Muerte y espectáculo: parcas en la era Internet

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Durante los últimos meses, nos han abandonado nombres tan importantes del mundo de la cultura como Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Germán Coppini, Félix Grande, Lou Reed, Peter Seeger, Philip Seymour Hoffman, Paco de Lucía, Alain Resnais, Leopoldo María Panero, Luis Villoro, Gabriel García Márquez y algunos otros que seguro que me olvido. Una lista que da vértigo por el prestigio de los mencionados que con justicia, han recibido tantos parabienes y salves que me han obligado a reflexionar si ha cambiado, desde la eclosión de internet, nuestra relación con la muerte. Creo que porque de todos estos decesos me he enterado a través de la red y a la mayoría de ellos, le han seguido toda una serie de comentarios de homenaje al fallecido de los que resulta muy difícil abstraerse. Tanto es así que se siente uno culpable si cuelga en facebook una entrada que no tenga que ver con la muerte recién acaecida y casi que nos es imposible continuar con nuestros quehaceres habituales entre duelo y duelo. Hace unas semanas, (no recuerdo a propósito de qué funeral), alguien confesaba no ver la relación entre que alguien se muriera y todo el mundo sintiera a continuación la necesidad de dar su opinión sobre la vida y obra del fallecido. Yo sí entiendo que existe una conexión entre ambos fenómenos pero me siento abrumado por la velocidad en la que actualmente se nos comunica el abandono del espíritu de un cuerpo humano. Mucho mayor lógicamente que cuando nos enterábamos de estos acontecimientos a través del periódico y la televisión que ya era probablemente demasiado rauda, teniendo en cuenta el misterio al que se alude y que es conveniente un reposo para asimilar la noticia. Algo que ahora no sucede puesto que vivimos en tiempos vertiginosos.

Intentaré, en cualquier caso, aunque sea de una manera somera y breve, contestar a la interrogante con dos respuestas que aunque aparentemente se contraponen, me parece que son complementarias. Diría que todas esas voces que se elevan cuando alguien reconocido fallece son más naturales de lo que pueda parecer en primera instancia. Casi que son necesarias y tienen una raíz ancestral. Son tanto un reflejo inconsciente como un ritual sagrado. Cuando moría en el pasado un gran general era habitual que se le rindieran honores, se exclamasen todo tipo de loas en su recuerdo y que el pueblo, aun no estando presente en el sepelio, dictara sentencia con sus palabras sobre la mayor o menor importancia y bien causado para la comunidad del fallecido. Esos comentarios eran el manto espiritual que acompañaría al muerto justo a las inmediaciones del río Leteo o a las puertas de la “otra vida”. Le aportaban confianza y un cierto ambiente familiar al alma antes de adentrarse en terreno desconocido. Los hay que dicen que, según lo que las voces de los vivos digan de nosotros, se nos juzgará. Y que un coro y murmullo de opiniones positivas puede hacer que los jueces de la “otra orilla” sean más benignos con nosotros que si nuestra alma llega enfangada en palabras de rencor. Siendo, por tanto, esas palabras la mayor prueba que tiene el fallecido para defender su paso por esta tierra y aspirar, si procede, a otra encarnación mayor donde pueda engrandecerse aún más o intentar borrar las faltas cometidas. En definitiva, son esas palabras la mayor prueba o testimonio que el espíritu fallecido posee para saber si fracasó o triunfó en su vida y merece ser “recompensado” o “castigado”.

Lo que me sorprende en este caso, es que tengamos conocimiento de las opiniones de las personas sobre el fallecido a través de facebook. Algo que todavía se me antoja difícil pues, de alguna manera, todos entendemos que las redes sociales arrastran consigo cierta banalización. Pero no el hecho en sí mismo de que se produzcan. Lo verdaderamente extraño, de hecho, sería que las gentes no se manifestaran o expresaran de una u otra forma. Veamos, por ejemplo, el caso del Réquiem. En cierto sentido, esta singular composición musical ordenaría, daría forma a esas opiniones sobre el difunto que se formulan caóticamente en la vida cotidiana a través de una fórmula artística. No es en absoluto banal sino absolutamente trascendente el paso de la vida a la muerte y de la muerte a la vida. Honrar al territorio entre penumbras significa hacerlo también con el claro y luminoso. Y no hay cultura que pueda perdurar en el tiempo sin estos fundamentos. Podrá acaso levantarse e incluso alcanzar cimas muy altas pero siempre con el riesgo de autodestruirse o derrumbarse. Y, en este sentido, cuantas más personas se encuentren implicadas en este trasvase, se da por hecho que más fuerza tendrá el espíritu y el ser humano para llevar a cabo su misión. Al fin y al cabo, todo lo realizado en la vida resuena en el más allá. Y poder opinar, por tanto, del fallecido significa en cierto modo cantar. No sólo despedirnos de él sino participar de su nueva condición hasta donde nos es posible e integrarnos en el Misterio con mayúsculas, preparándonos de paso internamente para el momento en que nos toque a nosotros adentrarnos en ese mundo desconocido que apenas atisbamos a entrever cuando se cierran los ojos de la persona admirada, querida u odiada.

