Jorge Ibergüengoitia: las leyes de Herodes

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Hace años realicé para la revista El coloquio de los perros un texto sobre el escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia que, con sus correspondientes modificaciones, dejo a continuación.

 Jorge Ibargëngoitia: las leyes de Herodes

De entre los muchos y prolijos narradores mexicanos del siglo XX, si alguno destaca por poner de acuerdo a los más diversos sectores de su profesión –lectores, crítica y escritores- este no es otro que Jorge Ibergüengoitia (Guanajuato, 1928-Madrid, 1983).

Roberto Bolaño, por ejemplo, no dudó nunca en citarlo y reivindicarlo en sus escritos que, de una u otra manera, influyeron de manera decisiva en su manera de abordar sus propias historias al menos en lo que se refiere a su agudeza satírica y su ironía soterrada. E igualmente, Juan Villoro no ha dudado en someter las porosas líneas de muchas de sus novelas –léase con atención el tono escéptico, nostálgico e irónico utilizado por el narrador de El testigo-, al influjo literario de este excelente prosista, hombre de teatro y articulista cuya influencia –incluso más que la de Juan José Arreola o Salvador Elizondo- se encuentra desperdigada por gran parte de la mejor prosa que se ha escrito y escribe en el país mexicano. De hecho, gran parte de las hornadas de nuevos narradores mexicanos han tenido que enfrentarse a su obra, releerla y hacerla suya para hallar su voz y contar sus historias centradas en ese magma incandescente y, tantas veces, sin posible definición que es al actual México moderno aún tan cercano al post-revolucionario del que se ocupara Ibargüengoitia.

En cualquier caso, si hubiéramos de citar una influencia esencial para comprender la obra de Ibargüengoitia, sería, sin duda, la de Miguel de Cervantes. Asunto éste que no debería extrañarnos, si tenemos en cuenta que la urbe donde nació, Guanajuato, (literaturizada a la manera de Montevideo-Santa María de Onetti bajo el nombre de Cuévano en alguna de sus narraciones)  es una de las ciudades coloniales mexicanas más bellas construidas por el país hispánico y que, por sus calles, resuenan detalles, ecos, voces de la época en que el escritor de Alcalá de Henares estaba al servicio del Cardenal Giulio Acquaviva en Italia. Además de que en Guanajuato se encuentra un excelente, variado y rico museo contemporáneo dedicado al ilustre personaje manchego y, seguramente, no por casualidad, es allí donde tomara forma uno de los festivales artísticos más importantes y de más renombre del país mexicano: el festival cervantino. De hecho, si bien puede considerarse -afirmación que entiendo que habría que matizar- a la literatura de Ibargüengoitia como humorística, irónica y satírica, lo cierto es que no creo que pudiera llegar a conformarse y estructurarse con tanta sutileza si no fuera por su mirada condescendiente, bondadosa y, en ocasiones, caleidoscópica sobre la realidad –atributos que, en suma, caracterizan a la obra de Cervantes y concitan su raigambre humanística-.

Lo subrayaba quien fuera su compañera infatigable en los más variados y diversos viajes, Joy Laville, en emocionadas palabras: Ibargüengoitia era un hombre dulce, una persona encantadora. Y, en realidad, esto que se puede intuir en toda su obra y  lo emparenta personalmente con Cervantes, permite en la mayoría de sus textos que por más terribles que sean los hechos narrados, el lector pueda esbozar siempre una sonrisa cómplice y que cualquiera de sus personajes por más humillado o satirizado que se encuentre en sus páginas, nos mueva a la compasión, a la compresión de sus circunstancias. A entenderlo con amplitud y todas sus fallas, errores, enajenaciones y absurdos. Como, asimismo, es gracias a su mirada bondadosa a la realidad encubierta de ironía, que podemos asistir en sus novelas, cuentos, obras teatrales y ensayos a un retrato eficaz y demoledor en algunos casos,  punzante en otros, y la mayoría de las veces conmovedor del país mexicano vislumbrado como un arenal pantanoso y movedizo en el que bucean todo tipo de clases sociales, sátrapas, distintos ideales y, por supuesto, realidades sociales, políticas y culturales diametralmente diferentes pero condenadas a habitar en un mismo espacio.

Sin embargo, emparentar a Ibargüengotia con Cervantes, por supuesto, no es suficiente para realizar un retrato veraz de su “ars literaria”. También pienso que es necesario vislumbrar su literatura a través de la clave kafkiana. Porque ¿cómo si no analizar ese inolvidable deja-vu que atrapa al lector y al narrador-protagonista desde las primeras páginas de Los pasos de López sino es vislumbrándolo a través del prisma kafkiano? ¿Cómo poder referirnos con un mínimo de comprensión a la dinámica perversa y maestra a partes iguales que se encuentra en el inicio de la novela antes citada y que combina con maestría, ligereza y solidez los anclajes de las narraciones medievales y de suspense sino es emparentándola con los recursos extrañificantes de la literatura del autor checo?

