Francisco de Quevedo y Villegas

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Francisco de Quevedo es un abismo en la conciencia española. Su literatura no es la primera pero sí la que con más profundidad vislumbra y refleja la futura descomposición del Imperio hispánico. Esa decadencia que torturó a los escritores del 98 y de la que él optó por mofarse con una actitud distante que no podía esconder su tremendo dolor. Quevedo no escribía frases sino puñales. No escribía con el cerebro sino con el estómago y los pelos del cuerpo. Cela y Umbral, dos escritores soberbios, hicieron el ridículo cuando intentaron compararse a él. Subirse a su chepa. Un gesto inútil porque ambos escribieron parte de su obra en un país silenciado y roto donde constantemente se escuchaban tambores de derrota. Y por el contrario, Quevedo fue pesimista, cínico, socarrón y mordaz cuando España era un gigantesco reino que provocaba respeto y miedo, lleno de catedrales e iglesias donde se amontonaban puñados de oro como si fueran mendrugos de pan o pedazos de longaniza de cerdo. Quevedo tenía algo de visionario y de fino observador. Su contradictoria personalidad refleja tanto rasgos de cobardía como temerarios. Pero, sobre todo, transparenta bien el dramatismo hispánico. Hay quienes consideran a Quevedo un humorista feroz, un ironista de un ingenio brutal pero cuando yo lo leo, siento que la burla, las carcajadas e incluso los aspectos decorativos de su prosa y poemas no son más que vías, canales para adentrarnos con mayor solemnidad en el drama. Cuando yo leo a Quevedo, leo a un trágico. Un hombre marcado por la tristeza no sólo por sus defectos físicos, pérdidas familiares y diversos reveses de la vida sino por ser testigo privilegiado de la estupidez humana. Del rumbo de un pueblo que parecía empeñado en autodestruirse y era incapaz de responder con la prestancia necesaria a sus retos históricos.

Quevedo era un gran escéptico. Sabía bien las debilidades del alma humana y los caprichos que confundían y enmarañaban la conciencia de los hombres nobles y pertenecientes a la Corte. Quevedo nos advierte que las grandes batallas de la humanidad empiezan en las alcobas. Por un lío de faldas, un gesto mal entendido, un carácter inestable, envidia o simplemente, ineptitud. Nadie ha reflejado dentro de la literatura española con tanta clarividencia y grandeza la estupidez humana. Su mirada, incluso cuando se mofa de Góngora o cuenta un chiste soez en una taberna, es seria. Los poemas burlescos de Quevedo no producen risa alguna. Provocan pavor. Son una prueba y constatación de que los seres humanos no tenemos remedio. De hecho, en Quevedo no existe tanto el odio como el pesar. Su escritura es barroca. Un desconsolado tratado que busca vías de trascender el dolor a través del humor, los sueños y los caminos secretos. Quevedo es el hombre que da cuenta de la ridiculez de lo solemne. Quien sabe de antemano de la traición de los discípulos a Cristo y describe sin rubor cómo los mendigos y pícaros comen alimentos con sus manos mientras los reyes mandan construir baños de oro y sirven de desayunar faisán y ancas de pato a sus lebreles. Quevedo es el principio del esperpento hispánico. La apoteosis de lo grotesco. El inventor de Valle-Inclán. Su pluma era tan afilada que no necesitaba realizar ningún tipo de análisis para poner de manifiesto la decadencia de la sociedad. Le bastaba con describir unos pantalones, unos calzones o la manera de cagar de un conde para hacernos comprender el grotesco deterioro del mundo en que vivía. Le bastaba con observar en silencio, apretando los labios, cualquier suceso para darle un baño de realismo y mundanidad a las quimeras humanas. Hoy en día, por ejemplo, y ante un conflicto como el que han generado los separatistas en nuestro país, le sobraría con el título de un soneto dedicado a Carlos Puigdemont -“Érase un hombre a un flequillo pegado”- para ridiculizar y golpear con fuerza a uno de esos sempiternos salvapatrias que aparecen cíclicamente en la historia de España.

Francisco de Quevedo es para la lengua española, una cocina llena de metáforas e ideas. Un templo de la escritura en donde el polvo y la grasa acumulada en las paredes tiene tanta importancia como el brillo del mármol. Francisco de Quevedo fue alguien que, como a Góngora, no le importaba que se rieran de él, si comía caliente. Un hombre capaz de describir los alimentos, el tocino, el queso con una agudeza enorme. Alguien que llevó la suciedad a la literatura española y mezcló lo sagrado con lo carnavalesco con un desparpajo único. Quevedo era capaz de sacarle punta tanto al monje más serio y recatado como a la viuda más sobria y solitaria. De mirar con sorna al rey como al guerrero más valiente pues, en el fondo, su mayor aliado era la muerte. Y como todos los trágicos vislumbraba los avatares cotidianos como pasajeros sabiendo que, en el fondo, polvo somos y en polvo nos convertiremos. Es más, probablemente, con el tiempo seremos polvo pestilente entre huesos y gusanos. Montones de tierra sin solemnidad alguna. En este sentido,  Francisco de Quevedo era lo más parecido a una estrella de rock de su tiempo. Alguien políticamente incorrecto, sin temor alguno a escandalizar, que escribía triturando el lenguaje y a través de las incorrecciones, hacía avanzar el arte. Era un hombre que destrozaba las normas para imponer una visión de la realidad que, finalmente, ha atravesado el tiempo y se ha convertido en una de las canónicas del alma hispánica. Quevedo no es tan humanista como Cervantes. Es mucho más cabrón. Mucho más jodido. Es un Sancho Panza oscuro. Pero es gracias a su sordidez que construye el contexto artístico perfecto para el surgimiento posterior de las pinturas negras de Goya y un sinfín de obras que testimoniarán cruentamente los sucesivos fracasos del hispanismo. Tanto es así, que considero que el opuesto y complementario de Quevedo no es Góngora sino Cervantes y que es combinando en un mejunje la obra de ambos que surge un retrato fidedigno de los españoles. Perro sangrientos que, a pesar de su ira y barbarie, han sabido reírse de sí mismos con un ingenio diabólico, han hablado con dios como ninguna otra cultura y han llevado a un complicado refinamiento el arte como muy pocos pueblos.

Obviamente, de vivir hoy en día, Francisco de Quevedo estaría censurado. Siendo sinceros, no creo que residiera en nuestro país o pudiera publicar habitualmente aunque puede ser, eso sí, que tal vez escribiera en el anonimato algún blog. Lo que es seguro es que, en caso de ser famoso, sería carne de “memes” y pasto de burlas en los programas de telebasura y que sus escritos serían quemados habitualmente en esas hogueras públicas que encienden -en nombre de la democracia y la libertad- semanalmente las feministas, los socialdemócratas y los facinerosos izquierdistas. Algo que si a alguien no sorprendería, desde luego, sería a él. Pues su obra es un ingenioso tratado sobre la estupidez humana. Un precipicio literario que demuestra que la soberbia, la tontería y la incultura no tienen fondo. Siempre se puede caer más bajo y cavar más hondo como, tristemente, estamos todos los españoles siendo conscientes estos días. Shalam

                                          إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

Los golpes de la adversidad pueden ser adversos pero nunca estériles


Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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