Francisco Tario: los asesinos del paraíso

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Hace años, publiqué un artículo en la revista El coloquio de los perros dedicado a Francisco Tario que, con sus correspondientes modificaciones, dejo a continuación.

                             Francisco Tario: los asesinos del paraíso

Que un cuentista y novelista de la talla del  mexicano Francisco Tario (México. D.F 1911- Madrid 1977) continúe sepultado en un anonimato inmisericorde que no ha permitido a la gran masa de lectores hispanos acceder a su fascinante, oclusivo y acongojante mundo literario, habla, en general, muy mal de las vías de acceso literarias tendidas entre el mundo americano y el hispano. Y nos conduce a visualizar y redefinir el llamado boom latinoamericano como un fenómeno sociológico de re-descubrimiento de dos mundos, -el occidental y el americano- cuya afortunada eclosión, sin embargo, fue demasiado partidista, exclusivista y, en determinados casos, desde luego, arbitraria. De hecho, -a pesar de la revalorización que se produjo de su literatura hace unos años- apenas se pueden encontrar artículos o estudios que se refieran a Tario y que no se contenten con el mero hecho de calificarlo como un excéntrico y de ubicarlo en el, tantas veces, mal utilizado cajón de sastre de la literatura fantástica. Por más que es muy probable que en el rictus de todos aquellos que han buceado por el atípico mundo artístico que forjara a golpes de intuición y pasión, podrá encontrarse una satisfacción propia de quienes han podido disfrutar de una escritura casi secreta y una estética irresistiblemente personal que la hace única, intransferible y, seguramente, irrepetible.

En breves palabras: la literatura de Tario –y aquí radica uno de los varios porqués de su anonimato- nació, se forjó y desarrolló hasta sus últimos límites con vocación maldita, excéntrica, atípica, onerosa y, por momentos, pesadillesca. Sí. La obra de Tario es la de un ser ubicado en los márgenes de la sociedad, ajeno a cualquier cenáculo cultural, capilla literaria o cualquiera de los contornos sociológicos del acto literario y de ello dan cuenta sus múltiples viajes, aficiones o profesiones –futbolista, pianista, co-propietario de un cine, etc..-.  La obra de Tario respira sudor, sangre, vísceras, pasión en cada uno de sus renglones y el único premio al que aspiró fue a crecer como una planta salvaje, natural y mortal cuyo último fin era devenir embriagada literatura de su propio olor a alcohol.

Una borrachera de mezcal, una ingestión hasta la intoxicación de opio o –como apuntamos antes- una pesadilla o un sueño destructor que posee a un hombre en la madurez de su vida y lo acompaña hasta su muerte, ya anciano, sin dejarlo respirar ni uno solo de los instantes del resto de su vida, son las primeras e intensas imágenes que vienen a mi mente a la hora de describir esta escritura maltrecha y ese mundo tan particular que construyó. Y también flores cortadas, ramos de rosas jamás entregadas a su destinatario, sombreros olvidados en algún oscuro armario o tesoros sin monedas de un perdido barco pirata. Pues en gran medida, a estas volátiles imágenes se asemejan las metáforas –más allá de su argumento real- de los cuentos de un Tario que bien podrían ser poemas no escritos o disueltos en una prosa corrosiva que se desentiende hasta de su propio creador para forjar por sí misma una figura inédita, virulenta y venenosa.

La infancia irrecuperable, la decadencia del hombre obligado a reconocerse y desconocerse en una madurez que jamás podrá contentarle, la imposible búsqueda de la libertad o la destrucción soterrada que de nuestra inocencia realiza la sociedad, son algunos de los temas de los que Tario se ocupó. Y si es cierto que todos ellos se encuentran próximos a las recurrentes obsesiones de la vanguardia y su propuesta nos podría parecer bastante similar a la de, por ejemplo, Witold Gombrowicz, lo que los hizo únicos fue el tratamiento decadentista –sin caer en los artificios a los que puede conducir este estilo- repetitivo, mítico, circular y, por momentos, con ínfulas góticas, que Tario insufló a estos temas. Probablemente porque fue uno de esos escasos escritores que valoró el poder simbólico y mítico de la palabra, de tal manera que cada una de las que dejó plasmadas sobre el papel posee una magia especial, se revuelca en torno a una tradición lingüística y la retuerce, para que, -mostrando el polvo que el uso del cofre del lenguaje durante siglos ha depositado sobre ella-, se nos aparezca vestida con todo su primigenio misterio. Misterio, justamente, que se siente en toda la poética de Tario, contribuyendo a hacer a su literatura extraordinaria, además de dotarle de sus rasgos de  autenticidad.

