Bomarzo

0

Existen momentos en la vida de una persona durante los que, sin motivo aparente, se detiene el tiempo y se abren pórticos hacia el pasado o el futuro. Una de estas experiencias iniciáticas fue experimentada por Manuel Mujica Láinez cuando, en 1958, durante un viaje a Italia, se adentró junto al pintor Miguel Ocampo y el poeta guillermo Whitlow en el parque de los monstruos. No es difícil imaginar al escritor argentino, con los ojos fijos, fascinado, falto de respiración, absolutamente cautivado, casi hablando en susurros, con dificultad para emitir palabra, ante la belleza sobrenatural del paisaje y monumentos entre los que paseaba. Años antes, había contemplado unas fotografías sobre este bosque sagrado construido a mediados del siglo XVI por órdenes de Pier Francesco Orsini, que lo habían conmovido. Y ciertamente, la impresión que le causaron debió ser grande, dado que no lograría cerrar las compuertas de su alma que fueron abiertas tras haber contemplado estas imágenes, hasta visitar Viterbo y recorrer aquel lugar con sus propios pies. Y, sobre todo, hasta finalizar el libro eterno que emergería de aquel rapto cósmico: Bomarzo. Una novela verdaderamente atípica que posee muchas de las características de los best-seller pero también de los libros de culto. Es tanto una exploración suntuosa e interior de la época renacentista como, a su vez, una sagaz descripción de sus rasgos más conocidos. De hecho, Bomarzo es tanto un clásico como un libro olvidado, un tanto incómodo y raro. De no ser por su intenso lenguaje ornamental, podría estar disponible en centros comerciales y ser consultado habitualmente por los miles de turistas interesados en viajar a Italia y conocer mejor una de sus épocas históricas más refulgentes. Y de no focalizar tanto su atención en algunos de los personajes y aspectos más conocidos del Renacimiento, podría ser sin dudas, un texto muy manejado por los lectores más exigentes, universitarios y estudiantes de historia y arte.

No obstante, estas (aparentes) contradicciones que no terminan de cristalizar en una visión definida del libro, se corresponden perfectamente con la imagen de su hacedor: Manuel Mujica Láinez. Un escritor que, debido a sus orígenes burgueses, descender de una familia de alto rango económico que lo educó en Europa, nunca alcanzó el amor del pueblo argentino. Fue visto más como un rico con talento cuya inteligencia, bienes y dones le permitían gozar de la vida a todos los niveles (incluido el cultural) que como un escritor trascendente. Y además, probablemente se vio bastante perjudicado por haber llevado a cabo su obra en una época plagada de increíbles escritores argentinos e hispanoamericanos. Más a su derecha y a su izquierda siempre se encontraba alguien. Borges podía ser más clasista y pedante que él, Marechal (no importa que Láinez dedicara un gran número de libros a su país) era considerado más argentino y autóctono, y desde luego, su imagen se encontraba muy lejos de la de los escritores marxistas, revolucionarios o vanguardistas. En medio de la década de los 60 o los 70, su prosa no olía a sudor ni a riesgo, era casi neutra comparada con la de los marxistas, estructuralistas y antiperonistas, y esto era lo peor que le podía ocurrir a un escritor en años tan politizados. Láinez era un homosexual, melancólico y distante, que no parecía sufrir por su condición, o al menos no hacía alarde de ello ni deseaba sacar beneficio. De hecho, se encontraba casado y tenía hijos. Tampoco era un excéntrico ni alguien misterioso y exiliado como Julio Cortázar. No era ni un outsider ni un perverso mandamás. Simplemente era un gran escritor, enamorado de la belleza clásica. Un intuitivo y lúcido esteta bonaerense que bien pudiera haber nacido en Venecia, Florencia o París. Un viajero observador muy detallista que se sentía heredero de la cultura europea, admiraba los grandes proyectos artísticos medievales, renacentistas y barrocos, y se sentía casi más a gusto en el pasado que en su propio tiempo. La mayoría de sus libros, desde luego, se encuentran llenos de pasajes inolvidables. Y su prosa es realmente exquisita, parece casi tallada en mármol y es capaz de transmitir emociones complejas, actualizar sucesos históricos difusos, escondidos por el paso del tiempo, combinando magia, precisión y oscuridad.