El problema que nos encontramos en la era Internet es el siguiente: que al vivir en un mundo globalizado nos enteramos de muertes que se producen en paisajes muy lejanos al nuestro. E igual que cuando se practica cibersexo, nos enfrentamos a un dilema. Nos falta el cuerpo del muerto. El cuerpo de aquel general que, aunque fuera a lo lejos, podíamos ver siglos atrás o el de aquel familiar que tanto quisimos. Estamos honrando o hablando, en muchos casos, sobre una persona a la que apenas tuvimos acceso y no ha existido un mensajero que nos lo comunique en persona y con su voz. Nos hemos enterado por unas líneas en una pantalla. De todas formas, convendremos que, para lo esencial, viene a ser lo mismo. Pues tampoco cuando se morían los grandes Emperadores o reyes en la antigüedad tenía el pueblo en general acceso a esa persona y muy pocos habían compartido aun tan siquiera unos momentos con ellos. Lo que me hace pensar que tal vez, en este caso, el problema provenga de la masificación de muertes.

En otros tiempos -más allá de las guerras o epidemias- no se asistía, a lo largo de una vida, al funeral más que de dos o tres ciudadanos realmente célebres que paralizaban el ritmo de una comarca. Pero ahora, en la época de internet, prácticamente cada semana estamos de luto y sobrecogidos por alguna muerte y por ello, puede hasta parecer ridículo u ofensivo además de banal referirse públicamente en facebook al nuevo cadáver que pasa a engrosar la lista interminable de fallecimientos del año, en lo que parece un desfile de almas no muy distinto del de las pasarelas de moda. Razón por la que entiendo que se planteara esta cuestión en facebook que me parece tan interesante contestar puesto que todo este proceso de loas y salves continuados, sin pausa, podemos entenderlo de otra manera mucho más inquietante. Esto es; como la posibilidad de que este mundo donde no existe apenas transición entre la vida y la muerte (puesto que siempre hay alguien que se está muriendo en tiempo real en el ciberespacio, hasta el punto de que apenas tenemos tiempo para hacer nuestras vidas pues hoy nos enteramos que se muere aquel poeta italiano, mañana un familiar y pasado ese admirable músico finlandés), se esté progresivamente convirtiendo en un purgatorio. Y, finalmente, de seguir así, otro vestíbulo del Valhalla o el Hades, de tal forma que, de una u otra manera, tengamos actitudes y experiencias durante nuestra existencia más propias de muertos que de vivos. Corramos el riesgo real -como autentifican tantas y tantas películas actuales- de convertirnos en zombies. Habitantes una cultura muerta hecha para muertos que viven de los recuerdos y alabanzas a esos muertos. Algo que la fascinación actual por los vampiros y novelas policiales donde importan más los crímenes que su resolución, pone muy de manifiesto.
No es, por tanto, me atrevería a sugerir como hipótesis (que soy consciente que debería matizar mucho más) la despedida del muerto lo que provoca ansiedad y cierta congoja sino la manera en que ésta se produce en la era internet, en cuanto que multiplicada y repetida diariamente, termina por restar significación tanto a esa muerte como a nuestra vida. Provocando que el silencio sea un hecho deseable y valorable debido a la imposibilidad de dotar tanto a los viejos como a los nuevos valores de un significado claro. Que es en el fondo, si se entiende el punto de vista desde el que estoy hablando, es un hecho que resulta muy interesante para las corporaciones económicas empeñadas en construir sociedades orwellianas. Puesto que si ni los viejos ni los nuevos valores tienen ya un sentido claro, esto significa que tampoco los ancianos (la sabiduría y conciencia) o los niños (la inocencia y el futuro) de esa sociedad lo tendrán. Y si por medio del trabajo, el deporte y la manipulación informativa es posible esclavizar al grueso de la población que queda entre medias, podrá implantarse un régimen dictatorial a nivel global sin ningún problema. El sueño lúbrico consumista. Shalam

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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