García Márquez: entre el arte y la iconografía pop

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Gustándome y respetándolo y habiendo leído la mayor parte de su  obra, nunca fui un gran seguidor de Gabriel García Márquez. Pier Paolo Pasolini decía de su más famoso libro lo siguiente: “Parece ser un lugar común considerar Cien años de soledad, como una obra maestra. Este hecho me parece absolutamente ridículo. Se trata de la novela de un guionista o de un costumbrista, escrita con gran vitalidad y derroche de tradicional manierismo barroco latinoamericano, casi para el uso de una gran empresa cinematográfica norteamericana (si es que todavía existen). Los personajes son todos mecanismos inventados -a veces con esplendida maestría- por un guionista: tienen todos los “tics” demagógicos destinados al éxito espectacular”.

Sin estar de acuerdo totalmente con el artista italiano, he de reconocer que comprendo su punto de vista que podría abrir un debate que no se ha producido en ningún medio intelectual sobre la frondosa, mítica novela. Yo en concreto, tuve la impresión cuando leí Cien años de soledad a los 19 años, que abría el cofre de un tesoro cuyas joyas y dineros habían sido extraídos por tantas personas anteriormente que, de alguna manera, lo habían dejado vacío, condicionando la mirada y forma de leer el libro. Por ello, aun gustándome la novela y disfrutando los momentos pasados en su compañía bajo rocas y palmerales de la playa, degustando agua de coco y jugos de piña entre chapuzones en el mar, conservo mucho mejor recuerdo de aquel fantástico, estremecedor relato, Diario de un náufrago, que tuve la suerte de leer en mi adolescencia. Sobre todo, porque cuando lo hice, no sabía exactamente quién era el que lo había urdido. Llegar a este texto virgen en una época en que me encontraba más interesado por las hazañas de Rolling Stones, Van Halen o New York Dolls que por las de cualquier escritor, fue un inmenso regalo para mí. Lo empecé a altas horas de la noche y hasta que no lo terminé bien entrada la madrugada, no dormí. Viéndome obligado a reconocer que aquel artista de la literatura -cuyo nombre olvidé inmediatamente y sólo con el paso de los años volví a identificar con el del famoso escritor colombiano- era un excelente artesano del lenguaje. Los adjetivos, los nombres, el ritmo de aquel épico relato habían sido tratados con gran inteligencia y talento, con suma destreza, calibrando todos los detalles con una maestría reverenciable que acunaba y envolvía en sus vaivenes al lector. Aquel texto era, en pocas palabras, una absoluta maravilla.

Creo que esta fue la primera y última vez que me ocurrió algo parecido con un relato del escritor colombiano durante años. La hojarasca generada por su reputación y fama a lo largo de su vida fue tan grande que, ya conocedor de quién era, me resultó muy difícil abstraerme de ella para leer sus textos con una mirada virgen. Crónica de una muerte anunciada, me pareció, por ejemplo, un relato casi perfecto, sublime. Escrito por un alquimista del lenguaje y medido hasta la última palabra o coma. Repleto de frases y fragmentos mágicos. Pero, a pesar de esos fundamentos, no terminé de disfrutarlo. Y algo parecido me sucedió cuando incursioné en sus Doce cuentos peregrinos o novelas como El otoño del patriarca, El general en su laberinto o El amor en los tiempos del cólera. Por esto digo que en parte, entiendo las palabras de Pasolini. Porque cuando yo llegué a García Márquez, su literatura era más una marca que un conjunto de palabras y toda esa serie de tics narrativos que cientos de miles de lectores disfrutaban con jaleos y gritos de estadio, me dejaban un tanto indiferente pues no podía valorarlos personalmente; según una mirada y experiencia propias. Ante la literatura de García Márquez sólo cabía una posibilidad: la reverencia y la admiración. Y todas las demás actitudes se encontraban -ya lo dije antes- bajo sospecha o penadas bajo peligro de escarnio público. En ese sentido, era mejor visto afirmar que uno no lo conocía o lo había leído que confesar, habiéndolo hecho, que no le había terminado de convencer. Tal vez porque sus frescos narrativos eran postales fantasiosas e ilógicas pero comprensibles del mundo latinoamericano. Y por tanto, hacían bien el juego a una ideología que, obviando sus grandes valores literarios, los utilizaba para ofrecer una imagen humorística y edulcorada del continente. Consiguiendo mitigar las miles de fechorías cometidas por los colonialismos en aquellos parajes. Ojo, no estoy diciendo en absoluto que García Márquez se prestara a esto. Todo lo contrario. Pero sí que su alabado sentido del humor y sus inmensas dosis narrativas pudieron ser utilizadas  por el capitalismo como carta de presentación y explicación de una tierra con el objetivo de atenuar gran parte de las crueldades cometidas en ella que, por supuesto, que denunciaba el escritor colombiano pero, eso sí, con cierta ironía humanista (casi cervantina) que la lógica consumista del capitalismo tardío, se “apropió” para sus intereses espurios. Las imágenes de monjas levitando y borrachos contando historias sobre monstruos impensables fueron usadas por ejemplo, como metáforas exportables del continente sin calibrar lo que había detrás de ellas ni llevar a cabo, en muchos casos, una verdadera crítica reflexiva. Algo lógico y común, por otra parte, en nuestra época llena de creaciones vampirizadas por los mass-media.

