Esquizorrealismo

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Siempre me intrigaron los conejos que aparecían en la serie Rabbits de David Lynch. Suspendían el sentido, maltrataban la realidad y las formas de entenderla, desdoblaban las visiones del infierno ultramodernas, la sala de espejos narcisista e ironizaban sobre nuestra idea del absurdo. Eran una auténtica bomba salida de la mente de un demente sin sentido alguno que destrozaban cualquier punto de vista y visión. Resultaba imposible dotarlos de significado porque estaban construidos para anularlo. Y gracias a esta destrucción de las perspectivas y elaboraciones ya dadas, aludían al absoluto engaño de lo real. A la esquizofrenia del capitalismo y sus pesadillas. Palabras que se ajustan con absoluta precisión al psicótico y alucinado libro de relatos de Alfonso García Villalba, Esquizorrealismo. Un sutil, esquivo, brillante y muy elaborado punto y seguido a la obra de David Lynch y David Foster Wallace y a la de Shintaro Kago (“La bolsita negra”) y Jason (esos desarrollos narrativos a medio camino entre el punk y el absurdo) que contiene en su interior una verdadera obra maestra. Un texto llamado “Teoría y mambo del amor brutal”que conjuga la estética del creador de Mulholland Drive y la del Mario Levrero de El lugar, haciéndolas estallar en torno a una habitación espectral repleta de sonrientes muñecas y espejos disformes.

Pero por supuesto que Esquizorrealismo no es ni contiene tan sólo ese romance a ritmo de mambo electrónico entre un conejo y un pellejo humano. Hay también visiones psicotrópicas, esquizoides del desierto, enfermos delirantes a lo Cronenberg que buscan ciempiés, gordos que se tragan ballenas en su vientre, gitanos ambulantes con secretos inconfesables y máquinas de niebla entre las que se difuminan las ilusiones de las familias. Algo lógico porque al fin y al cabo, es  un libro medido al milímetro. Pensado hasta su última coma. Hilado cerebralmente hasta la exasperación sin por ello perder espontaneidad y capacidad de sorpresa. Todo lo contrario. El control permite que los textos respiren, fluyan y se deslicen con velocidad al conseguir hacer de la página una pista de hielo. Una piscina de aire donde las palabras flotan, se encuentran, realizan flexiones y deporte con inusual precisión. Gozando de su elasticidad similar a la del chicle, los globos o el plástico.

En este sentido, Esquizorrealismo es una canica repleta de filos cortantes que rueda por un scalextric a tal velocidad que acaba despegando hacia el cielo. Un texto que provoca fisuras en la mente y retrata un mundo totalmente desorientado y en crisis de sentido, manipulado y estereotipado, sin moralina ni abusar de la crueldad. Lo hace a través del detalle. La observación fina. Las líneas sueltas que flotan a través de una escritura cristalina y sedosa que construye redes y metáforas que inundan de dobles y triples y múltiples sentidos y significados la realidad que, en este caso, es sinónimo de ficción. Aparece como una proyección, un imposible o un deseo repetido e insistente a través de una estética-salamandra que repta y salta sin cesar. Camina a vaivenes como un huevo y es a veces de una exactitud pasmosa, de una trabazón articulada semejante a la de las larvas.

Libro-grillo e insecto, texto-bombilla, Esquizorrealismo ilumina la mente oscureciéndola. Desplazándose con suavidad a través de los pliegues cerebrales buscando y encontrando metáforas con las que definir la levedad, la circunstancialidad y aleatoriedad de una época difusa y fría. Gélida. Inmóvil. Repleta de medusas que piensan con la misma lógica que lo hacen los personajes. A través de lo instantáneo y el vértigo. La conciencia y lucidez de que cuando no sucede nada está ocurriendo absolutamente todo, tal y como sucede en el medio televisivo. Esa pantalla parlante colocada en nuestros hogares que emite todo tipo de mensajes más o menos inconexos y manipulados con absoluta naturalidad. Casi con serenidad zen. Y cuenta y emite historias al mismo tiempo y en lugares y canales diversos e idiomas diferentes sobre extraterrestres, viajes espaciales, lavadoras, detergentes, vestidos de novia, helados, cruceros, deportistas, bancos, monumentos, fiestas sorpresa, payasos, conejos, agencias de seguros, manicura, lobotomía, cirugía artificial, cine japonés, películas de Godzilla, bélicas y de mosqueteros, y reediciones de discos de Joy Division, Parchís y Lady Gaga, de donde nacen y brotan los gérmenes y raíces tanto del esquizorrealismo como de la obra de David Foster Wallace, García Villalba y David Lynch.

En suma, y por aquello de realizar comparaciones que orienten, si los textos de Mario Bellatin son el reflejo de un mundo post-nuclear, los de García Villalba nacen de la incertidumbre. En el momento en que esa explosión (tal vez) pudiera estar ocurriendo pero no en todos los tiempos y lugares a la vez. Y, desde ese punto vista, se encuentran cercanos a los de J.G. Ballard sin caer por ello en los extremismos de algunos de los experimentos del escritor inglés. En este caso, los textos aterrizan o al menos cuando gravitan no lo hacen muy lejos del suelo. Se desplazan como pompas de jabón, acarician la mente del lector y cuando está desprotegido, le clavan una aguja en el cerebro y corazón. Pues sí, finalmente, su lectura provoca daño y escozor por la sutileza e inmisericordia con la que retrata nuestra era sin necesidad de aludir a crisis económicas, políticos o telepredicadores. Por la inteligencia con la que se deshace de tópicos y se desplaza directamente a retratar la esquizofrenia popular y culta cotidiana.

Quería leer Esquizorrealismo en varios días y lo hice en unas horas. Acaso en varios minutos. Tal vez porque el lenguaje con el que ha sido hilado parece haber sido centrifugado en una lavadora y porque estos cuentos probablemente son un retrato profundo de nuestro inconsciente colectivo. Eso sí, realizado a la manera esquizo. Destrozando la realidad en rodajas, imbricándola en caminos alternativos hasta hacerla saltar por los aires para devolvernos nuestro verdadero retrato. A eso al fin y al cabo juega el capitalismo pero al revés. A decirnos una y otra vez qué es aquello que somos sin atreverse a afirmarlo con claridad con el objeto de mantener y elevar el enigma (“la compra y el consumo”) al infinito. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

Si nadie habita una casa, pronto se caerá

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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