La literatura de Francisco Tario, sí, es Mr Hyde. Puñal de Dorian Gray persiguiendo partir su imagen en pedazos en el espejo para, finalmente, suicidarse con el filo de una de las astillas de su fracturado reflejo. Y, sobre todo, nos remite de manera ineludible a la de Edgar Allan Poe. Pero, en principio, no al Poe de las alucinaciones y la locura. No al Poe del corazón que late hasta la muerte en un vientre subterráneo. Sino, más bien, al Poe de la casa Usher. El Poe expatriado. El poeta que graznaba en su vida demente delirios de poemas perfectos con voz de cuervo. O, en otras palabras, el parricida irredento, tal  y como lo denominara Héctor A. Murena.

Tanto es así que entiendo que es bastante difícil realizar un análisis mínimamente ajustado de la estética de Tario y sus últimas significaciones, si no se comprende que su obra refleja de una manera clarividente el estilo y destino americano, hasta tal punto que podría considerarse a toda ella, un ejemplo narrativo eficaz de aquel  ensayo majestuoso sobre lo que supone la suerte de vivir y morir en América, realizado por Héctor A. Murena: El pecado original de América.

De hecho, la escritura de Francisco Tario parece ser muy consciente del no-ser americano y, sin intención alguna de ocultar este hecho, es por ello que se regodea en lo oscuro, en lo accidental, en un misticismo perdido que termina por crear un nuevo paganismo o una suerte de nueva estética literaria que parece, en principio, no conducir a ninguna parte. Comprendiéndose de esta manera, acaso mucho mejor, tanto su extrema originalidad como su particular especificidad que nace del reconocimiento de la orfandad y la accidentalidad de vivir en América. Una asunción que provoca que muchos de sus relatos se pierdan jocosa y gozosamente en lo superfluo lo anecdótico o en lugares accidentales.

En suma, cuentos tan disparejos, endiabladamente rabiosos, inconformes y atípicos como El mico, Un huerto frente al mar,La noche del féretro o La noche del traje gris  y sus correspondientes metáforas ejemplifican, sin ningún género de dudas, esta cuestión. Los vestigios de esas ciudad-fantasma que es Acapulco, los muros de una Tenochtitlan irreconocible y las imágenes violadas de una tierra poblada de imágenes entre las que sobrevuelan leyendas de Gustavo Adolfo Becker, regustos del romanticismo hispano, manuscritos aragoneses encontrados en ciudades sin nombre y reflujos de casticismo y surrealismo, a la vez, marcan una obra a través de la que el espíritu de Castilla intenta ser devorado por un estilo con un hambre feroz por crearse a sí mismo. No deber cuentas a nadie sin lógicamente poder conseguirlo. Un estilo que mezcla, lo antiguo y lo moderno de forma disímil, intentando fusionar dos mundos aparentemente incompatibles.

