Inferno

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Tortuosa, arisca, esquiva. Acabo de terminar de leer Inferno de August Strindberg y todavía no sé bien qué calificativo ponerle. Puede, sí, que demencial sea el adecuado si se trata de describir con sobriedad los continuos retortijones cerebrales del personaje principal, ese primo lejano de los protagonistas de Las memorias del subsueloLa náusea. No ha sido fácil en absoluto completar esta lectura pero ha merecido la pena. Todo el escepticismo, el nihilismo y la aversión y desconfianza en la ciencia y el progreso de nuestra época encuentran un referente furioso, una boca sin desmayo ni tapujos, un pensamiento airado que no se detiene ante nada ni nadie, en el escritor sueco.

Inferno es un libro raro. Una novela que ensambla distintos fragmentos, leyendas, sensaciones, pensamientos, radiografiando la mente de un neurótico ensimismado con el mal. Un obsesivo que se deleita contemplando las entrañas podridas de la civilización. En realidad, podría haber sido escrita hoy. Porque su discurso no ha perdido relevancia sino que al contrario, ha tomado vigencia al compás que el mundo moderno ha ido desestructurándose. Si alguien desea saber cuál era el ruido que se escuchaba en la sociedad y la naturaleza e inundaba Occidente, alertando del peligro de las dos guerras mundiales, no tiene más que introducirse en esta novela difusa, ambigua sin un objetivo ni una finalidad clara. Pues, en esencia, es una conversación con fantasmas y demonios en la que de tanto en tanto, se atisba una luz que rápidamente se difumina. Se pierde entre cientos de contrastes como un pigmento negro en un cuadro expresionista, el rasguido de una guitarra en un aquelarre de metal o el aullido de un animal en una cueva.

Me atrevería a afirmar que sólo hay un personaje en Inferno: la conciencia subjetiva de ese escritor maldito, reconcentrado científico empeñado en fabricar oro. Mero capricho de un ser obnubilado con la inmortalidad, necesitado de encontrar el secreto de la eternidad y por ello, destinado como tantos y tantos futuros personajes de Ingmar Bergman, a dialogar diariamente con la muerte. Acariciar su mortaja mientras la dama de la guadaña los contempla con ojos de animal. Todos los seres por tanto que se acercan a este trasnochado señor, un inconsciente aliado de Lucifer y del vino que embrutece, durante el transcurso de la novela, son meros espíritus, despojos destinados a pudrirse en el limbo. Sombras en un corredor angostado y asfixiante que devuelven no más que meros ecos de voz. Tal vez no más que proyecciones de la alucinada mente de un personaje que recurre a la teología y en concreto a Emanuel Swedenborg no para encontrar un sentido al caos y la angustia sino para ahondar en el mal, en las costas del infierno y quemarse en su interior.

No es, eso sí, Inferno tanto una exploración del demonio (que por supuesto que también) sino de la cobardía de dios. Su ausencia ante la imposibilidad de imponer su voz en un mundo que no se rige por por amor sino por odio y está dominado por los mediocres y los necios, frente al que casi que es lógico perecer o enloquecer. Perder la compostura, los nervios, la lucidez y abandonarse. Creo que en esencia, la creación de Strindberg es, entre otras muchas cosas, una novela ácrata y espuria sobre al abandono, la anarquía y la acidez. La imposibilidad de creer o contribuir en alguna medida al desarrollo de un mundo a la deriva que no tiene otro argumento que la destrucción, la vejez, la injusticia, la soledad y la incomunicación.

Místicos suecos, fragmentos de óperas perdidos que retornan inesperadamente, ángeles sin poder alguno que terminan por pervertirse, el caldero de la corrupción, el agrio sabor del mal, la receta de la pereza y la envidia, calles cóncavas donde sólo hay seres trasnochados.

No. No me estoy refiriendo a The Wire o cualquiera de los seriales televisivos que, como si fueran novelas de Alejandro Dumas, seguimos con tanta asiduidad actualmente. Estoy aludiendo a Inferno. Un texto-hechicero que camina por la modernidad con espíritu de la Edad Media y consigue finalmente levantar una catedral con los mimbres del desamparo y la soledad. Una iglesia a los desvalidos y los desesperanzados que siempre encontrarán en estas páginas un reflejo de su alma. Una lúcida explicación a la existencia de los demonios cuya crudeza y sobriedad se impone a través de los tortuosos recorridos de una escritura que en esencia, arde. Incendia el corazón de quien pasea por un libro que encadena a sus lectores a través de escenas en las que aparentemente no sucede nada hasta que unas manos los agarran del cuello y asfixian, obligándoles a pedir a gritos morir con tal de no soportar cualquiera de las alucinadas reflexiones que su esquizofrénico protagonista vierte en sus líneas de fuego. No vaya a ser que una sola de ellas sea verdad y no tengamos esperanza alguna. Pues de ser así, probablemente lo mejor que nos podría ocurrir es que alguien pusiera fin al libro de nuestros días. Esa roja novela cuyas primeras páginas un niño cuyo rostro es idéntico al nuestro, ha arrancado dejando un escupitajo negro en su interior. Shalam

من تسمّع سمِع ما يكْره

El día nunca retrocede de nuevo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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