia objetiva cualquier disciplina para justificar su inclusión en el ámbito universitario, provocó el surgimiento de un léxico abstruso. El latín moderno. La transformación del aula en una burbuja y el despacho del profesor en cueva de chamán o habitación de sacerdote. Algo lógico porque el maestro era alguien capaz de hacer que los alumnos se integraran en la comunidad y consiguieran el sustento necesario para ganarse la vida. Ofrendarles, en definitiva, el cuerpo y la sangre de Cristo.

Obviamente, este poder concedía un “don”, un “aura” al profesor, cuyas recetas y consignas abrían las puertas a los secretos de la psicología, la antropología o la filosofía. Un “aura” que, lógicamente, se agrandaba cuanto más complejos fueran los fundamentos y tecnicismos a través de los que se acercaba a distintas materias. Básicamente, porque su dominio del “intrincado saber” le permitía justificar su puesto primero en el orden de castas de la enseñanza, muy por encima de los profesores de escuelas secundarias e infantiles, cuyo léxico “más simple” ponía de relieve que no estaban tan versados en los misterios alquímicos y secretos de la brujería científica como él. Un jefe de manada, al fin y al cabo, que sabía con mayor precisión que el resto dónde cazar al toro o conseguir las plantas medicinales.

Lo cierto es que, en un momento dado y justificándose en la libertad de cátedra, la necesidad de salirse del corsé científico o el necesario papel social de los intelectuales, profesores universitarios con espíritu de escritores necesitados de justificar su elevados sueldos e incapacitados para escribir novelas debido a sus inacabables obligaciones, desbarraron todo lo que quisieron y más. Ya que, aprovechándose del maremoto globalizador, el vértigo capitalista, la velocidad del mundo contemporáneo además de la confusión y caos que traerían consigo las nuevas fusiones culturales, se convirtieron en opinadores. Analistas críticos -brujos realmente- que se diferenciaban de la plebe -periodistas y público en general- por la facilidad con la que manejaban todo tipo de términos extraídos de lugares diversos y con la que transformaban los distintos problemas que preocupaban a la sociedad en metáforas enigmáticas,

En realidad, estos intelectuales convirtieron su profesión en un poema abstracto. Urdieron verdadera literatura “filosófica”, “psicológica” o “antropológica” e incluso “económica” y “matemática” para solidificar sus privilegiadas posiciones. Su estatuto de “chamanes”, “brujos” del mundo intelectual a quienes más se les escuchaba y respetaba -caso de Lacan- cuanto más costaba acceder a sus escritos urdidos en una clave “iniciática”, casi “conjetural”, a través de la que parecía posible descifrar el mundo. Penetrar las costuras del capitalismo gracias a palabras que abrían y cerraban puertas con la facilidad con la que las varitas de los magos sellaban cofres y daban vida a muertos y monstruos ocultos en los relatos de capa y espada o brujería.

Obviamente, lo que demuestra Sokal es absolutamente cierto. La gran mayoría de estos sacerdotes científicos llevaron a cabo una fiesta terminológica desmesurada. Un carnaval cultural consentido y alabado en Congresos de medio mundo y refrendado por críticas jaculatorias y casi masturbatorias. Pero, realmente, utilizaron inapropiadamente términos que, gracias a la credibilidad que la sociedad les daba o la ignorancia de su público -en su mayoría compuesto de filósofos, escritores, sociólogos y no de matemáticos y físicos- pudieron hacer pasar como ciertos e introducir en artículos que demostraban una erudición enciclopédica feroz y casi perversa. Una inteligencia tan, tan superior que provocaba la babosa admiración de intelectuales contraculturales y artistas y aniquilaba lectores pero creaba respeto y admiración a su paso. Un collar de reconocimiento desmedido y manipulado hasta tal grado que cientos de estudiantes se vieron forzados a dedicar tesis para comprender ciertos aspectos de la realidad política, literaria y social que un profesor de instituto bien formado o un periodista no manipulado por el poder podrían haber explicado con mucha mayor claridad que estas sacras estatuas.

En cierto sentido, La broma infinita de David Foster Wallace -cayendo seguramente en los mismos errores- aludía a esta demencial situación. Y también el nihilismo contemporáneo que, en general, no encuentra en las Universidades más que fuerzas destructivas y aliadas para incrementar su poder e ir disolviendo píldoras suicidas y pasivas por toda la sociedad. Ciertamente, lo que demuestra Sokal es que estas instituciones no traen consigo únicamente dinero, empleo y prosperidad -fotocopiadoras, negocios de ropa, alquileres a estudiantes, etc- sino también probablemente la mentira. La mentira que le interesa inocular al poder.

En cualquier caso, deseo aclarar que yo no soy tan crítico como Sokal con los autores citados. Aunque, obviamente, encuentro excesivos los ingentes sueldos económicos que ganaron sosteniendo ciertas ideas falsas gracias a ese marasmo confuso del que se aprovecharon (conscientemente o no). De hecho, entiendo la problemática planteada por Sokal dentro de un debate mucho más amplio.

Intentaré explicarme claramente y con brevedad. Sin rebuscar el léxico que utilizaré. Desde el siglo XIX -Hegel en concreto- y la Ilustración, sabemos que los conocimientos científicos de las materias estudiadas llegaron a tal grado de desarrollo que fue necesario abordar cada una por separado. Y si bien este proceso pudo ser interpretado en principio como un avance, el paso del tiempo ha demostrado que posiblemente fue un desgarro. Una colisión. El principio de la fragmentación moderna.