Hacia allí en suma se dirige la mirada de Tario:  a lo imprevisto de uniones deslavazadas  entre objetos, personas y culturas contrapuestas como el mismo seudónimo de su apellido delata (recordemos que el apellido real de Francisco era Peláez y optó por extraer de alguna lengua michoacana el nombre, Tario, “lugar de ídolos”). Al entreacto desde donde comienza a forjarse el argumento del drama. A las relaciones, en primera instancia, opacadas que surgen entre cosmovisiones diferentes que conviven en tiempos diversos y, sin embargo, cohabitan en un mismo espacio interelacionándose a través de un lenguaje fluido. Ahí es donde aparece la brutal libertad, pasión e inconsciencia que delimita el “ars” poética de Tario. En lo inconforme y disoluble que, como se entenderá, fue esencial para comprender al México de su época. En la imposibilidad y, asimismo, la necesidad parricida que posee México, haciéndolo flotar en su propio tiempo mientras se adapta a uno “nuevo” que lo desborda y cerca y, a veces, como las narraciones de Tario parecería que fueran a asesinarnos o a engendrar un hijo impuro del vientre de un hombre.  Una escritura que aspira a ser novedosa y única, atestiguando el deseo parricida de haber nacido de sí misma pero que, sin embargo, debe plegarse antes o después ante una tradición a la que mira de reojo, burla e intenta evitar sin poder conseguirlo. Siendo por tanto de la misma imposibilidad de este deseo de donde surge toda su fuerza macabra, mítica, ritual, viril y autodestructiva.

Fuerza que Tario llevó a su máximo extremo en esa monumental obra en la que trabajó hasta, prácticamente, sus últimos días que es Jardín secreto. Una de las más sublimes metáforas compuestas jamás sobre el destino de esa especie de paraíso perdido, que diría Lowry, que fue el continente americano y, más en concreto, el país mexicano.

Una novela que debería haber sido leída, devorada y comentada con la misma intensidad que, por ejemplo, Rayuela,Cien años de soledad o Paradiso, cuyo imaginario simbólico, sospecho, irá extendiéndose durante décadas por toda la literatura en castellano, en aras de construir las coordenadas centrales de lo que será la literatura del futuro.

Centrada en una claustrofóbica e inquietante mansión, Tario fue capaz de diseñar en sus contornos los atributos del confuso Adán americano sometido a la ley paterna europea en medio de los cimientos de un lugar que se derrumba, obligando al ser humano a asumir su culpa, soledad y esclavitud. Novela de dimensiones gnósticas, de alcances ilimitados y proclive a múltiples lecturas simbólicas, enfrentarse a la misma supone recorrer los senderos que enmarcan ese no-lugar que es América, para Tario, donde únicamente el incesto (símil de la violación de los europeos de la madre tierra americana representada en la novela por la relación entre Mario y su prima Esperanza), es capaz de generar vida y abolir la sempiterna ley paterna que, sin embargo, se antoja como en la obra de Juan Rulfo, inamovible.

Que, precisamente, la vida generada a través del incesto, el hijo de Mario y Esperanza, termine por desaparecer y que la sombra del padre aun desmoronándose, y en proceso de reconstrucción, continúe como la de Pedro Páramo, siendo omnipresente, nos habla bien a las claras de la visión que Tario tuvo sobre América: un lugar secreto y prohibido donde todo pecado es permitido pero en el que, precisamente, a causa de este indómito mal, la vida termina por concebirse como no-vida, como eterno exilio, cárcel o prisión.

Construir el mundo de nuevo como adanes y forjarse en la errancia perpetua de Caín, incapaz de construir un hogar perpetuo si no es asumiendo su desnuda condición, parece el destino y el desafío que deben asumir los americanos para Tario, como ponen de manifiesto las últimas páginas de esta inquietante y sublime obra cuyo mensaje último va destinado, igualmente, a todos los ciudadanos del oclusivo mundo occidental –similar a la mansión de los Cominos dibujada en El jardín secreto-.

La desesperanzada voz de Mario al verse obligado a abandonar la casa paterna, nos obliga, igualmente, a considerar los fracasados proyectos de integración de razas y mundos disímiles en una América que Tario dibujó y retrató como pocos, a partir de su lúcida mirada al mundo de sombras en que habitaba, desde el que resonaban como voces apagadas y perdidas pero tremendamente vengativas, las sonrisas no escuchadas de sus dioses asesinados. Certificando finalmente la inclasificable personalidad literaria de un escritor para el que el destino del hombre se encontraba cifrado entre la risa y la nostalgia. La carcajada y la violencia. Algo, sí, específicamente americano y probablemente universal. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

  Basta una hoja ante los ojos para no ver la montaña

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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