El rey de amarillo

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El rey de amarillo es la paranoia hecha literatura. Incienso venenoso corrompiendo las líneas de la mente. La niebla encarnada en cuentos donde anida la confusión. El sufrimiento de almas embestidas por un pasado que brota, emerge con una fuerza descomunal desde la cárcel lógica. Destrozando las barreras con las que ha sido reprimido. Robert W. Chambers acabó convertido en un escritor burgués. Comercial. Un señor preocupado por encajar su escritura con los gustos de las señoritas. Coser textos como una modista hilando mangas de camisa. Ajustando la corbata a su jefe y al marido. Pero, durante un tiempo, fue un titán. Un coloso. El eslabón perdido entre Edgar Allan Poe, Ambrose Bierce, Robert E. Howard y H.P. Lovecraft. La mirada violenta hacia la languidez y la nostalgia. El crepúsculo de la decadencia norteamericana. El miedo al capitalismo y, en ningún caso, la voluntad de acomodarse a sus ritmos frenéticos. El final del relato gótico y el comienzo del esquizofrénico. La enfermedad mostrándose sana y lozana en su total decrepitud. Un referente para entender tanto a David Lynch, Tim Burton como a Vincent Price. Y casi que también al cine de David Fincher o a la novela negra norteamericana. Que, al fin y al cabo, es una ordenada e intensa manera de intentar dotar de sentido lógico a la desesperación. La congoja del alma de los exiliados. Náufragos llegados a América esperando encontrar un cielo, un paraíso, obligados a luchar codo con codo por construir los armatostes de una prisión. Un infierno en forma de cárcel consumista.

El rey de amarillo es la naturaleza salvaje de América destrozando a sus habitantes. Llagas, heridas arrancando a trizas trajes caros. El ansia del confort. La paranoia del consumismo encarnada en un símbolo, ese misterioso libro que enloquece a todos los que leen sus páginas, cuya invención no me hace rememorar tanto el Necronomicón como El ángel exterminador. La imposibilidad de borrar los actos cometidos en el pasado. Seguir la ley. Pactos fáusticos, conjuros y hechizos que rasgan los vidrios del conocimiento científico. Los deforman y desestructuran hasta hacernos ver al ser humano contemporáneo como esclavo. Un hijo de Baal cósmicamente perdido en un Universo que lo ausculta, escucha sus latidos de alegría o pena, con delectación, sabiendo que su alma le pertenece. Porque este mundo, como sabían los gnósticos, es un engendro del diablo. Y el capitalismo, es una de sus armas más feroces. Una bomba que aísla y separa hasta límites extremos a sus habitantes con aspecto de dulce de azúcar o de inofensivo relato, como es el caso del enigmático El rey de amarillo. Un fetiche, una excusa para cavar en la tierra, el centro de la sociedad, y que emerjan las historias que los inmensos rascacielos, gigantes barcos y cruceros, anuncios, libros de autoayuda, best-sellers, intentan que olvidemos, provocando que masas de zombies se agolpen ante televisores y centros comerciales diariamente.

El rey de amarillo es un hito en la narrativa norteamericana. O más bien, un referente. Una obra ineludible cuyo rastro puede entreverse en obras tan dispares como Carnivale o El misterio de la bruja de Blair y, según parece, -no la he visto- en True detective. Los sacerdotes negros, mujeres resucitadas, sectas chinas, muertos ahogados en islas del dolor, detectives confusos y malignos funcionarios que aparecen en sus relatos, componen los mimbres de una majestuosa obertura esencial para orientarse, entender la literatura norteamericana del pasado siglo. La psique de un ciudadano desorientado al que tan fácil era confundir con historias de marcianos y “otros mundos” como con epopeyas patrióticas y un alborotado consumismo.

El miedo, parece sugerirnos Robert W. Chambers, nace por la tentación del olvido. El deseo de ignorar. Borrar las huellas del pasado, viejos cultos, que inevitablemente, recuperarán el tiempo perdido, mezclándose con el futuro y aturdiendo, conmoviendo el presente. Haciéndolo estallar en incendios donde antes de quemarnos totalmente, comprobamos asombrados que el verdugo y los componentes de la multitud que gritan nuestro nombre con rabia, poseen el mismo rostro que el nuestro. Y que las escenas que nos estremecían cuando leíamos estos relatos, se han hecho realidad. Algo lógico porque, al fin y al cabo, todo lo que nos ha sido posible imaginar, existe, existió o existirá. Y si el consciente olvida, el inconsciente -nuestro rey de amarillo- no lo hace. Ni lo hará. Es un agujero negro cuyo destino radica en esclarecerse, aclararse antes o después. Ir tornándose amarillo hasta convertirse definitivamente en blanco. Transformarse en un muro donde está escrito y puede ser visualizado todo aquello realizado en esta vida u otras, que estaremos obligados a contemplar hasta la eternidad. O el día del juicio final. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

No pongas maíz en una canasta con huecos

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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