Cocteau

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El arte de Jean Cocteau era un cruce perfecto entre el clasicismo y el surrealismo. La experimentación y la tradición. De hecho, el artista francés era una extraña combinación entre un niño prodigio, un burgués encantador y un feroz rebelde. No obstante, lo que destacaba ante todo era la naturalidad con la que acometía cada una de sus empresas. Cocteau no era un ángel terrible y maldito de postín. Era un intelectual que poseía algunas de las cualidades malévolas de los espíritus negros pero también el encanto de un vendedor ambulante o un tarotista. Ciertamente, era un elegido de los dioses. Cocteau realizaba dibujos con la fluidez con la que muchos acostumbran a fumar un cigarrillo y urdía poemas llenos de imágenes pavorosas y asombrosas que podría haber extraído de una simple lectura de los posos de café o tras haber contemplado varios minutos a las nubes surcando los cielos.

Realmente, todo aquello que realizaba, parecía tocado por la magia. Por un hada madrina especial que protegiera su andadura en esta tierra. Su padre por ejemplo se suicidó y parecen más que rumores, las afirmaciones de que tuvo un relación incestuosa con su madre. Pero ni la trágica muerte de su ancestro ni su fijación maternal lo transformaron en el típico artista torturado, escandaloso o fuera de la ley. Al contrario, Cocteau nadaba en los mares más revueltos y procelosos con suma ligereza y levedad. Y lo que en otras personalidades menos flexibles y gráciles se hubiera convertido en trauma irresoluble, quedó transmutado en su caso en mera anécdota biográfica y en inspiración y germen de algunas de sus obras más célebres, como es el caso de Los niños terribles.

Es bien sabido que Cocteau destacó en todas las disciplinas artísticas que emprendió. Tenía “duende”. Y sobre todo, alma de poeta. Cocteau tocaba con sus manos un sofá y lo convertía en un sofá de cuento de hadas y romántico. Miraba a una mujer y la convertía en una musa voladora de ensueño. Acudía a los toros y salía con una cabeza de minotauro entre sus brazos. Y paseaba por París y transformaba cualquiera de sus calles en evanescentes visiones mitológicas. El libro blanco es por ejemplo un retrato descarnado del despertar su sexualidad. Una confesión de amor por los jóvenes de su mismo sexo. Y sin embargo, a pesar de que narra escenas un tanto escabrosas y se sumerge en barrios gobernados por la prostitución, no es un texto sucio y sin esperanza. Es más bien un leve retrato juvenil. Un pequeño apunte sobre su alma en ebullición. Una característica común a la mayoría de proyectos que emprendía. Opio podría haberse convertido en un texto macabro sobre la desintoxicación. Y sin embargo, es un libro-arpa. De esos llenos de sorpresas y distintas notas musicales y reflexiones que no se corresponden directamente con el tema que trata. De hecho, era más un baúl de aforismos que un ensayo sobre la droga pues, al fin y al cabo, el opio fue otro de esos amantes con los que Cocteau flirteó con ligereza. Más con una pulsión de curiosidad que autodestructiva. Casi más con avidez estética que visionaria.

Cada vez que veo un retrato de Cocteau, percibo un aura genial en él. La llamada del infinito. En todos ellos, vislumbro alas angélicas sobre su espalda. La presencia de seres invisibles con los que dialogaba entre sueños. Ramón Gómez de la Serna dijo de Jean Cocteau que había pronunciado las únicas palabras de estética pura y soportable después de Oscar Wilde. Y Oliverio Girondo que parecía un ruiseñor mecánico al que había dado cuerda Ronsard. Poco hay que añadir a tales definiciones aunque yo me atrevería a sugerir, a su vez, que Cocteau era un dibujo de Picasso hecho realidad. Un ser nacido de uno de los sueños lúcidos de Antoine de Saint-Exupery. Una llamarada de arte puro y genuino e inocente. Un hombre que parecía haber nacido de las entrañas de un lienzo de Paul Delvaux y René Magritte y no del vientre de una mujer. Tanto es así que encajaba mejor en una fotografía con un paisaje pintado por Giorgio de Chirico a su espalda que en medio de un bosque o una ciudad normales. Cocteau, sí, parecía una invención del arte y no un inventor de arte. Poseía ese maravilloso aire de sabio despistado que caracteriza a muchos genios y cierta gracilidad que le permitió no perder jamás -ni siquiera cuando era un anciano- el toque juguetón de la niñez.

Jean Cocteau tenía un don. Podría haber nacido perfectamente el mismo día que Cervantes, Shakespeare o Miguel Ángel. Porque además de como dramaturgo y diseñador, destacó (¡y de qué manera!) como cineasta. Cocteau no sólo describía imágenes sino que parecía que las creaba y las inventaba en presente. Fluía tanto detrás de la cámara como con la palabra. La sangre de un poeta fue su impresionante carta de presentación en el séptimo arte. Un maravilloso espasmo artístico que habrían firmado con orgullo y desparpajo tanto Buñuel o Man Ray como García Lorca. Pero además, legó dos adaptaciones del mito de Orfeo que ya son canónicas. Se encuentran henchidas de una belleza sensual y primaveral (no exenta de cierto toque decadentista) que las convierte al momento en clásicos. Lienzos renacentistas contenidos y misteriosos que penetran en las profundidades de las relaciones amorosas con calma y melancolía y pasión destructiva. Aunque tal vez su obra maestra sea su adaptación de La bella y la bestia. Una impresionante visión con tintes góticos de la historia que funde perfectamente lo bello y lo siniestro y, sin traicionar el espíritu del cuento, alcanza cotas de obra mayor tanto por la excelente actuación de sus intérpretes como por su cuidada planificación y ambientación a medio camino del cine infantil y el de terror. Del cine surreal y el adulto. Una cruenta y sofisticada fantasmagoría moderna.  

Cocteau son palabras mayores. Era un creador que no desentonaba entre Picasso y Dalí ni entre Jean Renoir y Fritz Lang. Tenía el aspecto de una sinfonía de Stravinsky y la sonrisa de un reloj de cuco. La mirada de un violín y la inteligencia fugaz de las estrellas que aparecen en los cuadros de Miró. Era homosexual pero se enamoraba de tanto en tanto de la salvaje belleza de ciertas mujeres. Debido a su febril actividad, no era difícil imaginarlo durmiendo aunque no es difícil concebir que muchos de sus poemas y dibujos los creara en medio de sus sueños, movido por la mano del azar, mientras yacía inconsciente en camas parecidas a sepulcros de nieve.

Su lucidez le ganó obviamente unos cuantos enemigos. Breton y sus secuaces no lo soportaban e intentaban reventar sus actos públicos. Tal vez porque el sí que era un espíritu libre. No necesitaba de los dogmas surreales para crear sino que se apoyaba en ellos como el niño que monta en un caballito días antes de hacerlo en un poni de verdad. Era en cierto modo el misterio y no necesitaba ni explorarlo ni ir en su busca para convocarlo. De hecho, su arte es un icono del arte surreal porque siempre lo sobrepasó y estuvo por encima de él y jamás intentó imitarlo. En definitiva, porque Cocteau sólo siguió un molde: el del propio Cocteau. Shalam

الْكَلِمَةُ إِذَا خَرَجَتْ مِنَ الْقَلْبِ وَقَعَتْ فِي الْقَلْبِ

De nada vale la opinión de quien no es obedecido

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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