Blanco o negro

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He disfrutado mucho de Blanco. Un ensayo muy ameno parecido a un cocktail dulce o a una melosa canción de The Eagles en el que Bret Easton Ellis explica tirando de talento, melancolía y sentido del humor cómo ha experimentado los cambios culturales de las últimas décadas, su propia evolución como persona y escritor y la esquizofrenia y violencias crecientes en Norteamérica a raíz de las elecciones que encumbraron a Donald Trump.

También por supuesto le dedica unas cuantas y suculentas páginas a la nueva censura y a la generación Millennial que califica de generación Gallina. Entre otros muchos, destacaría este párrafo: “Hacerse la víctima es como una droga: sienta tan bien, recibes tanta atención de la gente, que de hecho te define, hace que te sientas vivo e incluso importante mientras alardeas de tus supuestas heridas, por pequeñas que sean, para que los demás las laman. ¿A que saben bien? (…) El hecho de no poder escuchar un chiste ni ver determinadas imágenes (un cuadro o incluso un tuit) y de calificarlo todo de sexista o racista (lo sea o no) y por tanto considerarlo dañino e intolerable —por lo que nadie más debería escucharlo, verlo o tolerarlo— constituye una manía nueva, una psicosis que la cultura ha ido cultivando”.

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Mientras terminaba el divertido texto de Ellis, surgían en las redes varias polémicas entre las que destacaba una relacionada con Lo que el viento se llevó. Aunque a mí la que más me llamó la atención (a esperas de la próxima) fue la que tuvo que ver con Loquillo. A raíz de la muerte por cáncer de Pau Donés, el cantante catalán decía lo siguiente en un tweet: “Recuerdo la primera vez que conocí a Pau Donés. Guardaba un autógrafo mío que le había firmado yo cuando aún no se dedicaba a la música. Descansa en paz, Pau”.

¿Cómo leí yo este tweet? Pues simplemente entendí que Loquillo estaba poniendo de manifiesto la extraordinaria sencillez de un músico, Pau, que, a pesar de su éxito popular que le permitía codearse con él o incluso (en cuestión de ventas) mirarlo ya por encima del hombro, guardaba como un tesoro un autógrafo suyo. Más que en Loquillo, el tweet se centraba en la humildad de Pau. Pero la unanimidad fue absoluta: el músico catalán era un egocéntrico. ¡Ojo! No digo yo que no lo sea. Todos en el negocio musical saben que Loquillo es duro y cortante; que con él todo es negro o blanco y posee un ego tan grande como su altura. De hecho, si no fuera un canalla (sí, incluso un hijo de puta) con una personalidad fuerte estoy seguro de que no habría sobrevivido tantos años en el negocio musical. Habría sido aplastado. Pero ahí sigue. Grabando discos tan notables como Viento del Este o El último clásico. ¿Quién de todos los que lo criticaban posee una trayectoria musical la mitad de respetable que la de este señor? ¿Quién de todos ellos es capaz de ponerse delante de miles y miles de personas y defender con honestidad sus canciones?

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Lo explica muy bien César Martín en el Apéndice de la última Popular 1. En las páginas interiores aparece una entrevista en la que Jorge Martínez se caga en Bob Dylan y Leonard Cohen. Y César se pregunta en voz alta: ¿Vamos a empezar a decir que Jorge es un inepto, acribillarlo y quemar sus discos? ¡Por Dios!

A todos los que leen avería les queda claro mi amor por Tom Waits. Imaginad que John Lydon dijera que el búfalo es un vejestorio sin fuerza en los testículos. ¿Me importaría? ¡Al contrario! ¡Alabaría a Lydon! Me diría a mí mismo: ¡este tipo no pierde facultades! ¡Así me gustan los punks! E, inmediatamente, escucharía Mule Variations a todo volumen y lo combinaría con “God save the Queen”.

Vuelvo ahora a una frase del ensayo de Ellis: “Existió una época, que ahora nos parece mágica, en que podías airear tus opiniones, expresarlas en público y entablar un debate sincero, pero ahora la cultura teme tanto el diálogo que algo así desencadena un ataque”

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Si José Ortega y Gasset escribiera hoy su ensayo no lo titularía La rebelión de las masas sino La venganza de los mediocres.

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Bret Easton Ellis termina Blanco de manera brutal. Refiriendo una conversación con un amigo en la que ambos aseguran que un cineasta como David Lynch no podría sostener ya por ejemplo en una entrevista que tal vez Trump pudiera pasar a la historia como uno de los mejores presidentes de Norteamérica sin que el pensamiento grupal le obligara a disculparse inmediatamente en Facebook. Aunque lo mejor viene a continuación. Cuando expone cómo personas ilustradas y demócratas reaccionaron a la elección de Trump: “La estrella de Trump en Hollywood Boulevard fue destruida a golpes de pico; un actor con aspecto de Lorax septuagenario dijo «Que se joda Trump» en los premios Tony, una presentadora de televisión llamó a la hija del presidente «cabrona irresponsable» en su programa, otro actor insinuó que deberían encerrar al hijo de once años del presidente en una jaula con pedófilos. Y todo eso en Hollywood: la tierra de la inclusión y la diversidad. (…) Quizá cuando te da un berrinche infantil, lo primero que pierdes es el juicio, y luego el sentido común. Y al final pierdes la cabeza, y con ella la libertad”.

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Leo una reseña de Blanco en un periódico generalista donde califican de fascista y viejo carca a Ellis. Aseguran que se hace la víctima en el libro, que no comprende en absoluto a las nuevas generaciones y que su ingenio ha perdido fuelle. Creo que no lo califican de machista porque, como es bien sabido, es homosexual. Si no, no tengo dudas de que lo harían. No sé si también afirman de Bret que es un aliado de Trump porque dejo de leer el artículo a mitad.

Mentiría si dijera que, a estas alturas, me sorprende esta reseña, pero por salud mental, no consulto el resto de las publicadas. Es muy, muy claro lo que Blanco transmite y sugiere y el tiempo no se detiene. Tengo unos cuantos libros esperándome en la mesilla de noche. No sé si alguien se acordará con los años del artículo pero no tengo dudas de que sí de American psycho.

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Una frase extraída del ensayo de Bret Easton Ellis para finalizar: “En Irlanda, siendo todavía joven, James Joyce comprendió lo siguiente: “He llegado a la conclusión de que no puedo escribir sin ofender a algunas personas”. Shalam

لا شيء أسهل من لوم الموتى

Nada es más fácil que censurar a los muertos

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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