Almayer

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La primera novela de Joseph Conrad, La locura de Almayer, es el torbellino hecho literatura. Un relato que desde luego anuncia El corazón de las tinieblas y -sí, ya sé que un tópico decirlo- es una de las más desgarradores primeras novelas del mundo literario. Un remolino de palabras que más que explicar, hace comprensible la locura. Penetra en sus linderos, cabalgando a lomos de la destrucción provocada en la psique humana por el colonialismo y el egoísmo. La locura es el cruce en una isla fantasma entre el calor, la piratería y la codicia. Un deslumbrante fresco impresionista que retuerce el lenguaje a través de frases que parecen cañas de bambú, sonrisas malayas, ramas desgajadas y hojas asalvajadas. Transmitiendo rumores y ecos de aguas muertas teñidas del amarillo del sol de Oriente que permiten escuchar el sordo latido de la tierra herida. Violada. El ancestral berrido de una selva parecida a un limbo. Un laberinto abierto donde se escuchan los gritos de seres que nunca están unidos. Siempre están separados. Descosidos. Incapaces tanto de vivir en soledad como en comunidad. Y por tanto, condenados sin importar qué decisiones tomen o cómo acaben sus peripecias.

Lo cierto es que en realidad, los personajes del libro no son Almayer ni su hija o cualquiera de los lunáticos y sangrientos caracteres que aparecen a su alrededor. Lo es el clima. El sol terrible que seca la escasa savia que aún resta en sus corazones. Los trozos de café derretidos agolpándose entre los colchones abombados de las mecedoras. La lluvia caída sobre el pelo enmarañado de hembras asiáticas cuyo sexo huele a vapor mezclado con vino. Y los sentimientos de desconsuelo, rabia o esperanza que enrarecen un ambiente turbio, insondable. Parecido al corazón ahumado de un diablo. O a la llamarada de una hoguera en medio del bosque. Algo casi inhumano que convierte a todas las personas que aparecen en el libro de Conrad, en héroes. O más bien, supervivientes. Náufragos casi de una tragedia coral interpretada frente a un auditorio de dioses asiáticos sonrientes. Entrenados en la rutina de la destrucción. La contemplación de la enfermedad y el delirio que ronda el espíritu de Almayer. Quiebra su psique y lo convierte en un hombre lúcido precisamente porque lo tiene todo perdido. Tan sólo tiene un corazón que late, unos pulmones que respiran y unos pies para orientarse en un territorio confuso donde victoria y derrota se entrelazan. Son idénticas. Porque el único triunfo es resistir. Aguantar un día más sin perder la cabeza entre los quebradizos filos de una pesadilla eterna.

Tengo la impresión de que Juan Carlos Onetti debió de leer esta novela u otras de Conrad atentamente. En algún momento de su vida al menos. Porque existen conexiones entre ambas poéticas. Un disfrute del nihilismo. Un goce por el absurdo. Los personajes de ambos novelistas disfrutan remando a contracorriente. Nadando en medio de la tempestad. Y lo curioso del caso es que no extraen ninguna recompensa. Ni tan siquiera una satisfacción callada y apagada porque lo que realmente desearían, sería morir. Pero son demasiado cobardes para pegarse un tiro. Y es por este motivo que finalmente se transforman en personajes de estatura mitológica. Mitos casi, de un estoicismo superior que lo soportan todo y son capaces de imponerse a los mayores temporales y el más hostigante aburrimiento con tal de apartar de su lado a los cuervos. Alejar un día más el acceso a los fondos de aquellos mundos donde la mentira no existe. Y toda contradicción, conduce a la tortura. El suplicio eterno. Shalam

اِحْذَرْ عَدُوَّكَ مَرَّةً واحْذَرْ صَدِيقَكَ أَلْفَ مَرَّةٍ

                  El desgraciado se ahorca con todas las cuerdas

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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