Más allá de estas consideraciones, hubo un hecho que consiguió que quebrase mis reticencias sobre la literatura de García Márquez y al fin, lograra simpatizar con ella desde el corazón y sin intermediarios. Me refiero a mi primera visita a Colombia en el verano del 2004. La llevé a cabo por tierra. Una noche me encontraba en Mérida (Venezuela) y doce horas más tarde, estaba atravesando tierra colombiana rumbo a Cartagena de Indias. No recuerdo dónde hice el transbordo pero sí que el exacto momento en que me introduje en Colombia y me subí en un autobús, el carácter, la fisionomía psicológica de la gente cambió en gran medida. A mi alrededor, había muchachas que hablaban con gallos que se subían a las cabezas de sus compañeros de viaje, señoras que charlaban consigo mismas relatando viejos acontecimientos familiares, jóvenes que contaban chistes absurdos sobre moscas y piojos cuyo sentido último por más que los escuchaba una y otra vez no conseguía captar y, para más inri, el conductor, ajeno a todo este guirigay, hacía sonar vallenatos y cumbias al más alto volumen mientras bajaba y subía el aire acondicionado sin lógica alguna. El griterío y la jarana era espectaculares y sin embargo, se desarrollaban con tal naturalidad que nadie parecía advertir nada raro. Al contrario, aquello parecía ser el común denominador diario. Siendo natural, por tanto, que en esas circunstancias, cientos de metáforas y reflexiones de los textos de García Márquez inundasen mi mente y. a mi llegada a Cartagena, no resistiera el impulso y me hiciera con La mala hora. Un texto que leí a trompicones, entre varias ciudades, saboreando cada frase y palabra, todas y cada una de sus imágenes, entendiendo que en su interior se hallaban la savia, el jugo y los afluentes de un continente y en concreto, un país, que irradiaba vida a través de la prosa de este hechicero del lenguaje. Fue también entonces que volví a releer varios de los episodios de sus novelas como si fueran una bebida espiritual que me conectase y animase a enraizarme con el ambiente exterior y que, por primera vez, desde que fui succionado por Relato de un náufrago, sentí una inmensa complicidad y agradecimiento por la existencia de su obra literaria. Más que nada porque al fin, sin necesidad de que los críticos ni los fans irredentos me estuvieran repitiendo las cansinas cantinelas o mantras sobre su obra, pude valorar por mí mismo sus logros. Interiorizarme con los pigmentos y fragmentos de una literatura cuyos episodios saltaban a mis ojos como si fueran los ingredientes de un hervido.

Lo cierto es que desde aquellos días, desde mi visita a la ciudad de Medellín cuyas calles se abrían como pétalos de flores para recibir al visitante y la región de Manizales, donde disfruté de paseos, atardeceres de ensueño entre paisajes vegetales inmemoriales, desterré de mi mente el calificativo de realismo mágico para siempre. Comprendí que García Márquez no hacía realismo mágico sino realismo a secas y que se había limitado, (eso sí, de manera espectacular) a contar aquello que veía y escuchaba. Otro aspecto es que, teniendo en cuenta las características de Occidente, hubiera que ponerle este calificativo a su literatura como a la de Alejo Carpentier o Miguel Ángel Asturias para poder exportar y hacer más comprensible las circunstancias a las que se refería. Años después, en el 2010, cuando regresé a Colombia, nuevas y parecidas experiencias me confirmaron esta impresión, pues contemplé a jóvenes muchachas orinando en las calles en medio de vendavales de lluvia, familias enteras subiéndose a los tejados para capturar los pavos y gallinas que se les habían escapado, policías parecidos a camellos de discoteca, etc. Y me ratifiqué en la idea de no considerarlo un innovador. Pues al fin y al cabo, lo que García Márquez puso de manifiesto en sus libros de forma magistral, ya había sido articulado en las Crónicas de Indias o las Tradiciones de Ricardo Palma. Aunque probablemente no con la conciencia desestabilizadora y voluntad artística con que lo plasmó el escritor colombiano: con ese ojo capaz de captar con extrema agudeza detalles grotescos y oníricos y combinar con sutileza la épica lírica contenida en la obra de Faulkner o Shakespeare con la de la novela amorosa y la de la epopeya americana. Fue, sí, un inmenso, excepcional observador y un prosista de una finura sin igual pero no un innovador.

