Animales salvajes

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¿En nombre de quién habla y a qué país se refiere Thomas Bernhard en este maravilloso y espeluznante párrafo de Hormigón? No lo sé. Pero estoy convencido de que muchos españoles se identificarán y verán reflejados en él. Al menos algunos.

Yo debo reconocer por otra parte, que me hubiera gustado escribir palabra por palabra este texto. Eso sí, sin rencor alguno. De eso, supongo, no quedarán dudas tras leerlo. Que de escribirlo, lo haría con dulzura y amabilidad y con plena condescendencia para los animales salvajes a quienes va dirigido.

Ahí va:

“Si me voy, me dije en mi sillón de hierro, al fin y al cabo dejaré sólo un país cuya absoluta falta de sentido no hace más que deprimirme diariamente al máximo. Cuya estupidez amenaza al fin y al cabo a diario asfixiarme, cuya tontería hará, incluso sin mis enfermedades, que yo perezca tarde o temprano. Cuyas circunstancias tanto políticas como culturales se han vuelto tan caóticas en los últimos tiempos que cada vez, cuando nos despertamos por la mañana, antes de levantarnos siquiera de la cama se nos revuelve el estómago. Cuya falta de necesidades del espíritu hace ya mucho tiempo que no desespera a un hombre como yo, sino que lo hace sólo vomitar, si he de decir la verdad. Me voy de un país, me dije en mi sillón de hierro, en el que todo lo que complacía a lo que se llama a un intelectual y, si no lo complacía, le daba al menos la posibilidad de entregarse a su existencia, ha sido expulsado, eliminado, extinguido, en el que no parece reinar más que el más primitivo de todos los instintos de conservación y en el que la menor pretensión de lo que se llama un intelectual es asfixiada en la cuna. En el que el Estado corrupto y la igualmente corrupta Iglesia tiran juntos de esa cuerda interminable que, desde hace siglos, tienen arrollada en torno al cuello de ese pueblo ciego y realmente encerrado en su tontería por sus dominadores, con la mayor brutalidad y, al mismo tiempo, naturalidad, y realmente tonto. En el que la verdad es pisoteada y la mentira santificada por todos los cargos oficiales, como único medio para todos los fines. Me voy de un país, me decía en mi sillón de hierro, en el que la verdad no se comprende o, sencillamente, no se acepta y lo contrario de la verdad es la única moneda de cambio. Dejo un país en el que la Iglesia finge y el fascismo llegado al poder explota y el arte les sigue a los dos la corriente. Dejo un país en el que un pueblo educado para la estupidez se deja tapar los oídos por la Iglesia y por el estado la boca, y en el que todo lo que para mí es sagrado termina desde hace siglos en los cubos de basura de sus gobernantes. Si me voy, me dije en mi sillón de hierro, me iré al fin y al cabo sólo de un país en el que, en el fondo, no tengo ya nada que hacer. Si me voy, me iré de un país en el que las ciudades apestan y los habitantes de esas ciudades están embrutecidos. Me iré de un país en el que el lenguaje es vulgar y el estado intelectual de los que hablan ese lenguaje vulgar los hace en conjunto irresponsables. Me iré de un país, me decía en mi sillón de hierro, en el que los llamados animales salvajes se han convertido en el único modelo. Me iré de un país en el que, incluso en pleno día, reina la noche oscura y en el que, en el fondo, sólo estrepitosos analfabetos ocupan el poder. Si me voy, me dije en mi sillón de hierro, me iré sólo, al fin y al cabo, de una letrina de Europa repelente, desolada y en un estado de increíble suciedad, me decía. Me iré, me decía sentado en mi sillón de hierro, de un país que, desde hace años, no hace más que oprimirme de la forma más perniciosa y que en toda ocasión, da igual dónde y cuándo, no hace más que ciscarse en mi cabeza de forma insidiosa y malévola”. Shalam

كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

A las ovejas se las puede esquilar pero no despellejar

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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