Ouka Leele

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Ouka Leele posee una gran virtud: conseguir que todos las personas que retrata, parezcan interesantes, exentas de vulgaridad y ausentes de fealdad. La artista madrileña ha confesado muchas veces que no hay personaje que haya retratado del que no se haya enamorado. Que antes de embarcarse en el proceso creativo, ha necesariamente de sentirse subyugada por quien tiene delante. Algo que se percibe con claridad mirando cualquiera de sus obras porque ante todo, existe una amplia complicidad con los protagonistas de sus fotografías. Fotografías que parecen lápices Plastidecor de amplia originalidad. Pues sin dejar de ser sumamente modernas, crear espacios de futuro, tienen un sabor vintage que las hace entrañables. Las hace momentáneas y eternas, sacándolas del “aquí y el ahora”, convirtiéndolas en creadoras de su propio tiempo. Podrían ser sellos, medallones, litografías de Warhol, portadas de discos, fotogramas de una película olvidada de Almodóvar, aparecer en anuncios televisivos o como reclamo de un producto comercial y, en cualquier caso, siempre serían seductoras. Prolijas visualizaciones del deseo inacabable.

Cualquier obra de Ouka Leele siempre extrae lo mejor del retratado. Lo ennoblece. Le concede un “aura”, transformándolo en icono. Probablemente, porque lleva dentro una niña interior que se resiste a morir. No ha perdido la mirada de sus 5 años y continúa divirtiéndose y asombrándose con la vida. Sus obras se comentan por sí mismas. No hay misterio en ellas ni falta que hace porque son instantáneas pop. Son pegadizas canciones de techno-pop convertidas en paisajes, colores o rostros. Y retratan de maravilla el momento en que la frivolidad y la superficialidad se tornan profundas, la diversión comienza a volverse trascendente, y el gozo y el placer se convierten en amor. Razón por la que terminan provocando fascinación como cualquiera de esos incisivos temas de David Bowie o las odas marítimas de Radio Futura. Toda esa maravillosa cultura pop que antepone el entretenimiento y la emoción a la perfección o el absoluto. Y prefiere hacernos pasar un buen rato que invocar la inmortalidad.

Es, obviamente, difícil comprender y disfrutar la obra de Ouka Leele sin tener en cuenta la Movida madrileña y todas las corrientes y movimientos modernos que se aglutinaron en torno a la capital de España durante los años 80. Diría de hecho, que cada una de sus creaciones se encuentra acompañada de música. Es imposible poder gozarlas sin escuchar canciones de Golpes Bajos, Parálisis Permanente, Alaska y Dinarama o Peor imposible entre otras muchas bandas. Y sin dudas, si tuviera que ponerle un título a una retrospectiva de su obra al completo, lo tendría muy claro: la bola de cristal. Pues hay cientos de conexiones íntimas con el famoso programa televisivo español y aunque no recuerdo si su arte apareció en alguna de las emisiones en concreto, yo diría que cualquiera de los lienzos, fotografías, vestidos y objetos de diseño que ha creado, podrían (y deberían) haber aparecido allí con absoluta naturalidad, acompañando a la Bruja Avería y los electroduendes, Javier Gurruchaga, Santiago Auserón o Loquillo.

Otra de las características más conmovedoras del arte de Ouka Leele radica en su sinceridad. Se percibe que lo que realiza, lo hace con nobleza. Procede de un espíritu que busca la pureza pero ama el movedizo presente. Y es capaz de encontrar en cualquier lugar -una peluquería, una tienda de moda, un autobús- y momento, arte. Tengo la impresión de hecho, que vislumbra belleza tomando café en un bar, en la entrada del metro o en un cielo gris que pasa desapercibido para la mayoría de los habitantes de las ciudades contemporáneas y que ha de tener un amplio sentido del humor. Una capacidad grande de adaptarse a las circunstancias y vivir la vida como ésta viene, sin excesivos planes previos porque en su arte no hay rigidez. Por más que las figuras estén lógicamente fijadas en una posición, son dúctiles y flexibles. Parece que van a ponerse en movimiento en cualquier momento y hablarnos y hacerlo en un lenguaje tan extraño como familiar. Básicamente, porque cuando Ouka Leele retrata a alguien, tiene la virtud de convertirlo en un personaje de ficción que, no obstante, parece más real que nosotros mismos, haciendo que las personas normales seamos los que parezcamos fantasmas y no él.

Fantasía, color y humor creo que son las palabras que mejor definen el arte de Ouka Leele. Un arte muy personal que lo mismo recuerda a una fotografía familiar o a un difuminado cuento infantil y más que gritar o hablar, susurra y sugiere. Es contundente cuando debe serlo y siempre consigue captar un aspecto jocoso y socarrón del personaje. Tal vez porque visualiza la vida como una película. Desde dentro y fuera del espejo y no tiene tiempo para analizar tragedias o dramas. Se ríe contemplando a sus creaciones, como lo haría dios al abrazar a sus criaturas, convirtiendo la vulgaridad en un acto sublime y la cotidainidad en hermosura. Grandeza.

Tengo la sensación de que muchos artistas han deseado recrear la vida en el país de las maravillas descrito por Lewis Carrol, pero que Ouka Leele se ha empeñado en crear el suyo propio y que lo ha conseguido. Una visita a su mundo artístico no pone la realidad patas arriba pero sí nos invita a hacerlo, indicándonos de paso con sutileza que todos tenemos el poder de hacerlo. Shalam

إِنَّ اللَّبِيبَ بِالإِشَارَةِ يَفْهَمُ

Donde hay espadas no es posible vencer con la lengua

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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