En este sentido, me parece sumamente necesario destacar que si la literatura de Ibargüengoitia tiene puntos comunes con la de Kafka es a partir de un sistema de divergencias, oposiciones que separan y unen, al mismo tiempo, al mundo occidental del americano. Es decir, si la literatura kafkiana enfrentaba al individuo con la ley y sus consecuencias de una forma totalitaria y absoluta hasta el punto de que se podría decir que es la ley, por encima de sus protagonistas, el personaje central de sus novelas, la jugada de Ibargüengoitia, como la de todo buen americano, es opuesta pero similar. Pues, en realidad, en la práctica totalidad de sus textos enfrenta a sus personajes con la no-existencia de una ley única o, al menos, totalitaria. Asunto éste que provocará todo tipo de situaciones alógenas, extrañificantes y sí, en algunas ocasiones, risibles o dignas de provocar unas carcajadas pero que, sin embargo, deberían poder ser entendidas en todo su rigor y seriedad.

Nos lo han enseñado Deleuze y Guattari y nos lo ha recordado Slavoj Žižek: el dominio en la realidad de la no-ley no significa que no exista una ley. Significa, más bien, que la misma está diferida, postergada, anulada de la visión primaria de la vida de los individuos pero, en última instancia, tan o más presente que la ley primitiva, siendo aún más peligrosa que ésta al ser manejada por un poder oculto tiránico que maneja la realidad y le imprime su carácter de fantasía de manera prácticamente psicótica hasta tal punto que podemos confundir los términos reales y fantásticos en la vida social sin llegar a dirimir una visión real de la sociedad en la que nos encontramos. En fin, si tenemos en cuenta que, por su naturaleza emancipadora, incipiente y su necesidad de ajustarse a las coordenadas occidentales, sociedades como la mexicana poseen prácticamente más leyes que las de las sociedades europeas de las que han extraído su influjo, podremos, por tanto, estar en condiciones aún mejores de comprender las novelas de Ibargüengoitia y entender que el vacío legítimo del poder al que se refieren gran parte de ellas, en última instancia, remite al imposible traspaso de la realidad occidental a la mexicana y las consecuencias hilarantes, frustrantes y, en muchas ocasiones, trágicas que se producen de este hecho.

Por ello, pienso que en Ibargüengoitia, los personajes son su propia ley. Nos lo refiere, por ejemplo, el narrador de esa pequeña joya que es Los Relámpagos de Agosto, el general José Guadalupe Arroyo, al intentar refutar cada una de las distintas acusaciones que le han hecho distintos estamentos políticos y sociales del Estado mexicano. Y nos lo ratifican los constantes sobornos, tropelías y dinámicas de la rapiña en la que se mueven los personajes de Las muertas –quizás su obra maestra o, al menos, aquella en que la fisicidad del relato, su lógica cruel y su vertiente irónica se encuentran más sutilmente tamizadas y ensambladas- y, por supuesto, los protagonistas de obras tan abiertas, libérrimas, inclasificables y gozosas como los de Estas ruinas que ves o Dos crímenes.

Los personajes de Ibargüengoitia se mueven en su mayoría por el emergente y movedizo mundo que surgiera tras los fastos de la Revolución mexicana y una serie de reformas agrarias e industriales y pactos sociales que, en su mayoría, no vinieron a adaptarse a las necesidades reales de su país sino a las de todos aquellos próceres cuya figura es dinamitada constantemente en las obras de este oriundo de Guanajuato. De hecho, él mismo se vio afectado por la dinámica de la especulación y se vio obligado a desprenderse de su antaño prestigioso rancho familiar, lo que lo llevó a ironizar con tristeza sobre los resultados del sueño revolucionario en artículos preñados de una inteligencia, dulzura y contención dignos de elogio. Y consiguientemente, la ley, tal y como aparece en sus novelas, es tan voluble como las vidas o caprichos de los individuos. No es fija sino que es más bien pantanosa. Como si fuera un reflejo de esa ciudad que tanto amó en su juventud, México Distrito Federal, y que se vio obligado a abandonar en su madurez ante su incontinente e injustificado crecimiento ajeno a lógica alguna. Actúa, de hecho, imprevisiblemente –recordemos el famoso caso de la herencia del tío de Marcos González en Dos crímenes– siendo reflejo de una sociedad sin un centro fijo sometida a la elipsis de su raíz indígena y a los cientos de flujos capitalistas de tal manera que sólo puede encontrar una salida real a su situación –como sucede en la mayoría de sociedades americanas- por medio de la corrupción, el robo y la institucionalización del prócer correspondiente y el dios dinero.

