¿Está en las estrellas nuestro destino?

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Dicen que no hay dos sin tres y si el dicho fuera cierto, debería estar ahora mismo preparándome para leer una nueva obra de Alfred Bester. Pero de momento, pienso que me voy a conformar con la última que he devorado tras hacer lo propio con El hombre demolido (1953). Me refiero, claro, a Las estrellas mi destino (1956). Una novela que algunos consideran entre las mejores jamás escritas de la ciencia ficción. Afirmación que puedo entender pero no comparto porque si bien es cierto que abre muchas vías y se adentra en bastantes de los temas esenciales que hasta hoy continúan ocupando un lugar central en el género, lo hace con demasiada ligereza como para considerarla, en mi opinión, una obra maestra. Sí, lo sé, Alfred Bester fue, entre otras profesiones, periodista. Pero este hecho no tendría que justificar el estilo vertiginoso, fuera de control a veces, con el que está escrito Las estrellas mi destino. Ni tampoco la rapidez con la que salta de tema en tema o se ocupa de ciertas ideas hasta conducirnos a la mística escena de dimensiones proféticas con la que cierra su novela. Un final que, en cierto modo, inaugura la new age en el que su anti-héroe termina convirtiéndose en redentor de la humanidad, tal y como ocurrirá en creaciones posteriores como DuneEl incal o incluso Star Wars. Sagas que dotan a la narrativa espacial de un carácter trascendental, reciclando historias mitológicas o bíblicas o utilizando conceptos procedentes de la filosofía budista o taoísta.

Supongo por tanto, que los motivos del vértigo narrativo que recorre la novela de Bester, hemos de buscarlos en otro lugar. Por ejemplo, en las características permeables del género así como el momento que estaba atravesando cuando el prestigioso escritor dio a luz esta alucinada adaptación sideral de El conde de Montecristo. No es difícil imaginar al escritor neoyorquino fascinado por las posibilidades que el relato le ofrecía y los hallazgos que iba descubriendo conforme desarrollaba las distintas líneas argumentales de su libro que, finalmente, no cerró porque probablemente no tenía ni tiempo ni paciencia para hacerlo. Algo que, dado el escaso prestigio crítico que en los años 50 tenía la ciencia ficción entre el público universitario, no le causó ningún problema. Pues en aquel tiempo, se consideraba lógico que, puesto que debían realizar innumerables descripciones de naves y mundos imposibles, los autores del género arañasen (y no escarbaran) en la superficie de los hechos narrados. Un talento que, por el contrario, sí se le exigía a los escritores existencialistas o urbanos. A los que se los encajonaba en el grupo de los creadores mediocres si no eran capaces de ofrecer un relato psicológico veraz y complejo de  sus personajes y la sociedad descrita. Una circunstancia que también explica los problemas que tuvieron (y aún en parte, sufren) los primeros narradores posmodernos para ser entendidos y respetados por el público en general, teniendo en cuenta que hicieron suyas muchas de las técnicas, visiones y formas de concebir los relatos usuales en los escritores de ciencia-ficción.

Con esto no quiero decir, por supuesto, que la obra de Bester sea mala. Al contrario, es muy interesante. Y para un aficionado al género, resultará probablemente imprescindible. Lo que deseo sugerir más bien es que, según he podido comprobar en un rastreo rápido por internet, sus logros no se encuentran del todo aclarados. En realidad, el libro ha dejado varias escenas memorables. Por ejemplo, aquella en la que Gulliver Foyle flota desesperado a bordo de la astronave Nomad e, impotente, es testigo de cómo el vehículo espacial Vorga lo deja a la deriva, condenándole a la muerte, o  aquella otra en la que se fuga junto a Jisbella McQueen de la cueva de los Pirineos. Y, desde luego, la inclusión de la coartada mística concede una dimensión mayor a la novela. Pero la fusión en el texto de aspectos propios del folletín con reflejos caleidoscópicos de tragedia grotesca o psicotrópica no funciona equilibradamente. Algo comprensible porque la novela aparece en el lapso que existe entre la publicación de Crónicas marcianas (1950) y de La dimensión desconocida (1959).