Me parece, en cualquier caso, interesante para comprender el fenómeno García Márquez aludir a determinadas circunstancias. Por ejemplo, al hecho de que, transcurridos más de cien años de la independencia de los países del continente americano, los artistas estuvieran en condiciones de ofrecer al fin obras maduras y serena que desembocaron lógicamente en el famoso “boom”. Fue también trascendental para su despegue público, el que diera forma a sus más famosos libros dos o tres décadas después de las guerras mundiales y durante la guerra fría. Época en la que las potencias de ambas partes se interesaban por la expresión y medios de vida latinoamericanos, intentando encontrar una visión afín a sus gustos e intereses que pudieran manejar, exportar y vender, mientras estudiaban nuevas formas de colonizar sus parajes. Desde luego, en el mundo hippy y rockero anglosajón, la visión entre idílica y bucólica no exenta de violencia de Latinoamérica, había de ser atractiva, y en ese contexto, premiar a García Márquez (como se hizo al darle el Nobel) fue tanto un justo tributo a su literatura como un interesado ardid puesto que, como ya indiqué anteriormente, al convertir su figura en un icono, se restó gran parte de la profundidad que su obra arrastraba consigo. Se lo transformó en una figura pop, un ídolo de masas que, gracias a su inteligencia, pudo mantenerse lúcido ante una vorágine que hubiera destruido a muchas personas.

En ese sentido, hay que reconocer que el éxito sólo deslució su figura cuando ya entrado en años, bajó su nivel como escritor y corrió el riesgo de repetirse y caer en el lugar común. Pero el daño pudo haber sido mayor. Pues, de alguna forma, todos le pedían que repitiera lo hecho y expresado excepcionalmente en Cien años de soledad, arruinando, por tanto, sus inmensas capacidades expresivas. De hecho, se quiso crear un factoría García Márquez como existe una Disney, una especie de personaje postmoderno que más que escribir libros, fabricara declaraciones y acontecimientos. Circunstancia que, además de sus reiteradas enfermedades, explica el porqué de su inteligente reclusión durante los últimos años de su vida y su renuncia a realizar manifestaciones públicas de amplio calado. Algo que se había ganado a pulso pues cuando estuvo en pleno dominio de sus facultades, construyó una obra que es una fuente inagotable de ideas y metáforas entre la que se encuentran dos o tres de las novelas imprescindibles del siglo XX en Latinoamérica que, como ya he dejado dicho, no pude valorar del todo hasta que paseé por Cali o cerca de su Aracataca natal.

He dudado mucho si escribir este texto pues las voces que se han levantado para lanzar loas sobre el escritor colombiano tras su reciente fallecimiento han sido tantas (como era de esperar) que no sé si podía aportar algo más al maremagnum. Todos hemos querido decir adiós a este animal lingüístico dando razón a quienes lo consideraban un personaje devorado por la cultura de masas. Pero lo cierto es que no dedicarle una sola línea se me antojaba también una barbaridad. Y entre callar y hablar, al final me he decantado por la segunda opción. Pues, al fin y al cabo, esto fue lo que me dejó su obra y Colombia. La necesidad de expresarse de la manera que sea y de decir lo que uno siente en cualquier circunstancia. Ya que, antes o después, todos vamos a ser enterrados y para entonces, el sentido del ridículo o la prudencia no nos servirán de mucho. Pueden ahorrarnos ciertas experiencias desagradables en vida pero también sustraernos de algunas otras muy buenas. Y, desde luego, si alguien merecía que nos despidiéramos de él era García Márquez. Un escritor que no considero en ningún caso que nos dejara huérfanos puesto que murió a una edad avanzada, con toda una obra detrás y una vida hecha que autentificaron el arte al que se consagró. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

 Los que se aferran a la vida mueren, los que desafían a la muerte sobreviven

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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