El poeta y la muerte

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Luis Cernuda es una de las cimas de la poesía española del siglo XX por muchos motivos. En primer lugar, su sinceridad. Cernuda no fue un hombre de puñaladas traseras. Sus envidias y odios, rencores y miedos quedaron reflejados en el papel. Dejó sus miserias a la vista de todos no tanto como expiación sino como un gesto moral. Por su deseo de mantenerse ligado a la verdad y dejar un retrato exacto de su alma. Ni excesivamente clemente ni odioso. Contradictorio, en suma, como el de cada ser humano. Cernuda sufría con la indiferencia y el desprecio de sus contemporáneos. Era hipersensible a las críticas. Y no soportaba la mediocridad. Y con esos mimbres, construyó un yo poético reflexivo y audaz. Un yo severo y romántico que traía detrás suyo una música de siglos. Cernuda es eterno porque es mortal. Porque muy escasos poetas como él han tenido tan presentes a la muerte. La han considerado su única interlocutora válida. Muchos poemas de Cernuda parecen testamentos. Están escritos como si fueran sus últimas palabras y poseen una autenticidad deslumbrante. En realidad, el poeta sevillano no escribía. Realizaba confesiones. Y lo hacía como si estuviera conectado con un tiempo lejano. Consiguiendo emular en unos pocos versos, las sensaciones que a Proust le costaba cientos de páginas conseguir.

Los versos de Cernuda pueden gustar o no pero son verdaderos. Aunque hay que diferenciar dos Cernudas. El de antes de la Guerra Civil. Un poeta que necesitaba creer que deseo y realidad podían unirse aunque ya sospechaba que no sería posible. Un poeta juvenil e inmaduro que yerra y deslumbra por igual y aún busca su voz. Y el que pasó sus últimas décadas de vida en el extranjero y ya nunca regresó a España. Este último es el Cernuda soberbio. El poeta austero y negro como un lienzo de Goya, que mira con desdén a su país y compatriotas. Un Cernuda que ya sólo se ocupa de un tema: la muerte. Y llena los poemas de lúcidas reflexiones filosóficas que sorprenden por su sencillez y hondura. Cuando Cernuda odia o se queja, comprendemos esos odios y esas quejas. No vemos la llama. No sentimos la flecha impactando en el cuerpo de sus enemigos sino el sufrimiento de su alma. Las cicatrices de un hombre que vagaba por el mundo como si fuera el padre de Hamlet. Un fantasma consciente de que ya nunca sería feliz y que de vez en cuando, dejaba testimonio de sus experiencias. Sus reflexiones. Sus viajes interiores. Desde el momento en que encuentra su voz, justo al publicar Las nubes, Cernuda se convierte en el poeta. Se libera de experimentalismos, simplifica la expresión y convierte sus libros en crepúsculos. Montañas, océanos, grutas en torno a las que se escuchan los cánticos de las valkirias, las armonías puras de Mozart y los ecos apagados de una España a la que observa con templanza, nostalgia y desdén. Un recelo que convierte a sus poemas en estampas morales. Proverbios ancestrales sobre la soledad y el ocaso. El olvido y esa vida fugaz cuyo único argumento es la muerte.

Cernuda alcanzó la maestría cuando consiguió elaborar agudas reflexiones sobre sus circunstancias vitales. Cuando convirtió su exilio en tema metafísico personal y universal. En sus últimos libros, su voz suena solitaria y lejana pero lúcida. Sabia como ninguna. No hay dudas de que sus compañeros de generación tenían muchos conocimientos literarios. Los poetas del 27 sabían de poesía pero tal vez no tanto de la vida. Cernuda es a la postre, el más respetado de todos ellos porque su poesía no está al servicio de su ego sino de la sabiduría. Es la que menos miente. La más directa. En el último Cernuda no se perciben ni la técnica ni los años de lenta elaboración de los poemas. Los textos fluyen solos. Parecen oraciones. Canciones antiguas que el poeta sevillano únicamente se encarga de transcribir. De hecho, probablemente, Cernuda no componía poemas. Construía montañas. Proverbios sobre la soledad y la vejez tan intransferibles y únicos que finalmente, tenían un alcance universal. Porque, a su manera, fue un samurái de la poesía latina. Un asceta del deseo que mezcló la cultura mediterránea con la anglosajona para crear claroscuros poéticos que resuenan en el tiempo con majestuosa serenidad. Shalam

أَنَا أَمِيرٌ وَأَنْتَ أَمِيرٌ فَمَنْ يَسُوقُ الْحَمِيرَ

El gran talento no consiste en saber lo que se ha decir, sino en lo que se ha de callar

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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