El opiómano

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Leer a De Quincey significa adentrarse en la niebla. Palpar la línea de la vida de una mano de donde ha sido borrada. Porque De Quincey no trabaja aclarando los temas que trata. Abrillantándolos. Lo hace profundizando en ellos como un barco adentrándose en un mar en tormenta. A saltos. Recogiendo los restos de un naufragio, las quillas llenas de sal, los tesoros  y monedas desperdigadas y amontonándolas en una cámara sin preocuparse porque estén completamente ordenadas. Atándolas con nudos resistentes o sueltos que se estiran, aprietan o desatan casi por azar. De Quincey es un cruce imposible entre Chesterton y Lord Byron. Un humorista inglés y un esteta precursor del malditismo y Baudelaire. Su prosa es opio. Un hilo de hachís que lo mismo adormece, hace reír, entontece o provoca visiones incontrolables que por más que estrujemos el lenguaje, resulta imposible describir. De Quincey respira a través de la lengua o más bien, se deja aspirar por ella. Mecer en sus mieles como si fuera un sultán occidental. Un conde atrapado en un castillo que tuviera que seducir a alguna mujer oriental para salir de la torre donde se encuentra confinado. Encadenado.

De quincey es un poeta que por casualidad se encontró con la prosa. Se hizo prosista como quien se hace bebedor o fumador. En parte, por azar, en parte, por destino. Pero sin un convencimiento genuino detrás. La mitad de Breton y el surrealismo se encuentra en su célebre El asesinato como una de las bellas artes y la mitad del simbolismo y el decadentismo en su Confesiones de un fumador de opio. Y, sobre todo, en la segunda parte de este último libro, Suspiria de profundis. Un ensayo poético o novela fragmentaria que inventa el romanticismo y al mismo tiempo lo destruye. Un texto impenetrable lleno de visiones, grabados, estampas que es lo más parecido a una sesión intensa de ingesta de opio. Una llamarada salvaje donde las brujas, carruajes, memorias del Medievo, alucinaciones y retratos nihilistas de la vida moderna se cruzan, formando un aquelarre literario inclasificable. Una pieza de salvaje literatura que lo mismo le pega un mordisco a Lautreamont que preconiza Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. De Quincey es un vórtice. Un abismo situado en medio de una ciudad moderna. Un escritor que narra como si tuviera asma. Oscurece la escritura, convirtiéndola en un campo de niebla, donde es imposible distinguir al amigo del enemigo. Destroza fronteras y quiebra límites, haciendo de la literatura un ritual. Una danza de metáforas e imágenes sin fin que intentan traducir tanto el lenguaje de los sueños como los efectos que en el cerebro producen las drogas. Un mapa sin colores certero que está a medio camino de todo -la modernidad y la antigüedad, los mitos y la técnica- y se atreve a mirar de soslayo a Stevenson y Sterne. Componer una máquina literaria cuya mayor frustración es no poder elevarse por los cielos, ponerle alas a las tapas de un libro y viajar por tierras inhóspitas, como si fuera un relato de Las 1001 noches.

De quincey es un terrorista artístico que da la impresión de conocer muy bien la tradición en que se mueve. Y, sobre todo, de haber entrevisto el futuro. Haber atisbado cómo se recompondría la la literatura tras su descomposición. Su destrucción. De hecho, escribe como si las palabras fueran juguetes castigados, turbios sentimientos o látigos hechos trizas y no fuera capaz de ordenarlas sino es con mucho esfuerzo. Ensanchando su conciencia y comprensión de la realidad hasta límites apenas entrevistos en sueños. Delirios o fantasías. De hecho, parece no importarle lo que narra. Tanto que podría decirse que salta por encima de ello como el chamán que escucha el parloteo del pueblo, porque sabe que la literatura no es cuestión de argumentos ni de tramas sino que el argumento es el propio lenguaje. La forma en que se trabaja con la lengua y se la doblega, tras una ardua batalla, para contar una historia que, en sus manos, siempre se deshace. Posee el olor de un comida podrida, el aroma a un turbante encontrado en el fondo del mar, un pescado herido correteando por la proa de un barco y la acidez de una pesadilla. Una mala digestión que revuelve nuestras tripas. Básicamente, porque a De Quincey no le importa martirizar a su lector ni a dios, fustigar a la religión y a los escépticos, para conseguir su objetivo: acabar con la realidad para siempre y jamás. Shalam

إِذَا كُنْتَ فِي قَوْمٍ فَاحْلُبْ فِي إِنَائِهِمْ

La mano que da es mejor que la que pide

 encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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