Es decir, Bester da a luz su libro justo en la década en que la ciencia-ficción comienza a hacerse autorreferencial pero no ha completado esta transformación esencial para el género durante los años 60. Escribe en un momento en el que aún prima el deseo de aventuras y la búsqueda de nuevos límites y fronteras, y aún no había madurado del todo la siguiente generación de lectores. Una generación que habiendo nacido y crecido con la ciencia ficción, se acercaba al género con absoluta naturalidad y sin prejuicios. Tenía  innumerables referentes en los que apoyarse y por tanto, se volvió más exigente y comenzó a demandar otro tipo de contenidos y aproximaciones estilísticas a poder ser más maduras. Lo que desembocará por ejemplo en el terreno cinematográfico en la famosa adaptación realizada por Stanley Kubrick de la novela de Arthur C. Clarke, 2001:una odisea del espacio o las incursiones europeas en el género de autores cultos como Jean Luc Godard o Francois Truffaut y en el literario, en Dune. A los autores, además, se les comenzaba a pedir no tanto que crearan relatos divertidos e imaginativos -que también- sino que fueran conscientes de la historia de la ciencia ficción para no repetirse. Algo que obviamente, provocará todo tipo de citas y juegos autorreferenciales que pasarán a formar parte del ADN de series como Doctor Who, The outer limits o Star Trek. Pasatiempos lúdicos que estallarán por los aires y se harán totalmente imprevisibles e inestables cuando aparezca el LSD en escena. Una droga que, junto a la llegada de las primeras computadoras caseras, fracturará totalmente la distancia entre lo virtual y lo real sin la que muchas de las esquizoides narraciones de Philiph K. Dick, Kurt Vonnegut o J.G. Ballard serían inconcebibles.

No tengo dudas, en este sentido, de que cualquiera de las dos famosas narraciones que Bester urdió en los 50 (El hombre demolido y Las estrellas mi destino) hubieran sido mucho más duras y psicóticas de desarrollarse en los 60. Se hubiera respirado en ellas no tanto un espíritu entre orwelliano y maquiavélico sino ese halo nocturno y trasnochado, con visos apocalípticos, que se encuentra presente en otros textos posteriores. Por ejemplo, en la reelaboración llevada a cabo por Robert Sheckley en 1965 de su relato de 1953, La séptima víctima:  una crónica feroz de un reality-show en el que los concursantes deben asesinar al resto para ganar el primer premio. Un frío y decadente western catódico que ejemplificaba perfectamente cómo la realidad, por intermedio de la televisión, comenzaba a ser devorada por la ficción. Y el capitalismo se iba convirtiendo lenta y progresivamente en un temible monstruo que convertía en espectáculo, la muerte, en máquinas a los trabajadores y las relaciones sentimentales, en económicas. Un estado de cosas que no ha hecho más que agrandarse con el tiempo hasta casi convertir Occidente en un estado totalitario consumista en el que ni está ni se espera ningún redentor, como el descrito por Bester en su obra. Una figura que, no obstante, es comprensible que apareciera en su novela, teniendo en cuenta que el mítico autor norteamericano creció en un mundo menos contaminado por la tecnología que el nuestro y acaso, un poco más esperanzado. Y, por tanto, todavía podía creer que en las estrellas (los ojos divinos) podía encontrarse nuestro destino. Certidumbre de la que nosotros, después de  más de un siglo de ciencia ficción y más de cincuenta años de carrera espacial, no tenemos en absoluto clara. De hecho, lo habitual es que nos preguntemos -en contra de la afirmación que titulaba el relato de Bester- si acaso está en las estrellas nuestro futuro, porque ya desde hace bastante tiempo, dudamos ser merecedores de uno. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

Ni tan lento que la muerte te alcance, ni tan rápido que des alcance a la muerte

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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