Ambulante

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¿Qué he leído este verano? Hasta ahora, únicamente cuatro libros pues apenas he tenido tiempo de volcar la atención sobre la letra escrita. Pero poco a poco, voy recuperándome. Hace dos días finalicé La librería ambulante de Christopher Morley y he caído rendido a los pies de esta encantadora historia. Puede que quien haya leído Martillo o en el futuro se acerque a Ruido o El jardinero le sorprenda esta afirmación pero me parece que no tiene nada de extraño.

Obviamente, disfruto destrozando y retorciendo las historias. David Lynch es mi referente en este sentido. A los 16 años, vi Terciopelo azul y me enamoré de su arte. Realmente, la película protagonizada por Isabella Rossellini me atrapó como pocas lo habían hecho hasta entonces. Hasta el punto de que la alquilé varias veces en el videoclub y un día no la devolví más para contemplarla cuantas veces lo deseara. La escena en que Dennis Hopper golpeaba a Kyle MacLachlan mientras Isabella Rossellini gritaba desesperada y se escuchaba la mágica, deliciosa voz de Roy Orbison cantando “In dreams” me embriagaba hasta la extenuación. Al igual que las miradas inocentes que se dedicaban Laura Dern y MacLachlan en varias escenas de la película. ¡Oh! Solía terminar aquellas sesiones cinematográficas contemplando algunas escenas de los tres films que rodó James Dean y me dormía contento. Satisfecho porque la gris realidad de la ciudad que habitaba, había sido transformada gracias al arte. Yo asistía a un colegio religioso un tanto opresivo y  por entonces, la única manera de poder respirar era tanto a través de la visión de esas obras turbias como, claro, de la escucha de cientos de discos. Lo que fue provocando que brotara en mí cierta mirada y actitud esquizofrénica (muy perceptible a lo largo de toda la trilogía del horror) dado que al no poder ni querer aceptar mi realidad, me vi obligado a partirla en cientos de trozos para poder soportarla.

Puede que por ello cuando abrí los libros de William Burroughs o contemplé Mulholland Drive o Inland Empire así como cuando comencé a familiarizarme con con los lienzos de Jackson Pollock o Willem de Kooning me sintiera en casa desde el primer instante. Durante años había utilizado el arte como un escudo y arma para soportar la realidad y, por tanto, cuando me puse en serio a escribir, comencé a destrozar las historias en cientos de trozos como se puede comprobar perfectamente en Martillo. Lo que no es en absoluto un obstáculo para que ame argumentos clásicos como la de Morley o películas del cariz de Rebeca del gran Alfred Hitchcock o El fantasma y la señora Muir de Joseph L.Mankiewicz. Al contrario. No obstante, tal vez por estos rasgos biográficos me resulta casi imposible y muy dificultoso contar una historia de forma lineal. Si me lo propongo, lo conseguiría obviamente. En muchos de los textos que escribí durante mi treintena lo hice pero he de confesar que no me sentía muy satisfecho con ellos por más que me ayudaban en mis progresos como escritor. En cualquier caso, tengo claro que narrar debe ser un proceso natural y no creo que pudiera hacerlo a la manera tradicional. Probablemente, estos hechos también expliquen lo cómodo que me siento utilizando internet. Una herramienta que no ha robado horas a mi lecturas o mi tiempo de escritura sino que se ha complementado amplia y armónicamente con ellas al hacer estallar la percepción que poseo de la existencia en miles de fragmentos caleidoscópicos que enriquecen la mirada que poseo sobre el mundo.

De hecho, no me importan para nada las discusiones que se entablan allí o las opiniones contrapuestas que se emiten diariamente sobre los más diversos temas. Las suelo visualizar como un puzzle o un cubo de rubick que debo recomponer para a continuación, volver a descomponer sin ningún fin en concreto. Únicamente el goce que me provoca que los distintos puntos de vista -no importa si son contrapuestos o similares- puedan fusionarse aunque sea por un instante en algún lugar. Si alguien ha leído Martillo tal vez entienda mejor a lo que me estoy refiriendo. Los cristales del espejo se rompen y saltan en pedazos y es un placer volverlos a juntar aunque sea de una manera desigual. No importa tanto qué ocurra sino la posibilidad de que el espejo vuelva a ser situado en el centro de una habitación oscura donde seres sin cuerpo se miran continuamente en su reflejo.

