Ira feliz

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Pasan los años y sigo amando a Thomas Bernhard. En algún lugar de Transtorno se nos sugiere lo siguiente“La masa no interesa ya a nadie porque la masa está en el poder”. Me basta -y no sé explicar bien porqué- escuchar esa sola frase para sentir deseos de seguir vivo. ¿Qué significado o sentido tiene la obra del majestuoso escritor austriaco? ¿Importa? ¿Quién sabe? Para mí lo verdaderamente importante es cuánto la disfruto. ¿Por qué? Me atrevería a decir que porque Bernhard nos enseña a vivir observando cómo se autodestruye el ser humano, gozando con su aniquilación sabiendo que en el fondo no tenemos en absoluto remedio. Hagamos lo que hagamos, siempre vamos a quejarnos, criticar o quién sabe qué. Tal y como están las cosas, no parece poco. Poder reírnos, disfrutar con nuestras obsesiones, maldades y vicios. Observar cómo al humanismo se le cae la máscara y muestra su rostro de monstruo cornudo terrible.

Bernhard no es un autor al que admire. Es un escritor al que amo profundamente. Al que considero un amigo. Cuando todo se desmorona, pienso en que tal vez pueda sacar unos minutos para leer sus libros y dejarme fluir con su bilis y rabia o que acaso sus harapientas frases me inspirarán para revolcarme en la literatura del odio, y soy feliz. Tremendamente feliz. Siento de hecho que soy invulnerable. ¿Cómo decirlo? Bernhard consiguió dar sentido a la decadencia europea, le puso verso y rima y fue capaz de construir toda una literatura para desarrollar el hastío y la incredulidad con la que Lord Chandos le comunicara a Francis Bacon su incapacidad de pensar o hablar con coherencia sobre cualquier cosa. ¿Cómo hacerlo si todo lo que nos rodea nos empuja a la desaparición y el suicidio? Lo explicará con palabras aproximadas el príncipe Saurau en Transtorno: “Todo el mundo habla siempre un lenguaje que yo mismo no entiendo pero que, de vez en cuando es entendido”. Todo el mundo habla de la angustia y su soledad pero lo hace en el idioma fragmentado de los nuevos libros. Más allá del libro religioso y el científico, se encuentra el babélico. El kafkiano. Godot. La bota que acaba con los insectos humanos. Bernhard pinta un lienzo expresionista sobre algunos de los pasajes contenidos en este ininteligible libro y la imposibilidad de comprendernos. Y lo hace tan admirablemente que a pesar de que no más que describe ruidos y desesperación encerradas en castillos, finalmente nos insufla vida. Pues tal vez el espectáculo no fuera tanto asistir a cómo el mundo fue creado sino cómo fue destruido. Escribir juntos el libro del Apocalipsis que inaugura Kafka y tiene a uno de sus principales profetas en Bernhard. El pariente que siempre quise tener. Un hombre escupiendo al mundo sin remordimientos. Shalam

القافِلة تسير والكِلاب تنْبح

Cuando uno no sabe bailar, dice que el suelo está húmedo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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