Diarios

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Hay libros que leo por obligación. Como un samurái. Por rigor, disciplina y fidelidad a la literatura. Intento que sean los menos pero creo que con el tiempo se han convertido en los más. A Thomas Hobbes debo leerlo, me digo. A Ian Sinclair debo también leerlo, me digo. Y también debo leer, me digo, la trilogía de los Snopes de Willian Faulkner o a Harry Crews.

Con los años, el amor a la literatura se ha transformado en mi caso en una deuda (insalvable) con este arte. En un deber moral. Y no digo esto con pesar ni con tristeza. Al contrario, por mucho que avería parezca a veces una mezcla entre un cigarrillo de marihuana y un suntuoso salón árabe plagado de pipas de agua, en realidad, no se podría sostener sin ciertas dosis de trabajo y esfuerzo.

Yo en concreto amo la disciplina. Precisamente porque mi mente tiende a la dispersión psicodélica, soy metódico. Demasiado tal vez. Pero incluso el mayor de los rigores no tiene sentido si de tanto en tanto no nos dejamos llevar por el placer. Y de la misma manera que muy de vez en cuando los futbolistas dan taconazos, realizan túneles y tijeretas y los tenistas realizan dejadas imposibles, globos y a veces golpean la pelota entre las piernas, de tanto en tanto, algún escritor (generalmente de la periferia o poco conocido) realiza un libro hedonista. Sin la carga de trascendencia habitual ni la necesidad de cambiar el mundo en cada párrafo. Este es el caso de Hombre en azul. Una divertida novela que recoge notas apócrifas realizadas por Francis Bacon en sus últimos meses de vida y un fascinante sueño (que recuerda a ciertos esquizoides relatos de Mario Bellatin) que me ha hecho disfrutar cada minuto consagrado a su lectura.

En primer lugar, porque Hombre en azul es un libro que me gustaría haber compuesto yo. Que tengo la sensación de que he escrito yo en otra realidad alternativa u otra vida.  Algo lógico porque es una novela que necesita lectores cómplices y entusiastas y no rigurosos. De hecho, tengo la impresión de que estoy hablando más de averíadepollos y de mí de lo acostumbrado porque creo que eso es lo que, en cierto modo, Óscar Curieses intenta y logra: convertir su libro en un taller de pintura que obliga a quienes hablan del mismo a abrir las puertas de su lugar de trabajo.

Lo cierto, en cualquier caso, es que el grado de identificación del escritor madrileño con el pintor británico es tan grande que he optado por no colocar ninguna fotografía suya. He pensado que el mejor homenaje que podía hacer era centrarme en Bacon y no en Óscar. Porque Hombre en azul es uno de esos escasos experimentos que funcionan en los que como espero estar dejando claro, diversión y literatura casan perfectamente. Hasta el punto de que lo he leído como escucho los discos de Van Halen o Daft Punk. Entre otras cosas, porque Bacon era un pintor muy intuitivo, casi visceral, y no hay otro modo, entiendo, de penetrar en su obra que con los intestinos y los riñones. A base de pulsiones nerviosas.

No engaño al subrayar que Hombre en azul parece escrito por el creador irlandés. Y que si en el futuro alguien deseara revisar sus impresiones artísticas, debería recurrir a él sin ninguna duda. De hecho, pienso que si el mundo de la cultura fuera divertido y aspirase a transformar el mundo (y no a soportarlo o amoldarse a él) los tres cuadernos que aparecen aquí deberían ser citados en cualquier estudio (serio o no) sobre este pintor que lanzaba brochazos como quien pega mordiscos a un bistec y profundizaba en las tensiones contemporáneas con nocturnidad. Con rabia y visceralidad.

Cada uno de los lienzos de Bacon era un puñetazo a la realidad. Un golpe al mundo contemporáneo. Sexo en carne viva. Precisamente porque existía previamente una reflexión obsesiva sobre su trabajo que terminaba estallando sobre la superficie de los cuadros. Los tres cuadernos que legó dejan muy claro esto último. Que Bacon era un pintor clásico obligado a ser moderno cuyo mérito fue tal vez saber desprenderse de todas las reglas aprendidas y fluir. Lograr transformar la pintura en un club nocturno. En un tatuaje corporal. Y que para tocar el corazón de la gran pintura antigua no era necesario imitarla ni citarla sino haber aprendido a verla con los ojos cerrados. Haber aprendido a escucharla.

Obviamente, otro aspecto a celebrar de Hombre en azul es su impactante edición. Un cuaderno de viajes moderno que incluye sus gafas 3D y una serie de postales que amplifican y dialogan con la obra de Bacon conduciéndola a otra dimensión. Aunque los diarios y el sueño tienen tanto interés por sí mismos que entiendo que si encontrara un manuscrito medio roto escrito a mano en la basura con estas notas, me resultarían totalmente creíbles y funcionaría también perfectamente.

Hombre en azul apareció en 2014 y percibo, tras una búsqueda superficial en Internet, que no motivó demasiadas reflexiones, a pesar de que existen pocas golosinas tan jugosas como esta y que escarba perfectamente en el zeitgeitst de su época. Y, en realidad, siendo sinceros, creo que si apareciera hoy -teniendo en cuenta la deriva literaria actual- es bastante probable que tampoco produjera tantas como sería deseable. Pero esta circunstancia no habla necesariamente mal del libro. Creo que en el fondo dice mucho y muy bien del mismo y responde a su naturaleza corrosiva. A su naturaleza experimental y gozosa. Porque, en el fondo, el texto es una golosina. Chocolate artístico. Un pastilla de éxtasis en una mochila adolescente. Es parecido a un baile en una discoteca o a una feliz excursión infantil. Y, al fin y al cabo, ¿a quién le importan lo que digan los críticos de tal o cual periódico o revista cuando estamos imitando a Tony Montana, pegando saltos en la Bombonera, o cuando nos encontramos frente a un lienzo de Bacon y el pintor nos lanza un directo al mentón con uno de sus brochazos guiados por la fuerza del instinto y de la carne? Shalam

الأوقات السعيدة للبشرية هي صفحات التاريخ الفارغة

Los tiempos felices de la humanidad son las páginas vacías de la historia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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