En suma, sí, lo que aprendemos con Ibargüengoitia, es que la ley como tal en México no existe. Toda ella es fantasía. Y si pudiéramos ratificar, testimoniar su existencia sería únicamente regida por los individuos a su antojo dependiendo de su puesto social y político y, por supuesto, del tamaño de su billetera. Y si bien es cierto que por destacar este hecho, no debería resaltar como un escritor de primera categoría, su mérito radica, como manifestara con lucidez Sergio Pitol, en haber podido extraer una sonrisa a sus lectores al contemplar esta triste situación y en haberla sabido novelar y diagramar como nadie desde su más radical cotidianeidad. En haber removido el polvo trágico y marcial que, hasta entonces, caracterizaba a buena parte de la literatura mexicana y le concedía un rictus de seriedad tan inusitado como, en muchos casos, estéril y ridículo. En definitiva, en haber podido hacer arte de lo grotesco y haber sublimado el horror, los asesinatos, las guerras y la lucha por el poder –véase Maten al león– de una manera tal, que nos ha permitido contemplar la violenta realidad de los países americanos con la perplejidad de quien asiste a una reunión de parricidas adolescentes cuyas acciones afectan a millones de personas y responden a la exactitud de la no-ley que rige en toda Hispanoamérica.

En suma, Ibargüengoitia trazó con sutil maestría los rasgos y recovecos menos manidos de la historia mexicana: Independencia, Revolución y modernidad post-revolucionaria. Es ya clásico, por ejemplo, referirse a Los pasos de López como una obra decisiva para introducirnos en los meandros intrahistóricos y, seguramente, reales, de la ¿fastuosa? independencia mexicana. Y también lo es señalar que no debemos dejar de leer Los relámpagos de Agosto si queremos conocer el trasfondo político real de un pueblo que ha soportado con una integridad encomiable los más perversos deslices y desfalcos. Aunque, en verdad, lo que sorprende tanto en sus novelas como en sus cuentos –de los que tanto ha bebido Bolaño- es su capacidad de enlazar la estructura narrativa del vodevil europeo, el sainete y el humor negro, negro a lo Berlanga con la estética del absurdo a través de una lenguaje tanto perspicaz como sereno.  Sí. Ibargüengoitia era capaz de narrar un crimen, una confusión amorosa o una muerte con los ojos de un benévolo y ácido humanista que no pudiera creer aquello que está narrando y que ante lo insólito de este hecho, se dejase fluir por los hechos contados como si la cosa no fuera con él. Como si no estuviera escribiendo. Con la misma naturalidad con la que un colega pudiera contarnos una historia sobre nuestros atípicos vecinos, el político que acostumbramos a ver subiéndose a su imponente automóvil y cuya multitud de residencias desconocemos o alguno de nuestros amigos o conocidos cuya pista – por alguna oscura razón que el narrador nos aclara- habíamos perdido.

En este sentido, la narrativa de Ibargüengoitia es de una modernidad apabullante y no está muy lejos de las leyes que Calvino dictara sobre la escritura leve e invisible que él ejemplificara a la perfección en su Seis propuestas para el próximo milenio y ha obligado a estrujarse los pelos a la crítica sin saber con exactitud qué calificativo otorgarle. Sus cuentos en apariencia, intranscendentes, sin embargo, reflejan su tiempo a la perfección y, desde luego, algunos de ellos ejemplifican con soltura la complejidad de las burdas relaciones en que hemos convertido, en muchas ocasiones, la relaciones entre los sexos opuestos y puede que complementarios. Y desde luego que basta dejarnos mecer con inocencia y sin prejuicios por las narraciones de La ley de Herodes como, asimismo, por muchos de los artículos de Instrucciones para vivir en México -un verdadero tratado de cómo vivir a partir de la ya referida no-ley del país mexicano- o La casa de Usted y otros viajes para ser absorbidos por un lenguaje que sin aspirar a trascendencia alguna, cerca y atrapa en sus yugo al lector. Pues todos nos podemos reconocer en las anécdotas narradas con ligereza en sus textos que si nos fijamos, aunque partan de presupuestos diferentes, tampoco se encuentran muy lejos de los dibujados por  el gran Raymond Carver. Y a este respecto, creo que es esencial recordar que Ibargüengoitia fue, sobre todo, desde los inicios de su fructífera carrera, un hombre de teatro. Porque es claro que el aprendizaje y soltura lingüística que la habitual práctica de este género le proporcionó, le fue muy útil para la construcción de personajes y dotar a sus narraciones de su gracejo habitual permitiendo que fluyeran de la manera como las conocemos hoy en día, teniendo en cuenta que en ellas el lenguaje pareciera, realmente, como si no existiera.

