Amos de títeres

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El impacto de las dos guerras mundiales en Europa fue tan grande como la indiferencia de las clases letradas hacia los relatos que se desarrollaban en las estrellas. Y por ello hubo que esperar un tiempo considerable para que un subgénero clásico de la ciencia ficción como la invasión alienígena de la tierra se convirtiera en un motivo recurrente para novelistas y cineastas. Es un tópico citar La guerra de los mundos (1898) de H.G.Wells como uno de los primeros y grandes precedentes del mismo pero cuesta más aludir a epígonos que marcasen época hasta la aparición de Amos de títeres (1951) de Robert. A. Heinlein, cuya publicación coincidió en el tiempo con la del estreno de la película de Howard Hawks, El enigma de otro mundo, (basada en el relato “Who goes there?” (1938) de John W. Campbell).

Obviamente, el que el film de Hawks y la novela de Heinlein coincidieran en el tiempo, no es en absoluto una casualidad. Cuando lo hicieron, estaban transcurriendo los años duros del McCarthismo y los primeros de la Guerra Fría. Lo que elevaba tanto la paranoia creciente respecto al comunismo como la preocupación psicótica por la presencia de extranjeros en EUA. Siendo, desde luego, la figura del extraterrestre, un símbolo perfecto para retratar uno de los mayores miedos de la época. Únicamente que si en Hawks, el alien tenía un aspecto monstruoso, en Heinlein será capaz de adaptar el nuestro. Provocando, en mi opinión, que su talante subversivo y siniestro se multiplique infinitamente dada la imposibilidad de distinguirlo de los seres humanos “normales”.

En realidad, afirmar que los aliens procedentes de Titán, el sexto satélite de Saturno, que invaden el planeta tierra en la novela de Heinlein son idénticos a sus habitantes, no es cierto. Sí lo es en cambio, indicar que tienen el aspecto de una babosa pero que es muy difícil identificarlos a no ser que las personas sobre las que hayan tomado el control, se hallen en completa desnudez. Puesto que cuando consiguen acoplarse a la espalda de un ser humano, logran anular su sistema nervioso y dominar su cuerpo. Característica que dará lugar en la novela a distintas escenas de nudismo colectivo bastante jocosas por más que, en mi opinión, no llega a extraérseles todo el componente corrosivo que podían dar de sí. Posiblemente por la ya aludida ideología anti-comunista de Heinlein que subyace a lo largo de un texto que de no haber abusado de este punto de vista, podía haber alcanzado logros mayores. Pienso por ejemplo qué hubiera ocurrido si hubiera planteado estos desnudos como una metáfora (global) de la necesidad de inocencia en nuestro mundo contemporáneo.

Bajo mi punto de vista, por tanto, el gran mérito del texto de Heinlein es el ya mencionado. Haber imaginado unos extraterrestres prácticamente indiferenciables de nosotros, convirtiéndose en el pionero y precursor de una idea que tendría su continuación con la publicación durante el año 1954 en dos revistas diferentes, Colliers Magazine y Magazine of Fantasy and Science Fiction, de dos textos esenciales para la ciencia ficción: la famosa novela La invasión de los ladrones de cuerpos de Jack Finney y el  sintomático relato de Philip K. Dick “The father-thing”. Narraciones ambas donde los alienígenas utilizan unas vainas para realizar duplicados de los seres humanos a los que suplantan, que tendrían su particular revisión y actualización en el serial televisivo escrito y producido por Kenneth Johnson durante los años 80, V: invasión extratarrestre. Creación en la que los alienígenas deciden adoptar una apariencia humana que los hace parecer más amigables y pasar desapercibidos entre nosotros, ocultando su aspecto reptiliano que, supongo, habrá dado mucho que pensar a quienes se dedican actualmente a investigar la psicología y fisionomía de los macabros líderes del NWO.

Digo, en cualquier caso, que el principal interés de la obra radica en el planteamiento que presenta (algo muy habitual en muchos títulos de ciencia ficción) porque aun y a pesar de que Amos de títeres es una novela bien construida y estructurada donde se realiza una disección nada complaciente con el poder y los distintos estamentos sociales, la narración es demasiado atropellada. No logra ahondar en los caracteres de los personajes (ni le interesa), plantea episodios dispersos y confusos como el referente a la secta de los whitmanianos y finalmente, se consume a sí misma en una especie de canibalismo autofágico. Característica, por otro lado, habitual de la literatura pulp con la que el veloz desarrollo de esta novela se encuentra, de alguna forma, emparentado, dado que se utilizan muchos de sus métodos con vistas a conseguir llamar de la manera más rápida la atención del lector medio americano sin intención de provocar excesivas reflexiones sobre el punto de vista utilizado por Heinlein. Según el cual, el individuo debería de imponer su voluntad por encima de las instituciones sociales y políticas aunque esto le pusiera al nivel de sus enemigos. Pues nada importaba con tal de vencer, ganar la batalla contra el “mal”. Ni tan siquiera que los seres humanos acabáramos pareciéndonos sospechosamente a los “otros” que odiábamos y nos amenazaban.


Sobra decir que por supuesto que Amo de títeres es recomendable y disfrutable. El problema es que sus puntos de partida daban para mucho más. Pero entiendo que lo que se les pedía a Heinlein y sus compañeros de profesión eran tramas originales e interesantes y eficiencia a la hora de desarrollarlas y no tanto profundidad. Aunque de haberse tomado el tiempo suficiente para elaborar la psicología de los personajes, pienso que estaríamos, en este caso sí, ante un verdadera obra maestra. La cual, por otra parte, me parece que tiene más de un punto en común con alguno de los films desarrollados posteriormente por John Carpenter como, por ejemplo, 1997: Rescate en Nueva York (1981). Y además, conviene recordar que dio origen a una sarcástica y bien lograda lectura de su tema central, el ataque de las babosas, en dos de los episodios, “Bender el tremendo” y “A la cabeza de las elecciones” de la segunda temporada de Futurama: esa creación de Matt Groening que es tanto la más inteligente parodia como el más conseguido homenaje a los relatos de ciencia-ficción realizado hasta ahora. Shalam

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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