El niño César Aira

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Las conversaciones de César Aira es una absoluta genialidad. No sé si es el libro que más me ha gustado del escritor argentino pero sí que lo ha hecho tanto como otra sus obras maestras, El congreso de literatura. Hace más de un año que leí esta última novela y todavía me sorprendo a veces, rememorando sus pasajes con gozosa incredulidad. Leyendo las primeras páginas, jamás hubiera imaginado que terminara como lo hace. No quiero desvelar aquí ese maravilloso e ingenioso final. Prefiero que lo descubra el lector por sí mismo. Simplemente quiero hoy indicar que en las últimas semanas he leído otras tantas obras del argentino y lo estoy pasando genial. A excepción de Una novela china, obra primeriza en la que es plausible que Aira estaba comenzando a familiarizarse con ese estilo suyo que es un continuo ensayo o tentativa, he gozado con la gran mayoría. Y destaco la palabra gozado por una razón muy concreta. Porque sus textos me divierten, me hacen sentir vivo, disfrutar, reír y maravillarme. Han conseguido hacerme recuperar el asombro al abrir un libro y estar inquieto al comenzarlo, preguntándome cuáles serán los tesoros y sorpresas que encontraré dentro con una sonrisa en mi rostro.

Hay tantas escenas inolvidables en las novelas de Aira que no le tengo demasiado en cuenta el que en ocasiones, nos ofrezca textos inacabados o un tanto descuidados. Uno de estos últimos es Cómo me reí y aun así, aunque sea por lo intenso de su escritura y los giros argumentales que de tanto en tanto se suceden, puedo decir que me ha entretenido más que la mayoría de los libros que leo.

Debo confesar que, como les ha ocurrido a otros lectores, mis comienzos con Aira fueron decepcionantes. Cuando vivía en Buenos Aires compré La villa esperando encontrarme con un texto que completara la visión que sobre el país argentino estaba adquiriendo gracias a los míticos textos de Leopoldo Marechal, Gustavo Puig o José Bianco y en absoluto fue así. Creo que incluso me pregunté cómo es que alguien había permitido que se publicara un libro tan inane. Tal vez no fuera una de las obras esenciales de Aira. Tendría que leerlo de nuevo para matizar mi opinión. Pero lo que sí parece claro es que no estaba yo familiarizado con su sentido del humor ni las motivaciones últimas de su escritura. Una escritura que es lo más parecido al pop que se ha hecho nunca, a mi entender, en la literatura de habla hispana. Un chiste infinito sobre el absurdo que se desdobla por decenas de espejos a velocidad de vértigo.

No obstante, no tuvo que ser tan mala mi experiencia como lector, debería percibir yo que existían ciertos secretos en La villa que hacían necesario indagar más en este escritor, porque a los pocos meses adquirí El mago. Un texto, en mi opinión, mucho más conseguido con el que empecé a tener la sensación de encontrarme en un territorio único y excepcional manejado por un ludópata de la literatura capaz de hacerme vivir sensaciones que ya creía olvidadas. La lectura de El sueño y Cómo me hice monja en cualquier caso, vino a confirmar estas prematuras reflexiones que por ejemplo, han refrendado textos tan hilarantes y, en cierto sentido, anormales como Fragmentos de un diario en los Alpes o La confesión. Estoy leyendo alternativamente ahora mismo Un episodio en la vida del Pintor Viajero, y continúo de fiesta.  Porque Aira es un niño inteligente y además, juguetón. Un señor que deforma las estúpidas y coercitivas reglas intelectuales, capaz de desfigurar el lenguaje y transformarlo en plástico con que envolver libros parecidos a muñequitos o juguetes.

Iba por cierto a hablar hoy de Las conversaciones pero creo que tal vez lo voy a dejar para otro día. No hacerlo aunque lo tenía previsto supongo que es el mejor homenaje que puedo realizar a la escritura del artista argentino. Una máquina de traicionar expectativas que nunca cumple lo que prometió.

Escribir bien, escribir bien. ¡Qué tortura! ¡Escribir bien debe ser lo más parecido a una maldición! Una regla o canon impuesto por la burguesía y el Estado que ha terminado convirtiendo a los escritores en funcionarios o burócratas y ha contribuido a destrozar la creatividad. Esto nos lo enseñó Thomas Bernhard y, a su manera (mucho más festiva y liviana), también lo hace Aira. Un escritor que sería capaz de romper los esquemas a Tristan Tzara si se levantara de su tumba y por lo general, construye obras hilarantes que sólo pueden entender en toda su complejidad los estudiosos de la literatura. Porque es un artista que vive por y gracias a las contradicciones. Un pez que nada en tierra y se ahoga en el mar que se niega como los espíritus libres a ser clasificado o encasillado. Un eunuco, en definitiva, que folla más que nadie. Casi que se pasa la vida entre monstruos y fantasmas, sorteando los peligros de la existencia sobre esa deslumbrante alfombra mágica que es su literatura. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Espera lo mejor y prepárate para lo peor

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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