Influenza de cuerpos

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México es un páramo de muerte (y vida) de tales dimensiones, un pantano hediondo donde tan dificultoso es respirar, que la penetración de un virus como la Influenza durante el año 2009 dejó indiferentes a una gran parte de sus habitantes. Me recuerdo por ejemplo jugando a contagiarme del temible bacilo junto a varios de mis amigos en Tlayacapan. Echándonos mutuamente el aliento para comprobar si moríamos de una vez, tal y como anunciaban insistentemente los noticiarios. De hecho, creo que hubo más alarma en el resto del mundo que entre los propios mexicanos acostumbrados a las mentiras sin piedad de sus gobernantes y a convivir habitualmente con las muertes del narcotráfico de tal modo que no hubieran cambiado sustancialmente sus hábitos y comportamiento de no ser porque los fallecimientos por la pandemia comenzaran a ser más de los que su mente solía calibrar diariamente.

En cualquier caso, hay que reconocer que fuera una mentira propagada por las farmacéuticas aliadas con las industrias globales para vender vacunas o realizar un experimento de control social a gran escala, o fuera realmente un virus que espontáneamente se desarrolló, creció y murió en unos pocos días dejando a su paso varios heridos y fallecidos así como una estela de terror psicológico muy sustancial, la influenza dejó su poso y legado en nuestras sociedades. Fue el primer conato de expresión zombie global más allá del consumismo. Convirtiendo a una de las ciudades más grandes del mundo en un inmenso experimento y campo de pruebas.

Para empezar, como han destacado algunos analistas, consiguió que un pueblo como el mexicano, tan latino y festivo, acostumbrado a abrazarse, tocarse y rozarse, huyera del contacto humano durante varios días. Desterrara el sexo y el beso de su lenguaje cotidiano. Siendo confinado a la incomunicación. Convirtió a los mexicanos en suecos o alemanes. En las estatuas filmadas por Alain Resnais o Michelangelo Antonioni en sus obras de arte. E inoculó la paranoia global en medio mundo haciendo que todos sospechasen de todos y mirasen con desconfianza al vecino no fuera a ser que portase la daga, el puñal de la muerte en sus labios.

Algo muy perverso teniendo en cuenta que la vida que tanto se festeja en los medios vivida por el ciudadano medio y desde luego el mexicano, no es tan distinta de la muerte. Se parece mucho a ese purgatorio descrito por Juan Rulfo en sus libros donde apenas es posible respirar de no ser por el sempiterno sentido del humor de una población que se diría capaz de aguantarlo todo. Desde la contaminación y atropellado tráfico de su capital hasta los salarios tercermundistas o el atropello por parte de los gobernantes que, aliados al capital global, no dudan en, si es necesario, asesinar a sus integrantes o utilizarlos como cebo y chivo expiatorio en los asuntos relacionados con el narcotráfico. Cosiéndolos a impuestos sin discriminación y ofreciéndoles una educación basada en el fútbol, las telenovelas y el sempiterno odio hacia Hernán Cortés a quien sin complejo alguno, se le responsabiliza de todos los males actuales (y supongo que también de los futuros), mientras se pliegan como un gusano deslizándose en una botella de tequila, ante los empresarios y élites que controlan el país desde Norteamérica, Israel, Canadá o quién sabe dónde. Porque esto parece claro:  el territorio mexicano se encuentra en manos extranjeras. No pertenece a los mexicanos. Y en estas circunstancias, lógicamente únicamente resta doblegarse ante la impotencia. Continuar trabajando como zombies. O dejarse perder en el caos ciudadano donde vida y muerte son sinónimas, la única ley consiste en la amoralidad y los restos de humanidad, espontaneidad o bonhomía que pudieran quedar pegados a la piel del tropel sin fin de ciudadanos sin nombre que componen el país.

Digo esto a modo de introducción y casi que también conclusión de mi lectura de La transmigración de los cuerpos. La novela de Yuri Herrera. Un texto certero, punzante, ágil, veloz y preciso que con un lenguaje capaz de ahondar en las fosas lingüísticas de lo cristalino y lo críptico, el idiolecto mexicano y el literario, refleja punto por punto la mayoría de los presupuestos que acabo de referir.

Es una metáfora muy lograda sobre el estado actual de ese inmenso cártel en que se ha convertido la nación mexicana. Un recorrido por el inconsciente colectivo de este pueblo que conjuga los visos de la novela postapocalíptica -ese virus que asola las calles  de origen desconocido generando una situación similar a la  provocada por la Influenza- con el tráfico de muertos y cuerpos, el combate sangriento entre familias rivales y hermanas que por supuesto que alude a esa especie de guerra civil velada que vive actualmente este territorio franco sin fronteras para el delirio, el canibalismo o la perversidad. Consiguiendo mezclar estos hechos y situaciones con la destreza necesaria para que comprendamos -sin necesidad de explicarlas- las razones por la que México pudo ser elegido como campo de pruebas de la manipulación global y en el fondo, tampoco el acoso de los microbios hubiera mutado en exceso el comportamiento de unos habitantes acostumbrados a otra pandemia cotidiana probablemente mucho más letal. Una ciudadanía en esencia muerta (contra su voluntad, eso sí) a la que la final destrucción de su sociabilidad propiciada por el virus no más que hubiera extremado su zombificación. La cual, muy sabiamente, este oriundo de Actopan (Hidalgo)  presenta aquí no tanto como consecuencia sino más bien -dado el nivel de podredumbre y decadencia alcanzado- como  posible germen de esa gripe de orígenes desconocidos cuyas raíces metafísicas sin embargo no dejan de atronar en los cielos de un país que ha invertido los canales y de tanto honrar y rezar a los muertos se ha convertido en el reino de la muerte. El mismísimo Mictlán. O aún peor. Ha devenido en una tierra donde los cuerpos sin alma deambulan libres  sin capacidad de esperar una liberación ni en este mundo ni en el “otro”. Ni tan siquiera en el “otro”. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Mucha mecha, poca pólvora

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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