El hombre que amaba a los niños

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Basta con observar durante unos instantes, cualquier fotografía de Christina Stead para saber que su infancia no fue feliz. Y que un regusto agrio quedó fijado para siempre en su alma, como se puede percibir en las aristas de un rostro que, incluso cuando sonríe, no se entrega. Se encuentra a la defensiva. En lucha interna constante. Aguardando un golpe. Es adusto y tiene ciertos tonos sombríos que -sin perder, es cierto, encanto y belleza- recuerdan vagamente a los de las madrastras y brujas malignas de los cuentos infantiles. Características que permiten vislumbrar el sarcasmo que desarrollaría como narradora. Esa mala uva e ironía feroz, que subyace por ejemplo a lo largo de cada una de las páginas de su mítica novela, El hombre que amaba a los niños. Una visión trabada, esquizoide y casi angustiante de su niñez que vomitó en cientos de páginas cargadas de pensamientos cortantes, ácidas críticas al núcleo familiar y, sobre todo, diálogos que como nebulosas se extienden a lo largo de un libro que ejerce tanto de testimonio pesadillesco como de liberación catártica. Una especie de venganza afilada y cuchillo maligno contra el estamento burgués y una prematura visión apocalíptica de los años consumistas. Un adelanto a todos esos relatos de familias disfuncionales habituales en la narrativa anglosajona de la segunda mitad del siglo XX.

Se percibe que Christina Stead no se encontraba en paz consigo misma cuando construía la novela. Que la escribió para no volverse loca. Y que dudaba entre trazar un texto oscuro y negro sin salida, un conjuro de brujería ausente de esperanza, o un rescate de sus memorias para el que, siendo justa, debía convocar también algunos de sus momentos bellos y amables. De hecho, los desequilibrios de su libro se encuentran allí. En que la escritora australiana no desarrolló la actitud punk hasta el extremo. No vomitó la bilis de un tirón y en ocasiones, es demasiado respetuosa con la tradición. Intenta encajar un cuento de hadas maligno en una especie de novela río que se solaza en determinados momentos tanto en la descripición impresionista de paisajes o la caracterización piscológica de los personajes -probablemente para crear un mayor efecto verosimilitud y profundidad o por intentar encontrar un punto de apoyo- que pierde de vista lo que hace sumamente interesante el texto: la destrucción lenta, corrosiva e impiadosa de el matrimonio Pollit. La inteligencia con la que a través de diálogos en apariencia inocentes, se va forjando un implacable lienzo expresionista con ciertos tonos pastel que contribuyen a resaltar su ansia destructiva. Permiten que comprendamos mejor la progresiva aniquilación de la psique de los niños criados en un hogar parecido a un manicomio. Donde los valores tradicionales entran en crisis con los de la modernidad dejando desamparados a todos sus integrantes. En primer lugar, los padres. Que son los verdaderos huérfanos de la novela. Sus personajes más desesperados.

Christina Stead no es Thomas Bernhard.  Ni falta que hace. Pero se nota. Porque con los mimbres presentados aquí, el austriaco hubiera compuesto un submarino nuclear. Una serpiente rabiosa. O un caballo enfermo apestado de rabia. Y tras leer ese texto, nadie hubiera podido casarse jamás o tener un hijo sin conocimiento de que se adentraba en un profundo infierno. No obstante, Stead no se queda corta. Más tímida, eso sí, que el lobo europeo, nos describe con malicia femenina, un gato con tortícolis. Varios pescados dando vueltas sobre sí mismos en una pequeña pecera. Y un perro vestido con telas de distintos colores parecido a un ridículo arlequín. Es decir; ridiculiza la familia mirándola desde la distancia y jugando con diversas posibilidades y combinaciones. Componiendo un sombrío retrato cubista de su disolución. Un fresco repleto de palabras sobre la imposibilidad de comunicarse. Una fría deconstrucción con tintes costumbristas de las novelas de infancia clásicas. Una llamarada hogareña que, sin decir una sola palabra, explica el porqué del reino creado por los niños enEl señor de las moscas. Y que, en gran medida, clausura la novela dickensiana. Aquel modelo de narrar la infancia. Pues El hombre que amaba los niños es un cruce extraño entre lo que aún restaba de la novela victoriana en el imaginario novelístico de principios del siglo XX y las distorsiones que el advenimiento del consumismo estaba comenzando a provocar en la psique colectiva. Un texto que, sin pretenderlo, ahonda en las tesis de Freud. Eso sí, a su manera. En este caso, explicándonos que el horror no radica tanto en llevar a cabo el incesto sino en no animarnos a ejecutarlo porque nuestros padres no son dignos de nuestro cariño. Son tan egoístas y estúpidos que preferimos evitarlos cuando nos miran con los ojos abiertos, casi amenazando comernos. Intentando abrazarnos o besarnos como si fuéramos la única solución y respuestas a sus tristes vidas. Existencias vacías. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Callarse no es sólo bueno para los sabios. Pues ante todo, lo es para los estúpidos e ignorantes

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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