El pasado de la casa

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Para entender mejor una empresa como la sostenida por Mark.Z. Danielewski en La casa de hojas,  me parece necesario revisitar ciertos momentos y episodios históricos con el fin de entender si es posible algunas nociones sobre el posmodernismo gracias a las que este laberíntico, esquizoide monumento literario cobra sentido. Partiendo, claro, de que siendo un concepto el de posmodernismo tan amplio, es imposible resumirlo en una mera entrada y tocaremos sólo una de sus características de refilón.

Hace siglos, Friedrich Nietzsche nos advertía que las casas en que vivíamos se iban haciendo más pequeñas. Afirmación que le servía para soltar uno de sus habituales latigazos contra el espíritu burgués. Tal vez al pensador alemán -digo únicamente tal vez- se le olvidó que los hogares comenzaban a disminuir en tamaño (igual que probablemente el alma humana) porque el mundo estaba deviniendo en un objeto controlable, diminuto. Pero sí que observó con claridad que era necesario dar a luz, criar GIGANTES, titanes que fueran capaces de volar como águilas y conquistar nuevas realidades para no empequeñecernos. En cualquier caso, lo cierto es que, de alguna manera, las afirmaciones del destructor, acorazado alemán estaban ya advirtiéndonos sobre uno de nuestros grandes problemas: el espacio. Y más en concreto, su ausencia. Tanto es así que desconozco si se ha destacado lo suficiente pero al menos yo no tengo dudas. Bajo mi punto de vista, sí, la cuestión más importante del posmodernismo es precisamente esa, repito, la ausencia de espacio. Si el ser humano, ese suicida en potencia, no hubiera colonizado el planeta al completo desde hace varias décadas, se hubieran generado otros movimientos y problemas estético-artísticos pero en ningún caso muchas de las pautas y características posmodernas que surgen por la imposibilidad de atisbar nuevos horizontes y el fracaso de la carrera espacial.

Mientras el ser humano atisbó la posibilidad de encontrar una morada en las estrellas, hallar otro planeta habitable, se pudo calmar el ansia de aventura y conquista occidental a través de substancias como el LSD (que conducían al ser humano a nuevas “realidades” interiores), las narraciones de ciencia-ficción, la obsesión por los Ovnis y los comic-books de superhéroes. Pero conforme la realidad y el pesimismo se impusieron y se comprobó que al menos nos quedaban uno o varios siglos por habitar este planeta hasta encontrar otra residencia en el Universo, no hubo ya nada que pudiera calmar el sentimiento de derrota y decadencia occidental y, para mediados de los 70, esta cultura (encabezada por la norteamericana), a grandes rasgos, comenzó a convertirse en revisionista. Devenir en retrógrada. Mezclar, combinar géneros, conceptos, teorías y disciplinas más fruto de la impotencia y la imposibilidad de trazar un futuro que como signo de creatividad. Instaurando la cita o referencia constante al pasado (el cine de gangsters sin ir más lejos o ejercicios del calibre de American Graffiti de George Lucas, La ley de la calle de Francis Ford Coppola, Fuego en el cuerpo de Lawrence Kasdan y casi que toda la obra de Brian de Palma) como ingrediente artístico esencial en cuanto ante la dificultad para descubrir nuevas tierras, parecía necesario rememorar y resucitar constantemente todas aquellas épocas en que el ser humano sí tuvo un impulso, un espíritu aventurero o no se encontraba imposibilitado para avanzar.

De hecho, entiendo que esta circunstancia histórica, este actual impedimento físico, explica en gran medida esa tendencia exhaustiva de nuestra “depresiva” época hacia lo “retro” que investiga con meticulosidad Symon Reynolds en su Retromanía, o la proliferación del sampler literario (sin ir más lejos, hoy mismo he estado sampleando pasajes del Barry Lyndon de Tackeray para Los puercos) o musical.  Al fin y al cabo, el sampler significa reutilizar lo ya utilizado y supongo que de tener ante nosotros un horizonte de expectativas máximas, no recurriríamos a este recurso tan habitualmente. Como, a su vez, obviamente, si nos encontráramos ante nuevos espacios que colonizar, tierras en las que monos hablasen con voz de hombre y pigmeos dieran saltos de tres metros, no hablaríamos de globalización -un movimiento inevitable teniendo en cuenta el estrechamiento de los límites del mundo que obliga aunque sea artificialmente y únicamente por el comercio, a las culturas a unirse- ni podríamos terminar de entender algunos de los maquiavélicos planes que podría tener el NWO. Todas esas estrategias que las asépticas élites se encuentran dispuestas a llevar a cabo para cumplir sus objetivos, entre los que parece prioritario el descendimiento de la natalidad o una guerra que acabe con varios cientos de millones de personas-insecto que les permita disponer de inmensos territorios libres para su disfrute debido a, repito, esa ausencia de espacios sin la cual el posmodernismo nunca habría surgido y evolucionado trayendo consigo múltiples teorías (en muchos casos, contradictorias u opuestas) sobre la muerte del arte, la historia o incluso el hombre (que creo que nacen por los parámetros ya indicados).

De una manera u otra, La casa de hojas nos enfrenta con estos dilemas. El libro, al igual que ese gigantesco apéndice literario que fue el Paradiso de Lezama Lima, es una lucha por remover el pasado. Por crear algo nuevo intentando crear surcos, incisiones en un mundo (el libro-universo) aparentemente ya colonizado. Es una lucha por encontrar nuevas grietas en un muro teórico y un incierto futuro (agujero negro-casa) que no vislumbramos y nos obliga, como a Orfeo, a volver la vista hacia el pasado y realizar múltiples indagaciones e interpretaciones respecto a las razones por las que hemos llegado aquí. La casa de las hojas, sí, es un puñetazo de nihilismo. Un codo abriéndose lugar en el espacio negro y el Universo. Un grito de ahogo. Y quién sabe si también una declaración de amor porque como le subrayó una lectora atenta al autor, es probable que lo que suceda es que la casa está enamorada de sus habitantes. Que el mundo todavía nos ame y sea, a través de catástrofes o en este caso, desapariciones y movimientos incontrolables, que nos esté mostrando su amor; la posibilidad de encontrar nuevas maneras de relacionarnos con nuestro hogar, la tierra y la galaxia similares a las múltiples formas a través de las que Danielewski explora el formato libro, encontrando en cierto sentido huecos de aire en las gastadas fosas posmodernas.

La casa de hojas, en definitiva, es un ataúd. Pero un ataúd abierto por las dos partes que transporta un cadáver flotante que en cualquier momento puede resucitar. Al fin y al cabo, no hay mejor forma de conseguir que la literatura reviva que asesinarla. El libro de Danielewski fue ese puñal. Un anillo de Moebius donde todas las experimentaciones literarias del pasado se encontraron frente a frente y se pusieron a dialogar para vislumbrar un futuro, obrándose el milagro y la paradoja de que la literatura que fue se construyera según los parámetros de la que vendría. De que los libros dejasen de ser el mundo, se transformasen en sombras y las sombras en muertos. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Amistad veloz, arrepentimiento asegurado

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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