Gatsby o el capitalismo de la gravedad

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Existen ciertos textos que he disfrutado más teniendo en cuenta los vórtices y capas que abrieron y desgajaron dentro de la literatura y el arte que por sus propios méritos narrativos. Uno de ellos es por ejemplo El Gran Gatsby. La novela cool. El recinto del glamour. La épica del misterio capitalista. La decadencia y el lujo. Creo que porque a pesar de la gran destreza narrativa de F. Scott Fitzgerald, la historia narrada en primera instancia, las tropelías y amores de un decadente millonario con aires de playboy, no me termina de interesar. Me resulta bastante difícil empatizar con ella. Y de hecho, sólo lo consigo hacer cuando comprendo que en el fondo es un pretexto, como lo era la palabra mítica, Rosebud, en Ciudadano Kane, para llevar a cabo un incisivo retrato pesadillesco. Mostrar la mugre y furia que corroía los cimientos de los palacios entre los que paseaba circunspecto un Gatsby cuyo éxito era símbolo de la corrupción y podredumbre de una nación que cuatro años después de la publicación de la novela, sufriría los efecto del crack bursatil y se precipitaría en la Gran Depresión.

Lo más grande de la novela de Fitzgerald son sus sugerencias. Aquello que se ve o que cuando se nos dice ya no nos importa. Su invitación a una fiesta en la que, entre saxofones y claros violines, trajes caros y collares, van apareciendo lentamente los contornos de un lienzo expresionista. Una turbia fotografía del capitalismo inasible en cuanto es una metáfora de los asesinatos, sucios negocios y saqueos, a través de los que impone su mandato. Basta leer con un poco de atención El gran Gatsby para percibir que lo que realmente importa allí o no se nos dice o nos llega a través de sombras. Porque lo que Fitzgerald realizó por medio de sutilizas, vaivenes jazzísticos y constantes claroscuros, fue un certero retrato de las sangrías producidas por el capitalismo que dirigía su nación cuyo rostro por lo general se mostraría  tan furtivamente como en su novela. Comenzando por tanto a crear las esponjosas redes a través de las que más tarde por ejemplo John Upidke, Don Le lillo o Norman Mailer retratarían el poder como una especie de cascarón vacío manejado por hombres que, como Gatsby, por lo general, ocultaban un oneroso pasado, un origen humilde que habían sobrepasado por medio de la fuerza, la ira y el coraje. El odio y el resentimiento que intentaban ocultar a través de oleadas de sexo, placer, dinero e interminables celebraciones.

Lo que más me gusta del embrión narrativo de Fitzgerald es que casi sin quererlo, inaugura una forma de narrar. Un modo de mirar que incuba las esquizofrénicas, histéricas visiones de Norteamérica ofrecidas por Thomas Pynchon. De hecho, casi me atrevería a sugerir que es su principal epígono al mostrar con meridiana claridad que la realidad de la vertiginosa sociedad norteamericana no podía ser mirada de frente. Y tampoco se le podía dar la espalda. Había que crear nuevas formas lingüísticas tan psicóticas y aceleradas como el objeto descrito para transformar las casas literarias en rascacielos. Aviones en constante peligro de estrellarse. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

El hombre que el dolor no educó, siempre será un niño

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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