Globo diabólico

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Leyendo Contraluz de Thomas Pynchon me ha surgido una pregunta muy recurrente: ¿Qué diferencia a los grandes autores de culto de los de la cultura popular? Más que nada porque, en cierto modo, una parte de la novela del escritor norteamericano es una relectura de las obra de aventuras juveniles. Pero eso sí, realizada con un nivel de complejidad inaudito que hace que, a pesar de que aún sea perfectamente reconocible el espíritu de aquellos textos adolescentes que poblaban las habitaciones de los jóvenes nacidos tras la Segunda Guerra Mundial, cueste en principio identificarlo.

Se podrían escribir -y se han escrito- libros enteros sobre esta cuestión. Aunque yo tiendo a simplificarla lo más posible. Creo que lo que hace un autor con mayúsculas es apoyarse en un género popular y masivo cuyas coordenadas se encuentren perfectamente establecidas y explorar los múltiples caminos abiertos por él. Si Andrew E. Svenson hubiera escrito las primeras páginas de Contraluz lo que nos interesaría sería la trama. ¿Qué va a ocurrir con esos jóvenes, los Vagabundos del Vacío, que viajan en un dirigible y qué enemigos, crímenes y secretos ocultos encontraremos en el poblado donde han estacionado? Pero en el caso de Pynchon esto es lo de menos. La pregunta es más bien: ¿qué nos quiere decir? ¿adónde nos quiere conducir? ¿Qué visión del futuro nos aportará? En Andrew E. Svenson los personajes están al servicio de la trama. El gran foco de interés radica en la solución del argumento. Del conflicto. En Pynchon sin embargo, la trama y los personajes están al servicio del autor. De la propia literatura. De la ligérsica estructura de un libro parecido a una caleidoscópica radiografía de Rochard sobre nuestra sociedad que debemos interpretar y visualizar desde un sinfín de puntos de vista.

En realidad, tras un gran autor suele haber o esconderse otro muy conocido de literatura popular. Detrás de Watchmen de Alan Moore, se hallaban un sinfín de guionistas de la Marvel y la DC que habían convertido a los cómics de superhéroes en el menú habitual de los adolescentes norteamericanos. Tras El mundo sumergido de J.G.Ballard podía vislumbrarse el aura de unas cuantas novelas de Julio Verne y, sobre todo, esa literatura de catástrofes y apocalíptica que poblaba los aeropuertos occidentales durante los años 70 y 80. La dimensión desconocida bebía del espíritu pulp de muchas de las revistas que poblaban los kioscos norteamericanos con bizarras y entrañables historias de extraterrestres. Incluso -a pesar de haber dirigido ya Bird– para consagrarse como autor cinematográfico Clint Eastwood tuvo que apoyarse en el western y romper algunos de sus códigos en Sin perdón. Y no tengo ninguna duda de que, antes o después, Michael Crichton será saqueado para construir las grandes obras de la ciencia ficción del futuro. Bastará con desviarse de la plana autopista construida en sus novelas y desarrollar un aspecto de los muchos abiertos por sus obras para crear complejos y novedosos laberintos mentales que abran nuevos espectros de la conciencia humana y la narrativa.

En este sentido, siempre me ha sorprendido el prestigio y éxito de H.P. Lovecraft. Porque convendremos en que ni sus historias son muy complejas ni poseen un carácter literario refulgente. De hecho, simplifican posiblemente los logros de Edgar Allan Poe, la novela gótica o Nathaniel Hawthorne. Entre Lovecraft y Disney no existen tantas diferencias por motivos que tal vez explique en otro avería. Y sin embargo, sus textos son sumamente deliciosos. Tal vez incluso adictivos. Son totales. Absolutos. Son comerciales, sí, pero también maquiavélicos. En su día, pasaron prácticamente desapercibidos y hoy gozan del desprecio universitario. Son casi un desecho. Escoria metafísica cayendo sobre la civilización occidental. Prácticamente un reflejo del rostro de los dioses primigenios. Y eso los convierte en fascinantes y enigmáticos. Obras simples que rompen todos los prejuicios y moldes y dejan cualquier análisis en ridículo. Convierten a los críticos y en general, a todos los seres humanos en piezas inservibles del Universo. Shalam

من ولد لشنق لن يموت غرقا

El que nace para ser ahorcado nunca morirá ahogado

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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