Tengo la impresión, a su vez, de que tengo una necesidad casi visceral de explicarme una y otra vez -aun y a pesar de que me aseguren haber sido comprendido- porque odio el mundo real. De hecho, la realidad sólo me interesa a través del arte o porque muchas veces, es más artística que el propio arte. Exactamente, en mi mundo “lo real” es una mera estafa y “lo imaginario” un dulce sueño en donde mecerse. En fin, creo que lo que más me importa de las personas no es lo que dicen sino las sensaciones que me transmiten. Intento visualizar a muchas de ellas como canciones. Cada una tiene un fondo musical o un color. Y mi misión es averiguarlo. Si logro saberlo, esa persona pasa a formar parte de mi mundo naturalmente. Si no es así, es expulsada del mismo. Los nombres tendrán un significado simbólico pero no me interesan. Es la sensación, ese color, determinada melodía lo que me interesa. Algo que supongo que también explica los motivos por los que tanto en Martillo como en La risa oscura vuelven a aparecer continuamente personajes que se desdoblan hacia otros lugares. Porque, lo repito, intento no mirar a las personas racionalmente sino sensorialmente. Como fragmentos del mundo real que aparecen en determinados momentos y luego desaparecen sin más explicación. Ese es el caso de la lluvia. A veces llueve y otras no. Pero sin ella no podríamos entender esta existencia. No habría vida. O tal vez sí. Pero sería muy diferente. Como ocurre en un texto cuando hacemos desaparecer o aparecer un personaje. Por ello es que son tan importantes las novelas: porque modifican aspectos de la conciencia que poseemos del mundo real o lo amplifican.

Yo ahora mismo no puedo imaginar un mundo en el que no existiera Roger Mifflin, el mítico librero ambulante creado por Morley. Si ese personaje no hubiera sido creado, algo me faltaría. No me extraña que Helen McGill, la  madura y decidida señorita que le compra la librería, se enamore de él. En cierto modo, yo también estoy enamorado de sus discursos, la voz con la que cuenta las historias que se esconden en los libros que vende o el espíritu aventurero con que recorre los pueblos y senderos de unos Estados Unidos agrestes e idílicos, no sometidos aún al masivo crecimiento industrial, en cuyas oblicuos senderos se escuchan de fondo las carreras, gritos y risas de Tom Sawyer o Hulckeberry Finn y asoman de fondo sus cabezas los fantasmagóricos integrantes del Ku klux klan.

Me fascina la manera en que narra Morley. Con suavidad y tranquilidad. Dejando a la historia hacerse a su ritmo y a los lectores fluir con ella sin atosigarlos. Como si fuera un músico callejero confiado en sus posibilidades y en que las monedas de los viandantes irán cayendo al cesto que tiene entre sus pies. El escritor norteamericano es claro sin dejar de ser sutil. Expone con sinceridad el argumento guardándose al mismo tiempo ciertos datos que utilizará en el momento adecuado para disfrute del lector al que siempre tiene en cuenta y mima como un anciano podría hacerlo con los gatos que lo acompañan en sus últimos días.

Otra cosa es, claro, en lo que se transforma el libro cuando ha sido procesado por mi cerebro. Cuando hago el proceso de reelaboración de la novela y la transformo para hacerla mía y robársela al autor. A La librería ambulante en concreto le he puesto una música a lo Badalamenti. Al levantarme ayer me imaginaba sus imágenes inundadas de los teclados del genio de Brooklyn. Y obviamente, muchas de sus secuencias cambiaron. Veía ahora a la muchacha protagonista caminando por un túnel infinito transportando la librería sin poder llegar nunca a un destino fijo y vender libros a los lectores. Y por ejemplo, su hermano se había transformado en un maléfico y gigantesco hombre que la encerraba en una especie de jaula de la que nunca podía salir evitando de esta manera su boda con el librero. Otras imágenes me han invadido durante estas horas. Por ejemplo, unas en las que los dos hermanos se convertían en amantes y hacían el amor en la librería mientras el librero prendía con fuego varios ejemplares de La letra escarlata. ¿Quién sabe por qué ocurra esto? Mi mente cambia y distorsiona la historia original de casi todas las novelas que leo y La librería ambulante no iba a ser una excepción precisamente por lo mucho que me ha agradado. Si no, ya la hubiera olvidado. La novela pasaría a llamarse La librería muerta y formaría parte de una performance en la que, rememorando la famosa quema de libros del Quijote, ardería junto a otros muchos textos en la azotea de mi cerebro. Shalam

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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