Pocas veces, en cualquier caso, un autor se ha confundido tanto con un tema como lo hizo Mujica Láinez con Bomarzo. Algo que se percibe en cada una de sus líneas. Básicamente, porque el escritor argentino no es que se identificara con Pier Francico Orsini, sino que sintió que él había sido aquel duque y condottiero romano en una vida pasada. Una creencia que provocó que su implicación en el proyecto fuera máxima, y superara todos los límites creativos que eran esperables, cuando comunicó al mundo literario su intención de llevar a cabo una biografía novelada -a mitad de camino de la ficción y la realidad- de aquel astuto caballero.

Muchas circunstancias, sin dudas, se unieron para hacer de aquella novela un proyecto irrepetible: un personaje sugerente y magnético, una fascinante época y la implicación personal de un escritor que además de estar cada vez más cerca de la madurez artística, sentía que estaba explorando y recuperando una parte de su alma perdida en el tiempo. Y, por tanto, concebía la novela como una radiografía personal. Una manera de amansar partes de su espíritu y profundizar de manera decisiva en el conocimiento de sí mismo. Creo sinceramente que todo lo que se pueda añadir después de esto, sobra. Bomarzo es un libro mágico y eterno. Uno de esos árboles ancianos en los que puede uno apoyarse con total seguridad. La descripción del duque Orsini es imperiosa. Monumental. Casi inverosímil de lo precisa que es. Está llena de tantas sutilezas, es tan meticulosa y habilidosa que no hay ánimo después de leer la novela para contradecir a Láinez. Su desbordante imaginación y pericia técnica se imponen a cualquier atisbo crítico y lo habitual es leer el texto con la boca abierta. Con absoluto asombro, al comprobar que no es el escritor argentino sino el duque renacentista quien nos habla, y lo hace con tanta fluidez e inteligencia que consigue que su época nos sea absolutamente familiar y actual y que casi toquemos y saboreemos los tejidos de los trajes y los manjares allí descritos.

Láinez se aprovecha de los complejos, celos, problemas y rivalidades del duque de Orsini para explorar su propia personalidad. Convirtiendo el libro en una asombrosa confesión que descubre tanto las partes oscuras de un hombre prácticamente desconocido -de hecho, no existe ninguna certeza de que sea el duque italiano, el protagonista del retrato de Lorenzo Lotto que suele aparecer en la mayoría de las portadas de las diversas ediciones de la novela- como las suyas propias. Consiguiendo hacer de Orsini no sólo un personaje creíble sino imprescindible. Un jorobado cojo, sagaz y taimado, hábil y escurridizo, sensible y feroz, educado entre traiciones y amante del arte, cuyas palabras ponen voz al alma de decenas de caballeros renacentistas obligados a convertirse en máquinas de astucia para sobrevivir.

En fin. Bomarzo es realidad, magia, historia y una sorprendente autobiografía. Casi un exorcismo literario. Y, sobre todo, una novela eterna. Tan grande que no me resulta extraño del todo el que -al igual que su escritor- resulte muy difícil de encasillar ni el que, a pesar de no haberse convertido en un festín de masas, haya conseguido ocupar un rincón mágico y encantado en el corazón de muchos fieles lectores que casi que pudimos tocar a Miguel Ángel, Maquiavelo y un sinfín de personajes esenciales de la historia occidental, leyéndola. Algo lógico porque Bomarzo no es un libro intelectual. Es un libro sentimental. Una apasionada carta de amor a la belleza y el arte. Un palacio de Bernini transformado en literatura. Shalam

اِسْأَلْ مُجَرِّباً وَلاَ تَسْأَلْ طَبِيباًَ

Las lágrimas son la sangre del alma

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo