En las nubes

0

Hace unos días escribía sobre la librería Pynchon & co. Pero esta no es la única en la que he estado últimamente y me ha hecho sentirme bien. Otra ha sido En las nubes, situada en el pueblo de Bullas. Un espacio diferente en mucho al de Alicante porque aquí no asistimos al vértigo de la modernidad o nos encontramos en un espacio limítrofe entre varios futuros posibles, sino que destaca la cotidianeidad. El presente. No tanto la extrañeza sino la familiaridad. En En las nubes, de hecho, los libros parecen platos de comida. La sopa caliente y nutritiva que sirve la abuela aliñada con ajo y perejil. Una canción de Vainica Doble escuchada en una antigua granja de Andalucia. O una bola de cristal en la que contemplar distintas escenas y secuencias en movimiento de libros existentes, imaginarios o no: carreras de cruzados a través de bosques lluviosos, piratas subidos a los troncos de frondosos árboles o hechizeras contemplando su rostro en espejos alambicados. Es decir; que existe una relación con la cultura casi sensitiva, desde luego, digestiva y, en algún caso, alquímica. O más bien, intuitiva. Tal vez porque da la impresión de que del centro de sus paredes, emerge una especie de cordón umbilical que nunca se ha cortado con el tronco de nuestro pasado. De hecho, si uno compra un libro allí, tiene más bien la sensación de que está retomando la relación con un familiar, alguien muy querido con el que compartió entrañables momentos, que penetrando en un territorio arisco o sacro. Es decir; que accedemos a la sacralidad o al misterio de las obras de arte a través del goce y el disfrute, el sexo o las sonrisas antes que a través de precipicios o abismos intelectuales. Ante todo, pienso, porque existe una especie de manto protector metafórico e imaginario -pero no por ello menos real- sobre cada texto situado en sus pequeños anaqueles como si las libreras comprendieran perfectamente las neurosis de los autores y desearan abrazarlos en su regazo. Cuidarlos como a niños perdidos sin llegar, eso sí, a sobrepretegerlos. Resultando entonces la librería un enorme útero amable y acogedor donde lo más lógico es sentirse como en casa al poco de llegar. Tanto es así, que más que una librería a En las nubes, lo considero un hogar. Una biblioteca comunitaria donde alimentar a tullidos, marginados, amas de casa, desnortados y toda esa fauna incomprendida que suele caminar sin rumbo por las ciudades y en los pueblos, por lo general, terminan por acabar hundiéndose en profundas neurosis que van acrecentándose conforme envejecen.

Creo, sí, que la mera presencia de En las nubes cumple una función social. Porque es un manicomio sin la carga punitiva y viscosa de esos centros, donde se intenta comprender a las personas -y a los libros- en su esencia, por lo que pueden aportar y, en ningún caso, se los intenta reconducir. Y es, a su vez, una casa de chocolate. Pop. Un reino caído que se puede volver a recuperar. Torreones derruidos siendo reconstruidos. Y la promesa de que para todos, absolutamente todos, existe una mano amiga que en este caso es la literatura pero podría ser también la música o el arte o la misma vida. Porque la librería no es agresiva y desde luego que rehuye de la violencia. Es más bien un riff de guitarra festivo. Un carnaval que no termina de convertirse en un acto suntuoso o sombrío. La cultura rascándose la barriga y carcajeándose frente a una galería de espejos en que su rostro aparece enorme, pequeño, contrahecho, deforme o alargado. Una feria que invita a que leamos varios libros de golpe como si estuviéramos recorriendo con un globo en las manos, un parque de atracciones. Supongo que sonará a tópico, sí, pero esta es mi impresión. Que la librería trata de ser el amigo que no falla. Cumplir un rol amistoso que pueda suplir las carencias afectivas que tantas personas han sufrido conforme iban creciendo y se adentraban en la vida adulta. Sustituir al psiquiatra por un libro. Una charla. Recuperar las ilusiones de la adolescencia en los años de madurez. Y, en definitiva, convertir cada día en una fiesta. Sí. Esa es mi impresión. Que En las nubes -y de ahí el nombre- intenta ser un cielo eterno. Las barbas blancas de Dios. Una pila bautismal de la cultura musical y literaria desde cuyas ventanas no se contemplen ni desfiladeros ni abismos. Se observe únicamente -como si estuviéramos dentro de una de aquellas entrañables canciones de Family- el cielo abierto. Los problemas y perfiles de los seres humanos en miniatura y por tanto, absolutamente relativizados, como si el inventor de este espacio hubiera sido Jonathan Swift y los músculos de Gulliver se hubieran transformado en ladrillos, sosteniendo uno de esos escasos lugares donde no sólo está permitido soñar sino que es obligatorio. Porque es gratis, como pareciera que lo es -no importa lo que cueste- cada libro adquirido allí. Pues desde sus estanterías, los textos parece decirnos: ¿de qué sirve nuestro dinero, decirme para qué, sino es para disfrutar?, ¿no habíamos quedado que el capitalismo además de acumulación y productividad era goce, un coito anal con el Universo expandiéndose a través del bosque? Shalam 

إِنَّ الشَّقِيَ بِكُلِّ حَبْلٍ يَخْتَنِقُ

Para los hambrientos, Dios es el pan

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo