En las nubes

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Hace unos días escribía sobre la librería Pynchon & co. pero esta no es la única en la que he estado últimamente y me ha hecho sentirme bien. Otra ha sido En las nubes. Un espacio situado en Bullas muy diferente en mucho al de Alicante porque aquí no asistimos al vértigo de la modernidad o nos encontramos en un lugar limítrofe entre varios futuros posibles sino que, ante todo, destaca por su cotidianeidad. No tanto por su extrañeza sino por su familiaridad. Por situarnos inmediatamente en el presente.

Dentro de En las nubes los libros parecen platos de comida. Una sopa caliente y nutritiva aliñada con ajo y perejil por una abuela. Una canción de Vainica Doble escuchada en una antigua granja de Andalucia o una bola de cristal en cuyos reflejos es posible contemplar distintas escenas en movimiento de libros existentes o imaginarios: carreras de cruzados a través de bosques lluviosos, piratas subidos a los troncos de frondosos árboles o hechizeras vislumbrando su futuro en espejos alambicados.

Por tanto, existe en esta librería una relación con la cultura casi sensitiva o digestiva y, en algún caso, alquímica e intuitiva. De hecho, da la impresión de que del centro de sus paredes emerge una especie de cordón umbilical que nunca se ha cortado con el tronco de nuestro pasado. Y por ello, cuando compramos un libro allí, tenemos la sensación de que estamos retomando la relación con un familiar; alguien muy querido con el que compartimos entrañables momentos. Es decir; que entramos en contacto con la sacralidad y misterio de las obras de arte por medio del goce y el disfrute y no tanto a través de precipicios o abismos intelectuales. Ante todo -pienso- porque existe una especie de manto protector metafórico sobre cada texto situado en sus pequeños anaqueles. Un indicio de que las libreras comprenden perfectamente las neurosis de los autores y desean abrazarlos en su regazo. Cuidarlos como a niños perdidos sin llegar, eso sí, a sobrepretegerlos.

Ciertamente, la librería es parecida a un enorme útero amable y acogedor donde lo más lógico es sentirse como en casa al poco de llegar. Tanto es así que creo que En las nubes es, ante todo, un hogar. Una biblioteca comunitaria donde alimentar a tullidos, marginados, amas de casa, desnortados y toda esa fauna incomprendida que suele caminar sin rumbo por las ciudades y en los pueblos, por lo general, terminan por acabar hundiéndose en profundas neurosis que van acrecentándose conforme envejecen.

Creo, sí, que En las nubes cumple una función social porque es un centro donde se intenta comprender a las personas -y a los libros- en su esencia. Se valora lo que pueden aportar y, en ningún caso, se los intenta reconducir. Además, es, a su vez, una casa de chocolate. Puro Pop. Promesa de que para todos, absolutamente todos, existe una mano amiga que, en este caso, es la literatura pero podría ser también la música, la pintura o la meditación.

En las nubes no es un librería agresiva. Es más bien un riff de guitarra festivo. Un carnaval que no termina de convertirse en un acto suntuoso o sombrío. La cultura rascándose la barriga y carcajeándose frente a una galería de espejos en los que su rostro aparece enorme, pequeño, contrahecho, deforme o alargado. Una feria que invita a que leamos varios libros de golpe como si estuviéramos recorriendo un parque de atracciones con un globo en las manos.

Supongo que sonará a tópico, sí, pero esta es mi impresión. Que la librería es un amigo que no falla. Que intenta suplir las carencias afectivas que muchas personas han sufrido conforme iban creciendo y se adentraban en la vida adulta y nos invita a sustituir al psiquiatra por un libro o una charla. En definitiva, que lucha por convertir cada día en una fiesta.

Sí, esta es mi impresión. Que En las nubes -y de ahí el nombre- intenta ser una pila bautismal de la cultura musical y literaria desde cuyas ventanas no se contemplen ni desfiladeros ni abismos sino que se observe únicamente -como si estuviéramos dentro de una de aquellas entrañables canciones de Family- el cielo abierto. Creo, asimismo, que es uno de esos escasos lugares donde no sólo está permitido soñar sino que es obligatorio porque es gratis; tal y como parece que lo es -no importa lo que cueste- cada libro adquirido allí. Desde sus estanterías, de hecho, es posible escuchar a los textos preguntándonos: ¿de qué sirve el dinero, decirme para qué, sino es para disfrutar?, ¿no habíamos quedado que el capitalismo además de acumulación y productividad era goce; un coito dichoso con el Universo? Shalam 

إِنَّ الشَّقِيَ بِكُلِّ حَبْلٍ يَخْتَنِقُ

Para los hambrientos, Dios es el pan

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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