El corazón de las tinieblas

0

Releyendo de nuevo El corazón de las tinieblas, descubro una novela que desconocía o en la que no me había fijado tanto anteriormente. Absorbido por Kurtz, por la imagen de la locura quebrándose en medio de la selva, se me habían pasado desapercibidas algunas de las más ariscas y sobresalientes escenas que contiene el texto. Un texto que rasga la luz, penetra en las hendiduras de la selva y describe el descontrol. Ante todo, esto. Describe y por momentos se sumerge en el descontrol colonial. Explora de forma impresionista y sesgada y con una inusual profundidad los contornos, perfiles de los árboles, la iluminación y las sombras, los contrastes, con un talento soberbio. A través de una prosa que se difumina y confunde con lo narrado creando constantes zonas de incertidumbre, las cuales a continuación estallan en pasajes corrosivos que parecen al fin liberar los secretos de la realidad descrita aunque a los pocos párrafos, han vuelto a opacarse, cerrarse, confundirse con reflexiones y visiones que hacen impenetrable y misterioso el relato. Tan opaco y ralo como la niebla que envuelve la crepuscular Inglaterra desde donde se nos narra, ofreciéndole su carácter majestuoso.

Se ha hablado tanto de este libro que siente uno que todo lo que pueda decir sobre el mismo está lleno de tópicos. Una caterva de palabras gastadas. Sin embargo, sus constantes claroscuros invitan a continuar hilvanando opiniones y teorías. Se le ha acusado a Conrad de racista y creo que a ello contribuye la opacidad ambigua de su lenguaje a la que he hecho referencia. Porque, en realidad, la imagen que ofrece de la civilización occidental es realmente desoladora. O estrambótica. Hay cierta confianza en el progreso que se desvanece totalmente a fuerza de impulsos ciegos y a medida que los acontecimientos se suceden frente a un personaje, Marlowe, cuyo cinismo y contención son desbordados no sólo por la presencia de los africanos a quienes no puede comprender ni atender sino por los europeos excéntricos que van apareciendo en su camino: el calmo y pacífico danés Fresleven quien, tras haber perdido completamente los nervios, yace cubierto por la hierba en una aldea abandonada, los disparos de una tropa de franceses contra un muro ingente de vegetación en donde no se escuchan más que los ecos de aves muertas, el insólito y excéntrico ruso admirador de Kurtz, la frialdad de ciertos operarios, el estrafalario funcionario vestido como un maniquí, el viudo enamorado de las palomas mensajeras, etc. Es en estos personajes y no tanto en Kurtz donde ahora encuentro que se halla la grandeza de un libro que pienso que hay que leer entre líneas, olvidándonos de su grandeza, saboreando cada párrafo para tomar conciencia de las turbias aguas de la barbarie occidental y al mismo tiempo de su ingente esfuerzo por aclararlas. Racionalizar el inconsciente y las sombras, la parte animal del ser humano, el lado oculto de la luna, por su voraz deseo de extraer los frutos de las entrañas de la tierra y saborear el botín. Pervertir el paraíso original no una ni dos sino cientos de veces mil hasta convertirlo en un infierno.

En cualquier caso, pienso que El corazón de las tinieblas no es sólo un libro sobre el terror de los colonialismos. Es sobre todo, un libro sobre el lenguaje. Marlowe quisiera decir, transmitir el horror pero además de que se ve condicionado a describir aquello que ve según los parámetros de su origen occidental, se encuentra con que la experiencia es tan sobrecogedora que no tiene palabras para hacerlo. Es decir; se enfrenta no sólo a los límites del mundo y el progreso sino a los del lenguaje. Se descubre aliado de aquello que odia o entenebrece la conciencia y, tristemente entiende que debe continuar trabajando para el gran destructor de libertades, Occidente, si no quiere perder el alma, enloquecer. Esta es al menos mi lectura actual del relato de Conrad. La historia de cómo un alma se hace totalmente consciente de la hipocresía y el terror que él, como peón de una ideología, está contribuyendo a propagar y de cómo para sobrevivir debe intentar hacer oídos sordos a ella. No exactamente negarla pero sí aceptarla como una consecuencia natural del discurrir actual de la política, la vida y la historia. Convirtiéndose entonces la novela en un retrato de la locura occidental por parte doble. La del voraz Kurtz exigiendo más y más marfil, nombrándose rey y participando en orgías siendo seducido por las oscuras fuerzas que ha venido a civilizar pero que en realidad desata y contribuye a liberar al irrumpir por la fuerza en territorios sagrados o esquivos hasta entonces para el hombre blanco, y la del perplejo y circunspecto Marlowe que describe todo aquello que ve como un rapto, falseándolo -podemos intuirlo- en ocasiones y en otras, agrandándolo y extrañificándolo, luchando por no caer devorado por su embrujo místico y mítico al tiempo que es absorbido en la lógica capitalista que roba su alma a cambio de cierta seguridad: comida, trabajo, dinero. Siendo, por tanto, Marlowe y Kurtz dos retratos distintos pero similares del alma occidental incapaz ya sea por medio de la integración o la observación de comprender el espíritu africano que yace como un minotauro arisco y encadenado a un tronco, escondido en las entrañas de un libro sometido al impulso nihilista y autodestructivo de las perversiones.

Otro detalle que se me había pasado desapercibido en otras lecturas, es lo próximos que se encuentran Transtorno de Thomas Bernhard y el relato de Conrad. En su alucinada inmersión en los parajes agrestes austriacos, Bernhard urde una narración protagonizada por un médico y su hijo, símbolos del humanismo decaído y el ocaso utópico, que se encuentran con toda una serie de personajes y situaciones cercanas al delirio hasta enfrentarnos a un reflejo espantoso absolutamente perdido, lúcido, absorbente y obsesivo, el príncipe Saurau, cuyo enredado monólogo parecido a una liana partida o una sinfonía de Shoënberg, retrata el malestar cultural, la esquizofrenia occidental y el ambiente opaco que dio lugar a las dos guerras mundiales con mayor precisión que una bomba. No hay mucha diferencia, bajo mi punto de vista, entre las escasas palabras que pronuncia Kurtz y sus alusiones al horror con los vericuetos ruidosos a partir de los que destruye el lenguaje Saurau. Ambos dos, Conrad y Bernhard, nos presentan un viaje por territorios desoladores en los que el hombre blanco, el democrático y libre hombre blanco, no más que ha provocado el caos. Desterrando su faz irracional, ha desatado pesadillas, construido paisajes terminales en los que  el entendimiento es imposible puesto que el virus de la rabia y la codicia, los flujos del dinero, la soberbia y el egoísmo, han transtornado y transformado las empresas humanistas en fuentes de dolor y provocación frente a las que ni los rebeldes ni los revolucionarios pueden levantar su brazos teniendo en cuenta que se encuentran conformados por idéntica raíz, han sido educados en la misma cultura que dicen despreciar o intentan abolir.

Creo, de todas maneras, que toda relectura de la novela de Conrad no ha de acabar en ella misma. Podría citar obviamente la monumental versión que realizara Francis Ford Coppola pero entiendo que para hacer más comprensible su alcance real, resulta más acertado citar obras cinematográficas como Holocausto caníbal o las películas de zombies donde podemos percibir con absoluta claridad aquel horror al que se refería Kurtz. O aún mejor, basta con salir a pasear por las calles de cualquier ciudad, introducirse en un supermercado, observar el rostro de nuestros semejantes, contemplar un debate político televisado o comprobar el tratamiento que se da a muchos de los emigrantes africanos que intentan acceder a territorios europeos o norteamericanos para terminar de entender la relevancia de un texto que, como subrayaba Sergio Pitol, está destinado a ser leído y releído por sucesivas generaciones gracias a su opacidad. A su simbolismo y a que no termina de decir exactamente aquello que desea expresar o tiene que decirnos. Tal vez porque Joseph Conrad, como marino, sintió muy de cerca que los límites del mundo se estaban estrechando al tiempo que los del lenguaje y si deseaba crear una metáfora difícil de controlar y explicar, tenía que hacerla difusa. Irracional. Esquiva. Tenía que construir un libro repleto de características contrarias al mundo que se intentaba implantar. Un texto, sí, europeo pero con la capacidad de volar como un efrit a través de los pequeños agujeros del cofre (o campos de concentración regulados) donde los monarcas occidentales deseaban encerrar a la población en beneficio del comercio. Las libras y dolares conseguidos gracias, entre otros negocios, el marfil recolectado por Kurtz en los confines del África negra. Shalam

 كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

 Antes de ser un dragón, hay que sufrir como una hormiga

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo