Acontecimiento

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Básicamente, a Javier Moreno siempre lo he visto como un hombre del Renacimiento o el Barroco. Un caballero del Siglo de Oro que podría estar embarcando rumbo a América o Lepanto, componer habitualmente sonetos o lírica pastoril mirándose en el espejo de Garcilaso de la Vega o interpretar música medieval en iglesias y plazas con su violín. Una visión que refiero aquí, en cuanto me sirve para explicar con mayor precisión la manera en que me suelo aproximar a su obra narrativa: un reflejo de la tensión existente actualmente entre la tecnología, el mundo virtual y la lengua castellana. De las modificaciones sufridas por el inconsciente colectivo de aquel lenguaje embellecido a través de fronteras y límites caballerescos por Miguel de Cervantes que se corresponden lógicamente con las de sus hablantes en la actualidad. Góngora adelgazado encontrándose a Lipovetsky y Baudrillard en la barra de un bar. De hecho, esto es lo que más interesa de su literatura. Una performance en transición continua donde casi en presente, asistimos a las mutaciones de las ideologías y símbolos que hasta hace una o dos décadas definían lo hispano y cómo son absorbidas por los ideogramas de la globalización. Temo en cualquier caso no estar explicándome bien. Por lo que lo intentaré hacer de otra manera. Para mí, los personajes de Moreno son una mera excusa para hablar de lo realmente importante: la perplejidad. El asombro ante un mundo donde la contemplación grupal de un amanecer o puesta de sol ha sido sustituida por una discusión en facebook. La violencia (o dulzura) generada en la psique colectiva por esa frontera donde el emoticon ha reemplazado al abrazo, y la clase media va quedando destrozada,  o en tierra de nadie. Perdiendo cualquier signo de distinción cultural o de cohesión social más allá de las marcas o la series de tv. Y las ciudades no son puntos de encuentros sino islas, donde apenas se escuchan monólogos. Soliloquios como los pronunciados por las voces narrativas que aparecen en las novelas de Moreno cuyo vértigo y rapidez no sólo se corresponden con las dimensiones de su apuesta estética sino con el signo de los tiempos. Esa época donde no se reflexiona caminando, alzando la mirada hacia el mar o el horizonte sino haciendo zapping. Buscando un hueco libre en una agenda repleta de actividades o un sin fin de ventanas abiertas, peleándose unas contra otras, en la pantalla de la computadora.

Si se han seguido mis anteriores reflexiones, se entenderá que no puedo estar de acuerdo con las observaciones que Vicente Luis Mora le hizo a Javier Moreno sobre su novela. Básicamente, que el argumento quedaba entrecortado entre un maremoto de reflexiones concisas y agudas que podían llegar a abrumar. Apartar de la vía principal. Por más que, claro, su opinión me parece pertinente y probablemente mucho más sensata que la mía. Básicamente, porque lo que me interesa de Acontecimiento no es la narración, aquello que cuenta, -ni la presencia terrorista ni la veleidad matrimonial y tal vez ni siquiera la crisis individual- sino los continuos aforismos que surgen a partir de la leve anécdota narrada, como nubes atravesando el cielo hasta oscurecerlo por entero. De hecho, lo que me impulsa a seguir leyendo, sí,  son las abstracciones. Esas furibundas reflexiones a medio camino de enjundiosas frases conceptuales e insinuantes post de facebook o twitter que podrían encontrarse indistintamente  -por medio de un simple proceso de copy & cut- en cualquiera de las novelas de Moreno o mismamente en un ensayo filosófico. Porque además de un juglar entonando versos en una taberna medieval, también veo a Moreno como un filósofo metido a novelista. Un pre-socrático que se divierte escarbando en los agujeros de donde surge el pensamiento lógico y se siente más seguro en las lloviznas, bordeando picos reblandecidos que en territorios secos. El ágora público. Tanto es así que por ahí vislumbro que llegará ese gran, monstruoso libro que su literatura augura: de olvidarse de trazar líneas argumentales y dejar hablar al lenguaje rocoso. Esculpiendo una enorme novela que sin explicaciones, nos confronte con un tronco de frases cortas inacabables de dimensiones metafísicas. Hermann Broch castellanizado y adentrándose en el siglo XXI. Martin Heidegger de visita en Madrid enviándole wattsup a José Ortega y Gasset y Jean Paul Sartre. Pío Baroja meets Maurice Blanchot en medio del Museo del Prado. O el arte contemporáneo diciéndose a sí mismo sin necesidad de que nadie lo explique en medio de una escena de Corte descrita por Galdós.

Creo que Acontecimiento es también un reflexión sobre la paternidad y la virilidad en el nuevo siglo. La ambigüedad del esperma dentro del mundo virtual. Una constante que ya se encontraba en Alma y se diluía en 2020 tal vez por la emergencia social de la que daba testimonio esta última novela. La cual se pierde aquí dentro de un laberinto abierto sin centro ni límite. Una metáfora concisa de un tiempo plagado de acontecimientos, donde precisamente el verdadero acontecimiento sería que no sucediera nada. Y el lenguaje pudiera así separarse del ser humano. Algo que por el momento parece que no va a ocurrir, como sugiere un texto indefinido que explica muy bien, sin necesidad de hacer alusión a ello -o tal vez sí- porqué no es que actualmente sea imposible realizar una revolución sino porqué es totalmente imposible pensarla.  Y no digamos ya, entonar unos versos de Garcilaso de la Vega, Francisco Quevedo o una cantiga medieval y pretender ser comprendidos por el auditorio (si es que lo hubiera o hubiese) en su conjunto. Shalam

اِلْزَمِ الصِّحَّةَ يَلْزَمُكَ الْعَمَلُ

Si el vino es fragrante, no importa que se venda al fondo del callejón

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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