Frente a este hundimiento del mundo único, en cierto sentido, cabría oponer lo sucedido durante el siglo XVI y el desarrollo del último movimiento que aún provoca cierta nostalgia en el humanismo: el Renacimiento. Época en la que era habitual encontrar artistas con nociones de ingeniería, medicina o física. Leonardo de Vinci es, por ejemplo, un rayo de sol admirado que nunca regresará dentro de la cultura moderna no sólo por sus bellos y a la vez, siniestros lienzos sino por ser la representación del hombre completo. Total. De hecho, esa era la aspiración probablemente de Miguel Ángel: crear el hombre universal desde las cenizas de la cultura griega y romana. Un Cristo capaz de manejar con soltura las distintas disciplinas técnicas irradiando luz divina a las artes y ciencias levantadas con sumo esfuerzo y sacrificio en beneficio de los seres humanos.

Existieron épocas (Renacimiento, Barroco, Clasicismo y primer Romanticismo) en las que, conforme la brujería y el  chamanismo perdían poder en favor de la ciencia y el vulgo comenzaba a ser adoctrinado en las aulas, los nobles y primeros burgueses podían, si así lo deseaban, adquirir conocimientos profundos de diversos temas y materias que actualmente se encuentran contrapuestos. Letras y ciencias podían situarse en diversas partes del círculo pero no se discutía que formaban parte de él. Por lo que quien, gracias a sus posibilidades económicas, gozaba de una buena educación, podía acceder al conocimiento científico, letrado y artístico.

Tal vez no sea exacto lo que afirmo, pero a falta de que lo ratifique un historiador, hemos de presuponer que en los condados italianos, ciudades hispanas y lusitanas, se podían encontrar hombres que conocían rudimentos de navegación, poseían las nociones básicas de ingeniería y astrología y además, sabían escribir y, en caso de tener acceso a un pincel, desde luego que intentaban crear arte. Sin embargo, con el paso de los siglos y la llegada de la Segunda Revolución Industrial, el avance furioso de la técnica privó al ser humano de esta posibilidad: abarcar como parte de su formación universal ciencias y letras. Técnica e inspiración.

Lo sabemos bien. No ya es que hoy en día quien se dedique a la filosofía o al arte no sepa prácticamente nada de computación, ingeniería o arquitectura sino que, muchas veces, un escritor apenas tiene nociones de música o pintura. Lo que ha ahondado mucho más en esa fragmentación y desarraigo del ser humano que tanto nos preocupa actualmente. Y posiblemente, ha ayudado a convertir las aulas actuales en jaulas de castigo o de control social, mental y adiestramiento donde tanto la permisividad absoluta como la violencia son dos rostros de la misma moneda. Medios a través de los que el poder accede a la voluntad de la juventud.

En fin. No sé si se ha entendido bien o seguido mi razonamiento, pero si es así, se comprenderá mejor mi valoración de los intelectuales del siglo XX antes citados, cuyo mal uso de términos físicos y matemáticos no me produce rabia. Más bien, me provoca lástima, compasión y acaso tristeza. De hecho, casi que los comprendo sin justificarlos porque entiendo que su intento de mezclar las ciencias puras con sus reflexiones humanísticas no refleja únicamente un deseo (que también) de ganar prestigio intelectual -su vida ya la tenían resuelta- sino que pone de manifiesto el inmenso desgarro producido en el alma humana por el progreso. Ese avance de la técnica que hacía fruncir el ceño a Friedrich Nietzsche.

En suma, creo que muchos de aquellos héroes universitarios obraron como lo hicieron por desesperación, frustración o miedo a la fragmentación y a la disolución cultural. Es decir, por imposibilidad de poder acceder a todas las formas de conocimiento y convertirse en auténticos hombres del Renacimiento. Humanistas completos.

En verdad, creo que eran muy conscientes de que sus intentos por describir la modernidad estarían incompletos o fracasarían sin la ayuda del aparato científico. Y que, por tanto, muy a su pesar, sus vidas se encontrarían destinadas al olvido más feroz, como tantos cometas de la galaxia artística moderna lo estarían tras el estallido de la cultura de masas: ese mundo donde el intelectual pacta con el poder o muere de hambre y es la televisión la que dicta el ritmo de las historias leídas. Una circunstancia que ha provocado que cientos de escritores actualmente no luchen tanto por conseguir crear la obra maestra en la que nuestra época se vea reflejada sino aquella con la que poder ser filmados y fotografiados hasta la saciedad y alcanzar el reconocimiento de los “otros”. Acaso precisamente lo que buscaban Deleuze, Kristeva o Lacan entre otros muchos y, en cierto modo, puede que hayan conseguido puesto que su rostro se ha desgajado en miles y miles de ventanas de la galaxia virtual y, en gran medida, forma ya parte de la iconografía pop del mundo actual. Del álbum de cromos de los “inofensivos” y “famosos” intelectuales globales. Shalam

إِنَّ بَعْدَ الْعُسْرِ يُسْرًا

 Las palabras verdaderas no son agradables, y las agradables no son verdaderas

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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