Altazor

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Altazor es un poema que se atraviesa y experimenta. Que se rompe y fragmenta y se hace y deshace ante los ojos atónitos del lector. Un texto imprescindible que de haber brotado del vientre de un escritor francés, aparecería en todos los cánones poéticos del pasado siglo. Porque el poema dividido en siete cantos publicado por Vicente Huidobro en 1931 resume y condensa la mayoría de búsquedas vanguardistas del siglo XX. Tanto que, de algún modo, tras su aparición, la poesía no volvió a ser la misma. No tanto -cierto es- por el impacto del libro como por el rumbo de los tiempos: las guerras mundiales y el ocaso de la alta cultura. Factores que terminaron por conducir a los movimientos vanguardísticos a los márgenes. Los convirtieron en bosquejos de la historia artística cuando aún estaban en muchos casos, levantando sus cimientos.

Tal vez el gran problema de Altazor es su ambición. Altazor aspiraba a condensar el firmamento en su interior. Pretendía ser resumen de toda la poesía escrita hasta su aparición. Quería ser un rayo que detuviera el tiempo e hiciera caer de los cielos un sinfín de palabras renovadas y vivas. Aspiraba a volver crear el mundo con el lenguaje. Convertir el universo en un texto poético y los poemas en universos. Destruirlo todo y empezar de nuevo. Altazor describía un viaje en paracaidas. Una caída por los cielos que era sinónimo de la caída en el tiempo humana y era tanto un homenaje a la razón y el saber poéticos como un puñetazo a los mismos. Era, sí, condensación de siglos de tradición y experimentación literaria pero también, perversa destrucción de muros culturales levantados pacientemente durante siglos. El texto era un suicidio. Un homenaje al caos. Una monumental revisión de la historia de la poesía cuya finalidad era incierta. Altazor, el poema-personaje, era obviamente un primo hermano de Maldoror. Tenía algo de la ira y la furia de aquel enorme animal creado por Lautreamont. Pero también era cubista y surrealista. Era demonio y ángel, brisa, rama y árbol porque deseaba ser todoTanto el poeta que cantaba a los bosques y ríos como el que volaba por las ciudades. Tanto el poeta que describía las rosas perfumadas en los castillos como el violento dandy que escupía sobre ellas en los prostíbulos. En cualquier caso, ante todo, Altazor era un poeta cayendo al vacío. La poesía descendiendo desde los cielos donde muchos poetas la habían colocado hasta los suelos en los que, una vez muerta, volvería a emerger o sería destruida para siempre.

Altazor es alta poesía para todos los públicos. En especial, para estetas, extravíados, lunáticos, y artistas. Es un poema de espíritu moderno, casi futurista, que tiene la virtud de leerse siempre en presente y estar escrito por alguien con la capacidad de desdoblar su discurso en distintos discursos sin romper con su yo ancestral. Logrando ser a veces, un poeta romántico desgarrador, otras, un florido modernista y en ocasiones, un trasnochado simbolista. En ciertas líneas, un poeta medievalista que intenta salvar a su enamorada del dragón y en otras, un poeta veloz que planea por el aire como un avión. Según el momento, un poema escribiéndose silenciosamente en la noche o autodestruyéndose con estruendo al amanecer.

En realidad, a pesar de que pueda parecer lo contrario, Altazor no es un texto difícil. Su complejidad radica más en la interpretación que se le dé o en el conocimiento que tenga el lector de los juegos poéticos y homenajes continuos que realiza Huidobro que en el poema en sí mismo. En verdad, independientemente del traje que vistiera, el poeta chileno siempre consigue hacerse entender. Sus versos nunca se pierden en la niebla. No son acertijos. Pueden pecar a veces de intelectuales pero en la mayoría de las ocasiones, son olas que estallan furiosas en el libro. Se encuentran llenos de asombrosas metáforas, palabras parecidas a maremotos y puñetazos que arrastran al lector hacia precipicios llenos de ventiscas que aún así, nunca aturden. Y pueden perfectamente ser comparados con los sonidos que aparecen en las sinfonías de Stravinsky como con los trazos de color e imágenes que brotan de los lienzos surreales y expresionistas. Porque son punzantes, intensos y ariscos y tienen la capacidad de golpear el corazón y la mente. Son cortantes, precisos y exactos y también excesivos y redundantes. Son parecidos a trasatlánticos navegando en medio de un tormenta.

Altazor era sí, un intento de devolverle a la poesía la inocencia. Hacerla regresar al lugar de donde nunca debió ser separada: el lenguaje infantil. La sílaba primera. Ese silencio que es principio y fin de todo. Caos. O-ri-gen. Pero como la gran mayoría de intentos salvajes realizados por el hombre para detener el tiempo, no consiguió su objetivo. Aunque en cierto sentido, sí contribuyó a paralizar la evolución de la poesía. Porque después de Altazor en pocas ocasiones, volvió a ocupar este género el centro del mundo. En muy pocos momentos, se volvió a reflexionar colectivamente sobre su naturaleza, y su reflejo se partió en miles de cristales que fueron creciendo más allá de las fronteras establecidas por la sociedad, la Academia y el público. En los otros lados del espejo. Huidobro desde luego, la condujo al límite de sus posibilidades. Al borde de su nacimiento y su finalización. Y en ese sentido, su libro es uno de los cenit de la vanguardia. Es uno de los vórtices que anuncian el actual Apocalipsis poético. Un culmen artístico que anticipa el futuro puesto que al intentar aniquilar el peso de la historia (o al menos esquivarlo) contribuyó al surgimiento de una poesía sin raíces. Esa que aspiraba a ser escrita en una lengua no materna y a no dar a luz ningún poema jamás. Shalam

إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ

El avaro desollaría un piojo para obtener la piel

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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