Ese muerto que está triste

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¿Cuánto miedo y cuán desplazado y aislado ha de haberse sentido alguien para componer un libro como Edición anotada de la tristeza, expresándose en los márgenes de la página en blanco a través de notas al pie? ¿Y cuánto miedo, terror, aislamiento y desplazado ha de haberse sentido una persona para componer un texto como La casa de hojas lleno de signos, grafías, dibujos, tachaduras, borrones, líneas que son como garras y páginas que parecen ladridos de perro y arañazos de gato?   Pensando estos días en el libro de Danielewski al que he dedicado dos averías, me he acordado de un libro de mi editor, José Alcaraz, Edición anotada de la tristeza (que yo acostumbro a denominar La tristeza de la anotación y de muchas otras maneras), y no he podido evitar compararlos. Probablemente porque entiendo el minimalismo extremista de Alcaraz como complementario del exceso extremista de Mark. Z. Danielewski. En absoluto, veo esos textos vacíos (de palabras y silencios) como frutos opuestos sino más bien como productos de una época fugaz, radical, contaminada y viciada a la cual no queda más remedio que responder con un continente sin fin de palabras-negras o palabras-blancas para quebrar su resistencia y dejar hablar al arte.  Que es en el fondo el tema central y el mayor deseo que se esconde, bajo mi punto de vista, en La anotación triste: la necesidad de desaparecer para que el arte diga lo que debe decir sin necesidad de que lo impulsemos ni obliguemos a confesar secreto alguno. Como, de otra manera, La casa de hojas es una máquina compuesta para el exceso, empujada a hablar, capaz de sobrepasar todos los límites de lo dicho literariamente para transformar la realidad en arte y el arte en realidad (documental).

En suma, si el norteamericano construyó una casa de hojas, el español una casa sin hojas (palabras).  O sin apenas letras. Tanto es así que ni tan siquiera, -al menos en la lectura que hago del libro- las notas al pie me importan lo más mínimo dado que lo que siento y percibo es que no están hilvanadas ahí más que como mera excusa para mostrar el vacío. La página en blanco.

Los espacios, la página en blanco.

Los días que se suceden sin pausa. El miedo a no ser entendido al hablar. A ser excluido. A no ser nunca comprendido. A no ser ni un artista ni un hombre. Alguien fuera de los círculos sociales pero también de los asociales. En fin. Quien haya consultado el texto de Alcaraz habrá comprobado que en parte hizo realidad -sólo en parte- el sueño de la gran Josefina Vincens. Escribir un libro vacío. Un libro blanco que pudiera referirse a todo precisamente por su silencio. O algo mucho más sutil. Capaz de destruir la realidad y cortar los lazos con lo social de una vez para pactar únicamente con el arte. Aunque realmente, lo más importante en este caso es que el arte para el sujeto (fuera) del círculo y el centro y también de lo sagrado, pareciera que termina derivando en fantasía inalcanzable. Espacio al que posiblemente tampoco podrá aspirar ni llegar. O algo parecido. Un lugar tan alejado como ese silencio que intenta respetar pero rompe con la irrupción de esas reflexiones en nota al pie que se diría rasgan la página, a pesar de su aparente indiferencia, con tanta violencia como las garras de los buitres que surgen de los lugares más inesperados en La casa de hojas. Un libro que es ruido, sí, pero ruido fragmentado. Un espacio tan sobrecodificado, lleno de miradas, visiones y oscuridades que al final, sí, se convierte en página en blanco. Un poema sin hojas. Un triste refugio repleto de palabras y palabras que ninguno de los personajes -no importa lo que les haya ocurrido- que aparecen en la novela podrán dejar de amar. Porque la casa no es sólo su sombra sino también su sangre y sus sueños.

Lo cierto es que no entiendo bien por qué pero mientras redactaba estas líneas, me he acordado de Juan Carlos Onetti. Tal vez porque la palabra Onetti y tristeza son sinónimas. Tanto o más que la palabra fracaso. Y lógicamente resulta muy triste tras la lectura de los libros de Alcaraz y Danielewski comprender que ni utilizando las palabras ni obviándolas, podemos escapar de la maldición. Ese sello grabado en el rostro de los personajes del escritor uruguayo que les hace fracasar una y otra vez y cada vez peor. El mejor libro es el peor libro. No termino de tener claro el significado de esta última frase pero creo que se adapta perfectamente tanto a La casa de hojas como a La triste edición. Probablemente porque sus dos autores eran muy conscientes de que no importaba lo que lograran ni el éxito que tuvieran, jamás podrían vencer a la tristeza. Pues el pasadizo que une los mejores y los peores libros, al fin y al cabo, no está compuesto más que por hojas. Senderos blancos y obscuros que conducen al mismo destino: la muerte. Shalam

القافِلة تسير والكِلاب تنْبح

Los valientes sufren poco, los cobardes mucho

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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