Comala

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Tengo la impresión de que Juan Rulfo se sentía un exiliado. Tanto en México como en su cuerpo. Un ángel caído. Que sentía su físico como una limitación, las calles, fronteras y cada casa un refugio. Para Rulfo, era un angustioso problema hablar. Y por ello apenas escribió y mostraba una abundante timidez en las entrevistas. A Rulfo había que sacarle las palabras casi que a la fuerza. Seguramente, porque tenía miedo de ser malinterpretado. Concebía el lenguaje como un problema. Un obstáculo a superar. Y no se sentía capaz de trascenderlo. Imponerse a sus reglas. Razones por las que consagró gran parte de su tiempo al arte fotográfico donde sí se lo siente fluir. Liberado. Consiguiendo transmitir sin equívocos lo que por la misma naturaleza del lenguaje literario, se encontraba oculto de manera difusa y ambigua tanto en El llano en llamas como en Pedro Páramo: la voz ancestral de México. Esa voz colectiva en que se mezclan la experiencia y sabiduría de la tierra y los volcanes y los ríos y las montañas con los problemas, antojos, deseos y anhelos de los habitantes de un país que a sus ojos se encontraba en cierto modo fuera del tiempo. Sometido a las corrientes, vorágines, vientos y subterfugios del mito. Un tiempo más allá del presente y el pasado sin futuro capaz de hacer atisbar la eternidad en un gesto, una palabra, una escena.

religiosidad_4En realidad, creo que -a excepción tal vez de El gallo de oro– Juan Rulfo nunca habló en sus libros. Y mucho menos de sí mismo. Por eso no le importó callar hasta la muerte después de hacerlos. Porque no tenía nada que decir. De hecho, no creo que se considerara a sí mismo un escritor sino más bien un transcriptor. Una persona que escuchaba hablar a los muertos y a los vivos, el agua y las fachadas de las casas e iba lentamente traduciendo su experiencia al papel. Algo que, bajo mi punto de vista, en México únicamente consiguió Elena Garro en Los recuerdos del porvenir. Pero antes de Rulfo no había hecho nadie. Ni siquiera William Faulkner cuya voz siento aparecer a vaivenes luchando por hacerse con la historia que cuenta, peleándose con los personajes de sus narraciones con la intención de transformar esta lucha en testimonio verídico y ancestral. Pesadilla real que inaugura, funda el país norteamericano. La grandeza de Rulfo como escritor fue la de mantenerse mudo. Desaparecer. Tal vez acaso únicamente ser un oyente atento de las historias que le contaba su tío Celerino. Y desde luego esto se puede percibir claramente en sus fotografías. ¿Dónde está Rulfo en ellas? No se le ve, no aparece. Porque Rulfo es el anti-artista. Es pura artesanía. El vacío frente al ego del artista moderno y romántico. De alguna forma, es México atravesando el alma de uno de sus habitantes y mostrándose a través de él.

juan-rulfo-nino-y-grupoDe pocos escritores se ha hablado más que de Rulfo, precisamente por ser una personalidad en todo opuesta a la mayoría de nosotros. Dispuestos siempre a hablar de nuestros libros, deseosos de ser entrevistados o de lanzar al viento cualquier reseña o noticia buena relacionada con nuestras creaciones. Tanto es así que en esta nueva perversión de la crítica moderna, se ha llegado a olvidar aquello a lo que se refería en sus textos: las imágenes y voces que pasaban a través de su alma y que conseguía filtrar. Se habla -como lo estoy haciendo yo- no de México o sus libros sino de Rulfo. Cuando Rulfo insistió una y otra vez que no era nadie. Que él apenas era una sombra. El emisario encargado de velar por el misterio y a veces revelarlo pero nunca un poeta. Casi un albañil de la literatura. El capataz de su propio edificio artístico. Porque el misterio era, sí, su arte. Un arte puro, ni vacío ni lleno, casi transparente, de un aura simbólica incandescente que se muestra con absoluto esplendor en sus fotografías. Obras de arte que tienen la capacidad de hacernos pensar que ese México retratado allí además de ser real, es eterno. Y nunca jamás se irá. Pervivirá con el paso de los siglos contra los continuos asaltos del mundo moderno. Los empujones y las crisis económicas, manteniéndose fresco frente a los avances tecnológicos por su insistencia en el cultivo de tradiciones cuya consistencia se muestra enormemente potente. Y también, por su inocencia. Por continuar llevando a cabo las mismas costumbres y rutinas para subsistir, sin plantearse que puedan representar ejemplo de resistencia política, social, atávica o ritual contra la globalización o futuros ataques colonizadores.

423262386-06052015-juan_rulfo_05_bomb_098La grandeza de las fotografías de Juan Rulfo radica, a mi entender, en que nos hacen olvidar tanto el pasado como el futuro de México. Su raíz mesoamericana, la conquista y posterior colonización. Cada vez que las vemos -y creo que esto mismo ocurrirá con quienes las contemplen en el porvenir- nos hacen sentir que el México que allí vemos es, repito, eterno. No es un retrato de una época concreta o un período histórico determinado sino que es una investigación, un amplio lienzo del que fue y será. A lo que contribuye sin dudas un blanco y negro de tintes tan marcadamente realistas que parece tener vida propia, a través del que se siente respirar a todos los personajes allí retratados, los cuales parece que en cualquier momento nos van a hablar. Se van a dirigir a nosotros. Pues no parecen formar parte de una obra de arte sino de la vida diaria. De hecho, esto es lo que ha conseguido Rulfo en sus fotografías. Capturar la realidad y la verdad al mismo tiempo. Reflejar la trascendencia de lo cotidiano. Algo que muy escasos artistas consiguen. Pues incluso Rulfo en su literatura, tuvo que sacrificar el realismo para conseguir mostrar la verdad. Tuvo que incursionar aunque fuera ligeramente en territorio simbólico y metafórico para estructurar esos relatos mezcla de costumbrismo y fantasía, naturalismo y espiritualidad a través de los que por primera vez se sintió respirar, hablar a la tierra mexicana. Decir todo aquello que sabía y debía indicar de la manera que le era propia. Se la escuchó hablar de la única forma a través de la que podía mostrar su verdadera individualidad sin traicionarse, especificando su diferencia no sólo con la cultura occidental u oriental sino con el resto de culturas latinoamericanas.

239928631-06052015-juan_rulfo_02_bomb_098Creo que la grandeza de Rulfo radica en este hecho. Independientemente de la excelencia de sus obras, cuando leo ciertos textos de Octavio Paz, siento que estoy ante un intelectual que me recalca una y otra vez lo sublime, inteligente que es. Cuando leo a Carlos Fuentes, me siento ante un hombre extremadamente preocupado por los avances técnicos de la escritura. Cuando contemplo un lienzo de Diego Rivera, veo a México a principios de siglo. El México surgido de la Revolución. El de los muralistas. Un México adscrito únicamente a ese momento. Cuando observo las obras de Frida Kahlo, veo a una mujer expresando su sufrimiento. Recalcándome una y otra vez cuánto dolor ha sufrido. Pero cuando me encuentro ante una fotografía de Rulfo, no siento a nadie detrás. Se percibe que el artista ha desaparecido para que sólo hablen sus obras y que lo que éstas tienen que decirnos es un secreto personal e intransferible que atravesará el tiempo. Es absolutamente inmortal. Colectivo, anónimo y sagrado. Shalam

اِبْنُ آدَمَ يُرْبَطُ مِنْ لِسَانِهِ وَالثَّوْرَ مِنْ قُرُونِهِ

El fuego de la leña verde proporciona más humo que calor

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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