Osho

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Resulta realmente difícil escribir sobre Osho. Un personaje peculiar donde los haya que concitó lógicamente amor y odio extremos. Para muchos, fue un profeta y un visionario y para otros, un siniestro pervertido que se aprovechaba de su posición de poder para disfrutar de sus seguidoras. En cualquier caso, de lo que no cabe duda es de que fue un hombre con un inmenso carisma. Un lúcido visionario y probablemente también un manipulador. Algo por otra parte consustancial a la mayoría de los líderes. Desde Johan Cruyff, Mourinho o Guardiola hasta Napoleón, Obama y Steve Jobs.

En mi opinión, fue un sabio. Un hombre -como todos- con un potente lado oscuro que, obviamente, empañó su imagen profética que, no obstante, no creo que perjudique muchos de los maravillosos mensajes y meditaciones que nos ha legado. Desde luego, de lo que no cabe discusión es de que era un excelente orador. Sus discursos son realmente antológicos y son responsables de la invasión de libros con su firma sobre los más distintos temas que pueblan las librerías.

Pocas personas me han impresionado tanto al contemplarlo hablar como el místico hindú. Osho se expresaba de manera contraria a como lo hacemos habitualmente en Occidente. En vez de estar ansioso por lanzar sus ideas o encontrarse preocupado por no saber qué exactamente decir, se demoraba el tiempo que consideraba necesario para pronunciar una palabra y cuando lo hacía, era con suma tranquilidad. Tras inhalar profundamente y realizar un leve gesto con las manos. Con una parsimonia fascinante, en definitiva, que no me extraña que provocara la adhesión eterna de muchos de sus fieles. Osho hablaba con la conciencia de que el Universo lo hacía a través de él. Como si lo único que existiera e importara en ese momento fuera su voz, su discurso y la correcta recepción de su mensaje. Y lo hacía con tanta maestría que estoy seguro de que, a lo largo de su vida, varias mujeres tuvieron un orgasmo al escucharlo y unos cuantos hombres dieron un giro de ciento ochenta grados a su existencia.

Osho intuía profundamente el tiempo que se venía. Y por eso, sus métodos combinaban equilibradamente el estoicismo y el hedonismo. La marcialidad y la relajación. Y se refería al ser humano nuevo como una mezcla entre Zorba y Buda. Un hombre con la capacidad de meditar, realizar sus labores y cumplir la ley pero también de saltarse las reglas, danzar en medio de las tempestades y actuar impulsivamente. Algo que tal vez ahora mismo nos parezca sumamente ingenuo porque, en cierto modo, ya lo hemos asimilado pero aún sigue produciendo escozor y sorpresa en muchos rincones de la India o muchas de esas congregaciones religiosas que se extienden por EUA contra las que se enfrentó durante los años 80.

Osho era, sí, un revolucionario integrador. Alguien que de cada libro había extraído un mensaje, un sabor y había sabido penetrar en las entrañas del corazón de los autores. Uno de sus grandes méritos radica en que no transmitía conocimientos sino enseñanzas. Todas sus historias poseían frescor y olor. Osho extraía la savia de aquello en lo que ahondaba y se lo daba a probar a sus sannyasins. Les narraba parábolas parecidas a frutas y raíces del campo. Y, en cierto sentido, hacía descender el cielo sobre la tierra creando las condiciones para la realización total y la felicidad de muchos hombres y mujeres que se habían unido a él al calor de la oleadas crecidas alrededor de mayo del 68. De hecho, para algunos de los desencantados con el fracaso de los ideales hippies, la comuna de Osho fue una luz en la niebla. Su última oportunidad de subirse al vagón del idealismo. El sueño libertario.

Como la inmensa mayoría de gurús, Osho tenía un ego enorme. Él supuestamente quería desaparecer pero, en realidad, se hacía muy presente en las vidas de los demás. De alguna manera, estaba convencido de que era un elegido y que estaba más allá del bien y del mal. Por lo que resulta muy difícil juzgarle como a un ser humano normal y al menos yo suelo evitar los debates su persona y centrarme en sus textos.

