Arenas movedizas

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Gracias a la editorial Orciny Press, estamos comenzando a conocer en España la obra de uno de esos lunáticos excéntricos que, de tanto en tanto, aparecen en medio de ninguna parte con un compendio de textos alucinados y ralos de la mano que empiezan poco a poco a succionar mentes y parcelas de realidad hasta contaminarla del todo. Me refiero, claro, a Carlton Mellick III. Un hombre cuyo aspecto se encuentra a medio camino del de un mayordomo de una película de la Hammer, un cantautor de folk psicodélico o un reverendo intergaláctico cuya literatura parece haber brotado del pantano del que se alimentan muchos de los entes lovecraftianos que aparecen en decenas de filmes de serie B o de la tierra donde crecen las flores parásitas que pueblan el mundo de extraterrestres en La invasión de los ladrones de cuerpos.

La casa de arenas movedizas es por ejemplo una de esas novelas cuyo argumento no merece la pena transcribir. Pues en esencia, es un singular paseo por la vertiente oscura del espejo. Un choque de manos entre Lewis Carrol y un Stephen King pasado de vueltas y ácido en medio de un capítulo de Tales from the crypt. Es, sí, un cofre maldito. Una caja negra de caudales sin fondo en la que nuestra mano desaparece al intentar buscar los secretos que contiene. Una anómala narración en la que monstruos y espíritus aparecen, desaparecen y se desenvuelven con tan radical naturalidad que, tras terminar de leerla, me ha resultado inevitable contemplar a mis convecinos con cierta extrañeza. Como si las sombras de los negros pasillos de esa abigarrada mansión donde dos niños intentan averiguar quiénes son sus padres y entender simplemente qué es lo que está ocurriendo a su alrededor y en el resto de sótanos y habitaciones que usualmente ocupan, se hubieran alargado hasta oscurecer mi conciencia sin remedio.

En realidad, La casa de arenas es tan deliciosamente bizarra (¡sí, pronuncié la dichosa palabra!) que tengo la impresión de que no resulta descabellado calificarla como un cruce entre el dadaísmo, cualquiera de los primeros filmes de Tim Burton y un Tarot creado especialmente para la noche de Halloween. Aunque sí me gustaría precisar que, a pesar de su innegable y fascinante extrañeza, es una novela que se lee con suma facilidad. Con la voracidad con la que un niño mastica un Poskitos o un Tigretón.  Porque puede que Carlton Mallick III tenga la cabeza en la luna pero nunca pierde el hilo de la historia que narra. Es un escritor hábil que sabe perfectamente dosificar la emoción, el misterio y los diálogos para que el lector contemple todas aquellas sorprendentes y chocantes figuras e ideas con las que desea confrontarle.

No puedo evitar pensar por otra parte que, de haber sido escrita por un autor europeo, La casa de arenas movedizas probablemente habría provocado reacciones críticas cargadas de indiferencia y bilis que habrían encasillado a Carlton para siempre en el territorio de las curiosidades sin importancia. Más que nada porque a veces creo que, de entre los movimientos vanguardístiscos literarios, sólo el surrealismo y, en menor medida, el absurdo han recibido el respeto de las diferentes facciones críticas del Viejo Continente. Que el resto de vibraciones literarias alejadas del realismo o el romanticismo tienden a ser considerados como tendencias. Corrientes juveniles de las que un autor serio ha de curarse antes o después para alcanzar el prestigio y las añoradas ventas y premios. Al contrario que en Norteamérica donde, debido a la intensa relación de sus habitantes con los paisajes góticos, la naturaleza crepuscular y los bosques y mansiones ocultas llenas de símbolos cifrados así como la amplia influencia de la obra de Edgar Allan Poe, H.P. Lovecraft o Washintong Irving en todas las artes, tanto el terror inmemorial como el excéntrico han hecho fortuna. Cobijando la mente y espíritu de autores como Carlton Mellick a quien entiendo que a nadie debería extrañar contemplarlo disertando sobre ovnis, Pesadilla en Elm Street o el Doctor Extraño en medio de una convención ocultista realizada en un nebuloso paraje de Portland, Kansas o Saturno. Shalam

الحسد لا يمكن التعرف عليه أكثر من الكراهية

La envidia es más irreconocible que el odio

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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