La iglesia

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Según ciertas corrientes orientales o teorías de la regresión, en cada una de nuestras vidas, nos encontraremos con aquellas personas con las cuales o bien tuvimos relaciones “kármicas” o no resueltas -en cierto sentido problemáticas-, o con aquellas con las que sí que conseguimos encauzar la amistad o el amor, de tal modo que sería conveniente reconocer a estas últimas almas y mantenernos unidos a ellas o dejarlas marchar, con la alegría de que cumplieron (y cumplimos) con grandeza el papel que nos había sido adjudicado. Desde este punto de vista, cada nueva vida es una oportunidad para arreglar los problemas espirituales no resueltos en “otras” y consolidar los lazos que nos unen con determinadas almas desde hace siglos. No obstante, cada vez que dejamos procesos interpersonales abiertos y sin cerrar, nos estamos encadenando de algún modo, a esta existencia. A la resolución de conflictos en futuras vidas, viéndonos impotentes para detener la rueda del “karma” y la “resurrección”. Y en este sentido, a medida que han ido naciendo nuevas almas y las antiguas no han completado su proceso completo de “desapego” e “iluminación”, el planeta se ha ido poblando de multitudes hasta llegar a la, en algunos casos, superpoblación actual.

¿Cómo poder solucionar este atasco en que nos vemos la mayoría sumergidos, cuando es prácticamente imposible que nos de tiempo ya a encontrarnos con todas las personas con las que tenemos relaciones karmáticas? Ummm. En esto venía pensando hace unos días, cuando me acordé de Internet, los chats, facebook. Mecanismos que, dada la facilidad con que nos permiten conectar con el resto de seres humanos y considerando los cientos de cuentas pendientes que tenemos y no cesan de acumularse, serían un instrumento ideal para resolverlas. ¿Quién nos dice que la persona anónima en cuyo seudónimo pinchamos en un chat no es alguien con quien tuvimos una mínima relación en el pasado; por ejemplo, un soldado al que herimos en un combate, una mujer árabe de la que nos reímos o el vecino carpintero al que despreciábamos? Desde esta perspectiva, Internet sería casi un regalo espiritual. Un videojuego budista entregado a los seres humanos para acelerar su posibilidad de redención o continuar viviendo en el apego y deseo karmático irremediablemente, hasta ¿la destrucción?. Estoy hablando, claro, irónicamente, pero también en serio pues, al fin y al cabo, el siglo XXI es un siglo sin realidad. No es casi posible alcanzar ya lo real, sin lo virtual. Y es por tanto, en lo virtual donde más posibilidades tenemos de alcanzar la verdad. Para bien o para mal. Más que nada, porque la realidad es lo virtual. Imita a Internet y no al revés. Shalam

وعاد بِخُفّيْ حُنيْن

Quien tiene miedo, tiene desgracia

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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