A lo largo de mi vida, he leído probablemente más de 50 de sus discursos y he de reconocer que la mayoría de ellos me aportaron unas ganas inmensas de vivir y en ocasiones respondieron a mis preguntas. Osho era profundo. Afrontaba los problemas como frutas. Les quitaba la piel lentamente, de tanto en tanto silbaba, se distraía y contaba una anécdota y luego, pacientemente, volvía a la fruta hasta que, en el momento más inesperado, interpelaba al lector y al oyente y le sugería una verdad trascendental.

Sus textos (transcripciones, al fin y al cabo, de sus charlas) son sencillos. Esa es su fuerza. Pero también son intensos y hondos. Osho comprendía de una manera muy amplia la naturaleza humana. Sus análisis de la filosofía de Nietzsche, por ejemplo, son hermosos, ajustados y reales. No poseen esa pesada carga teórica de los textos academicistas sino que es capaz de arrancarle unos cuantos jirones de alma al filósofo alemán y entregárselos al lector. Osho siempre buscaba la semilla. La esencia. Su amplia visión de la existencia conseguía que cualquiera se riera de sus problemas mundanos. De hecho, en cierto modo, es el gurú de la risa y la aventura. Es el gurú del riesgo. Osho siempre empujaba a sus oyentes a ir un paso más allá. Sus palabras poseen la fragancia de ciertas rosas aunque a veces pinchan como espinas. Pues estaban destinadas a romper la automatización. Las capas de excesiva racionalidad cerebrales. Eran emitidas para revelar la verdad.

Osho tocaba el corazón con sus palabras. Unía la sombra y la luz. El árbol del bien y el mal. Creía en un mundo regido por la ley natural. En la creación de comunas anarquistas y espirituales. Profundamente respetuosas con la naturaleza. Y además, era un león. Un temible enemigo para cualquier corporación o estado. Porque no ponía la otra mejilla. Se defendía con armas si era necesario y poseía tal percepción del alma humana que sabía otear muy bien las debilidades de los contrarios. Era probablemente, sí, un militar de la espiritualidad. Un jerarca de la carcajada. Un transgresor religioso. Un amante del absoluto. Un enamorado del principio y el fin. Un guerrero del corazón. Un bailarín del caos.

Su personalidad, en cualquier caso, era tan magnética que ha opacado muchas de sus enseñanzas como es el caso de sus meditaciones activas. Una práctica realmente original a través de la que mezclaba elementos procedentes de las danzas sufíes, el budismo o el yoga y las terapias alternativas de shock que conseguían que el practicante llegara a intensas catarsis emocionales y lograra relajarse. Conectarse íntimamente. En esto fue también un innovador. Pues comprendió que, al ritmo de la tecnología, el mundo había cambiado y era un suplicio exigir a la mente hiperactiva de los occidentales que meditaran delante de un muro pétreo. Y para ello preparó con cuidado unas cuantas técnicas con las que sus alumnos pudieran danzar, gritar, hacer el indio, sacar sus traumas emocionales, levitar y, finalmente, sí, conseguir dejar la mente en blanco. En ese estado zen semejante al que produce el orgasmo por medio del que el ser humano se funde con la nada y el todo y deja de juzgar para simplemente “ser”.

Osho, en cierto modo, fue el Heráclito de nuestra época. Una mezcla entre un pícaro sabio hindú y Zaratrusta. No era un hombre nihilista. Al contrario, exigía vivir la vida al máximo y con la mayor intensidad. Y en ese extremo amor a la existencia encontró, en gran medida, el norte para conectarse con las tinieblas y las dunas celestes. Para hablar como un profeta antiguo y convertirse en el monarca del “ahora”. Ser múltiples seres y nadie a la vez. Un dios de la libertad y un esclavo de sus pasiones. Un colérico y amoroso reflejo del absoluto. De la fuerza del más allá. Shalam

لِكُلّ شمْس مغْرِب

El ego es una isla en el océano del infierno. Puedes deshacerte del infierno pero no de la isla

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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