El Terror

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La mayoría de escritores norteamericanos desean escribir la gran novela norteamericana. Nacen con ese destino y objetivo a cumplir. Hacer ese gran libro (en calidad y número de páginas) que condense la historia de su país. A toda una generación de seres humanos. William Faulkner fue consciente de la imposibilidad de resumir los dolores y pesares de su patria en una sola novela y compuso un ciclo mítico centrado en Yoknapatawpha. Un proyecto que, en cierto sentido, ha encontrado heterodoxos continuadores como Stephen king, cuyas novelas de terror son tal vez el mejor retrato coral que existe sobre los puntos vacíos y despojos surgidos en medio de la opalescente Norteamérica consumista de los siglos XX y XXI o el mismísimo Paul Auster. Un autor cuyas obras completas son casi una radiografía de ese deseo que podemos encontrar incluso en autores de cómic de la talla de Will Eisner y se encuentra detrás de la filmografía de cineastas de la talla de Martin Scorsese y Francis Ford Coppola.

Realmente, no sé si a Dan Simmons lo podemos entroncar dentro de estos núcleos narrativos pero sí tengo claro que tiene clavado en su corazón al rojo la importancia y necesidad de escribir la gran novela norteamericana. Pues eso es lo que rezuma y desprende El Terror por todos sus poros. Necesidad casi angustiosa por narrar un historia inmensa. Ser capaz de describir una odisea marítima desarrollada cerca de su país de origen de un carácter tan mítico como la griega. De componer un libro que se mida de frente tanto en calidad como en tamaño con Moby Dick mezclando metafísica y aventura. Ensayo, historia y ficción.

Muchas personas hemos conocido El Terror por la serie televisiva. Aunque en mi caso, yo sólo he leído hasta ahora la novela y aguardo con serenidad el tiempo de contemplar la producción de la AMC. Por lo que tan sólo puedo hablar de la obra de Simmons. Una mortuoria oda gigantesca y necesaria a la expedición comandada por sir John Franklin en búsqueda del ansiado paso del Noroeste. Una vía que uniera el Pacífico y el Atlántico cerca del Ártico que permitiera a las tropas británicas evitar descender hasta el estrecho de Magallanes y así esquivar las confrontaciones con los barcos españoles, portugueses y franceses. Un añorado deseo que se tornó obsesivo en repetidas ocasiones para el Imperio anglosajón y a mediados del siglo XIX condujo a los tripulantes de dos embarciones, el HMS Erebus y el HMS Terror, a morir en medio de un frío hiriente, descomunal debido al escorbuto y a la infección de plomo que se produjo en las latas de comida que guardaban. La cual produjo tal hambre que se han documentado casos de canibalismo durante los momentos finales de aquella expedición cuya tragedia posee un espíritu mítico y titánico que Dan Simmons lleva al paroxismo. Transformando la realidad y la historia en un relato mítico de horror. Un intrincado viaje al corazón de las tinieblas. Una fúnebre letanía.

La novela de Simmons es extensa. Muy extensa. Pero aún así, el tema que trata y cómo lo trata es tan fascinante que incita a seguir leyendo. En realidad, El Terror es muchas cosas. Una obra épica sobre la angustia. La novela que Lovecraft hubiera soñado hacer de tener aliento de novelista y ser un autor mucho menos antiliterario y nihilista de lo que era. Y también es un texto que huele a clásico. Se mira tanto en los textos marítimos y apocalítpicos de Conrad y Melville como en los frescos cinematográficos siniestros y desalentadores de John Carpenter. Hay de hecho algo de La cosa en El Terror. No sólo por la inquietante presencia del monstruo de inteligencia maquiavélica que va acabando con la tripulación sino por el ambiente malsano que rodea la expedición. Las dudas que van surgiendo sobre el comportamiento de unos y otros y las disputas y sospechas que entroncan con cuestiones metafísicas sobre la existencia y naturaleza del mal. Un mal de aliento fétido que se incrusta al hielo, la piel y las llagas y heridas abiertas y va consumiendo la vida de unos hombres que viajan como héroes ciegos. Son prácticamente suicidas adentrándose en el Hades. Personajes que hacen rememorar el concepto de destino griego cuyos monólogos y pensamientos se solapan y confunden con los ruidos quebradizos de la naturaleza y el silencio de dios.

Simmons narra con espíritu de antropólogo e historiador pero también de gran novelista y compone un relato coral que recuerda tanto a los más ambiciosos frescos de la literatura norteamericana sobre la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Secesión como a varios de los pasajes más áridos y desoladores de novelas como Frankenstein o el Prometeo Moderno. Cuida las descripciones, ralentiza y hace avanzar la narración con la destreza de autores de epopeyas bélicas y, a pesar de la intensidad y minuciosidad de los retratos psicológicos, nunca pierde el hilo de la novela. Nunca pierde de vista que su misión es contarnos una epopeya que me atrevería a definir como una nocturna mixtura entre el realismo mágico, la tragedia y el horror apocalíptico. Una obra misteriosa que convierte el drama en poesía y la historia en relato místico. Y transforma la novela de aventuras en poema épico visionario lleno de brotes chamánicos. De hecho, lo que da sentido a la locura abisal que inunda las cientos y cientos de páginas de su libro son sus incursiones en la mitología de los inuit. Los pueblos esquimales que habitan las regiones árticas de América del norte. Y sobre todo, el mágico relato del regreso al mundo de los vivos de un monstruo llamado Tuumbaq que pone en jaque a las deidades ancestrales -Sedna. Sila y Naarjuk- y obviamente, no tiene problema alguno en corromper las ilusiones de la expedición comandada por Franklin.

El Terror es un lienzo de Friedrich convertido en novela. Es un texto gótico en el que los castillos, prisiones, monasterios y cepos han sido sustituidos por icebergs, montañas nevadas y ríos helados. Es casi una descripción en vivo y en directo de aquellos paisajes abisales que fascinaron y entumecieron la conciencia de los narradores románticos. Un pausado torbellino narrativo que consigue que se den la mano Edgar Allan Poe, Mary Shelley y Patrick O’Brian con un final que no obstante, no es totalmente descorazonador. Pues transforma la brumosa presencia de la indígena Silenciosa en llave mágica para el aplacamiento o enfurecimiento e los espíritus monstruosos. Y a la naturaleza en una inquietante enemiga del progreso llena de armas tormentosas para someter los delirios del ego humano. Esos peligros a los que los delirios industriales abocan al mundo en general contra los que, de algún modo, reacciona la feroz criatura encargada en la novela de Simmons de convertir un viaje épico hacia la gloria en una pesadilla. Un puñetazo destructivo que transforma la ciencia, la técnica y la razón en barro y corrosión -ciénaga infecta llena de viscoso hedor procedente de la carne y sangre de los muertos- y la nieve en manto funerario de ángeles caídos. Shalam

للمخرجة ياسمين شويخ

La fe sin duda es sólo muerte

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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