Reyes

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Friedrich Nietzsche deseaba ser un monarca. El rey de la filosofía. Vislumbraba cada uno de sus libros como peldaños para obtener un cetro. Se imaginaba a sí mismo sentado sobre un trono de bronce recibiendo a hombres llegados desde muy lejos para escuchar sus consejos. Sus furiosas pero meditadas palabras. Friedich Nietzsche deseaba ser un oráculo. Un titán visionario. Creía ser un dios filosófico. El gran patriarca de la sabiduría. Estaba seguro de que Yahvé escuchaba con respeto y cierto temor sus palabras. Y por ello despreciaba a Abraham. Porque él no estaba dispuesto a obedecer a nadie. Había nacido para ser obedecido. Sus pensamientos eran truenos que abrían montañas. Cada una de sus reflexiones, un martillazo en los cielos. Y todas sus miradas vuelos de águila por el firmamento. Obviamente, detestaba la moral cristiana. No a Cristo sino a los párrocos que manejaban a sus fieles como rebaños. Se sentía en pleno derecho de pasear desnudo como Adán por ciudades y colinas. Y no tenía miedo ni a los rugidos de los animales ni a los golpes de los dioses. Cada día era origen y fin del mundo para él.

Si algo detestaba Friedrich Nietzsche era a los funcionarios. A ciertos señores que habían convertido el arte de pensar en un oficio rutinario. Era consciente de que los filósofos se habían convertido en payasos. Eran bufones de los emperadores, oscuros hombres solitarios sin altura de pensamiento o profesores sin energía. Al contrario que aquellos, Nietzsche deseaba convertir su vida en una enorme tragedia. Una gran obra dramática en su honor. Un poema romántico desatado en el que triunfara la inspiración. El arte dionisíaco. El vino y la fiesta. La severidad jovial. Tenía por ello una extrema aversión y una tremenda fijación con Immanuele Kant. A quien deseaba humillado por el porvenir y la historia puesto que había convertido Alemania en un territorio hostil apegado a la ley.  O peor aún, a las normas.  Inmanuel Kant de hecho, estaba totalmente obsesionado con comer, cenar y desayunar en el tiempo exacto. Se encontraba preocupado por las horas de trabajo y descanso. Por la perfección. No soportaba empezar a almorzar ni un minuto antes ni después de lo previsto. Romper un plan. Friedrich Nietzsche achacaba a Inmanuele Kant la invención del reloj y de las oficinas. Porque deseaba que cualquier actividad humana se llevara a cabo en el justo momento previsto para ella. Que no hubiera retraso alguno en un encargo o un proyecto. Era un neurótico enorme. Estaba loco, obsesionado con el superyo. Quería que los criados comenzaran y terminaran de limpiar los cristales de su salón al minuto convenido. Y entendía que todos en su ciudad y patria debían actuar y comportarse del mismo modo. Una gran desgracia alemana. Un gran funeral alemán.

Pero además, Inmanuele Kant era el filósofo de la perfección. El abuelo de Sigmund Freud. Alguien que sufría increíblemente cuando un evento -ya fuera una partida de cartas o una reunión para tomar el té- no se desarrollaba como estaba planeado. Y, por tanto, creó legiones de hombres desdichados que clamaban contra la lluvia y los truenos. Atados al paraguas. A los temarios de su Oposición. A sus normas estrictas de conducta. Todo lo contrario de Friedrich Nietzsche. Quien amaba que lloviera en cualquier momento. Estaba enamorado de las tormentas. Deseaba comer con las manos y hacerlo cuando lo deseara. Y quería que los filósofos fueran reyes y no profesores. Quería que fueran monarcas. No hombres del tiempo. Señores del pensamiento y no empresarios del pensamiento. Tenía la convicción de hecho que, de haber nacido en otra época, habría sido uncido un rey. Que habría sido el gran monarca de la Mesopotamia. Sin embargo, vivió empobrecido. Fustigado por la indiferencia de sus semejantes. En una casa vacía. Y terminó enloqueciendo. Perdido en ese mundo lleno de precipicios, acantilados y abismos, a mitad de camino de un frondoso lienzo hindú y ese escenario apocalíptico entre Mad Max y Juego de Tronos que el destello de cada uno de sus libros lograba hacer aparecer en el horizonte. Shalam

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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