Vientres

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¿Hay algo más importante el que sexo? La mayorías de horas de trabajo son tiempo que le robamos al coito, caricias y penetraciones mutuas. Gran parte de los más grandes libros que se han escrito, no existirían si su hacedor hubiera estado fornicando diariamente. Y probablemente, muchas de las mejores líneas que se han escrito, han sido redactadas bajo un síndrome de abstinencia. En un estado sexual nervioso o alterado. Bajo el ritmo de frecuentes masturbaciones, sudoraciones, idas y venidas al cuarto de baño que se correspondían con ondulaciones argumentales. Fragmentados textos bifurcándose a través de personajes ambivalentes y alargadas, resbaladizas frases como el esperma, deslizándose a través de unos senos bañados en aceite. Al leer a Thomas Pynchon por ejemplo, no importa lo que hagan sus personajes, se siente e intuye que su sexualidad no estaba del todo completa. Tal vez tuviera una compañera o compañero de juegos sexuales, mientras realizaba El arcoiris de la gravedad, pero no importa. Probablemente, su mente fantaseaba todo el tiempo con las más diversas opciones sexuales y puede que hasta deseara escribir varias partes de su libro, contemplándose a sí mismo desnudo en el espejo golpeando la máquina de escribir. Saliera frecuentemente a clubs y pagara por ver a dos chicas desnudas besándose frente a él. Su sexualidad, como anuncian esas incandescentes frases que semejan rayas de cocaína y vaginas alargadas, se amplificaría y desbordaría constantemente, casi elásticamente, influyendo determinantemente en una escritura adiposa, en la que los párrafos se derriten, los cuadrados se transforman en círculos y los pensamientos, o bien vuelan o bien se sumergen en zonas pantanosas, limítrofes entre la cordura y la locura, donde todo es posible. Cualquier metáfora y situación, en lo que es sinónimo acaso de una búsqueda perpetua del placer. El deseo de levantar una entrópica y caótica república sexual.

En el caso de J.D. Salinger, lo que intuyo es cierta tendencia al onanismo y una irresistible atracción por las adolescentes. Más que nada, por los intensos monólogos de El guardián entre el centeno y los despreocupados (y sumamente inquietantes) diálogos de muchos de sus relatos. Textos que convocan el aleteo de mariposas en el estómago y al mismo tiempo, casi como si fueran prefacios del Ghost world de Daniel Clowes, provocan espasmos. Algo de esa angustia y temor que muchos niños sintieron al intuir la vida adulta a través de su propia experiencia y la alucinada observación de la de quienes le rodeaban. De hecho, sus frases parecen a veces florecer como rosas, provocar retortijones de felicidad y otras poseen un tono monocorde cuya repetición y letanía es casi una preparación para un gran acontecimiento. Evanescente y revelador. Probablemente, el despertar sexual. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

A pesar de ser pequeño, un gorrión posee todas las vísceras

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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