Gaddis

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Leer a Gaddis es parecido a seguir con la vista los movimientos de un insecto. Uno veloz. Intentar controlar los desplazamientos de un saltamontes en un frondoso bosque. Algo realmente complicado. Porque Gaddis es un escritor huidizo. Casi tímido. Un cometa fugaz que escribe a través de indirectas. Evasivamente. Huyendo del lector constantemente. Una guitarra electrónica que no ejecuta nunca el sonido que desearíamos o esperaríamos. Jota erre, por ejemplo, es parecido por momentos a leer los gráficos de la bolsa. Un libro para iniciados acaso no tanto en los secretos de la escritura como en los del capitalismo. Una parodia constante del mundo del dinero que en realidad parece reírse de la literatura, que produce vértigo y en muchos casos, ahogo. Asfixia. Porque Gaddis escribe como una mantis. Letalmente. Fluye en un territorio en el que tanto las dudas como las certidumbres son escasas. Y más que exponer, demuestra. Convoca respuestas a problemas insolubles como si fuera un matemático delirante que construye su arte, abrumando con sus exposiciones, que no son nunca enunciativas sino, repito, demostrativas. De hecho, me gusta leer Jota erre como si fuera una novela llena de teoremas y fórmulas matemáticas sobre las que no hay explicación alguna. Una enorme enciclopedia física que abrir de tanto en tanto para perderse en ella, dejarse guiar por sus dibujos y los bellos números que contiene, sin fijarse en sus contenidos. Como un acuario repleto de arena, con el agua justa para que los peces continúen nadando sin ahogarse.

Gaddis utiliza las frases como metralletas y las palabras como balas. Es un asesino de guante blanco. Un francotirador que cuida casi más su traje que la escena y el lugar desde donde realizará su crimen. Es un esteta que descree del esteticismo y un pesimista que no termina de caer en el cinismo. Es, sí, un gato. Un escritor que sólo se deja comprender y acariciar a ratos. Que disfruta tanto marcando el ritmo como camuflándose tras cojines y sábanas. Un felino. Alguien que desea ser el rey del hogar pero, en ningún caso, llevar ese calificativo a cuestas. La escritura de Gaddis no sirve para nada. Pero ha sido calculada con fría precisión. Tiene un acabado realmente atractivo. Y si a veces resulta incomprensible es porque su función no es tanto contar una historia sino un estado. No tanto describir la locura sino bebérsela. Sus libros parecen de hecho elegantes pijamas que apenas se usan. Trajes de otra época que continúam manteniendo su atractivo. Un cruce psicótico entre el cine de Douglas Sirk y el de John Casavettes. O mejor, un Douglas Sirk sin sentimentalismos ni historia amorosa y un John Casavettes apostando al distanciamiento y la frialdad. Pues, en definitiva, Gaddis se asemeja a un pato de un color difuso al que nadie sabe qué pareja acomodarle en el estanque. O a una cápsula médica que lo mismo sirve como analgésico que como propulsor del dolor de cabeza. Es un perro ladrando en un banquete lujoso al que nadie escucha porque está afónico. Shalam

 أَدَبُ الْمَرْءِ خَيْرٌ مِنْ ذَهَبِهِ

 La locura evita riesgos; la cordura los afronta

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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