De hecho, si hay una característica realmente sorprendente de la narrativa de Ibargüengoitia y que lo emparenta con los grandes escritores modernos, es su capacidad de conseguir que el texto transpire, respire por sí mismo. A los textos de Ibargüengoitia los podemos escuchar respirar como si estuviéramos en silencio recluidos en una habitación. Pero lo más inverosímil y admirable es que actúan de esta manera sin necesidad de ocultar su estructura o los trucos utilizados para componerse. Son seres vivos que siguen su propia lógica interna que es una lógica de vida y no de muerte y que hacen que al leerlos, nos sintamos más dichosos, más entretenidos, más perspicaces pero nunca aburridos ni fatigados ni abatidos. Y es que Ibargüengoitia –sin dejar, lógicamente, de tomársela en serio- se divertía tanto con la literatura como lo hacía de manera sutil con la vida –basta leer sus impagables crónicas de sus viajes a Egipto, Acapulco, España o Francia para constatar este hecho- y esto se transmite de tal manera en sus textos literarios que, en ocasiones, hasta nos olvidamos que estamos leyendo un libro por no decir que estamos realizando algo relacionado con aquello que se conoce como “cultura”y que podría ser denominado “acto culto”.

En fin, lo cierto es que no sería justo terminar este texto sin referir un hecho puntual. Desde luego, no es únicamente a partir de la clave de las influencias extranjeras desde donde podemos situar la obra de Ibargüengoitia que, en muchos casos, avanza por territorios antes transitados en México aún con otras intenciones y estilos por Valle-Arizpe y Fernández Lizardi y dentro de la literatura española, en cierto modo, por la novela picaresca, el Quevedo más contenido o el Valle-Inclán menos exaltado aún a pesar de su acidez. Y si es cierto que si el lector no ha visitado México o, al menos, no ha vivido allí durante un mínimo de tiempo, haya matices suculentos de su obra que se le escapen y no le permitan gozar de su magníficos escritos en su totalidad, lo cierto es que aun así, estoy seguro que podrá darse un festín literario de primera magnitud. Al fin y al cabo, la clave para leer a Ibargüengoitia es la misma que para leer a los grandes escritores de las más distintas latitudes: tener ganas de disfrutar y empatizar de una manera u otra con lo narrado. Y, desde luego, lo que sí puedo asegurar, es que si uno se toma el tiempo, la paciencia necesaria y acude con la actitud adecuada a su literatura, antes o después, acabará disfrutando y, tal vez, reconociendo en su desnuda escritura, esa soltura y frescura que caracteriza muchas de las mejores narraciones de Bolaño, Villoro, Pitol o Vila-Matas; pues, de una manera u otra, el escritor de Guanajuato es primo-hermano de todos ellos y hay que situarlo en el mismo casillero excéntrico que desborda la estética lingüística de muchos de los escritores citados.

Terminando ya, solamente me gustaría resaltar una última circunstancia. Como de todos es sabido, tristemente, Ibargüengoitia murió en un accidente de avión en Madrid en plena época de madurez narrativa y cuando todavía le quedaban, por ley natural, los suficientes años para entregarnos muchas más obras. Y aunque parezca injusto y es, desde luego, un tanto frívolo referirnos a esta circunstancia, lo cierto es que esta muerte tan injusta y fortuita como todas, no deja de ser precisa y adecuada con todo aquello que fue su vida. Al fin y al cabo, Ibargüengoitia nos refirió un mundo, México, en el que todos los aviones se estrellaban y ninguno podía alzar el vuelo con la rotundidad y eficiencia deseada. Aunque, como siempre ocurría con sus textos, la realidad fue paradójica pues en una suerte de performance ritual, el avión no se estrelló en su jocoso país sino en la marcial Europa. Triste, irónico y nada complaciente destino que la vida le tenía guardado a un escritor que nunca se atrevió a titular ninguno de sus libros con el nombre de Instrucciones para vivir en Europa pero que sabía mucho de la herencia maltrecha que este continente y, en concreto, el país español, había dejado en su tierra. Seguramente, en México su avión no hubiera tenido los problemas que hicieron posible su muerte.  O tal vez sí. Pero lo cierto es que esto ya no nos importa. Sus personajes hablarán por él y no le dejarán morir.

A Ibargüengoitia, le quedó, sin embargo, el regusto de darnos una última lección con su imprevista muerte: la necesidad de disfrutar y gozar cada uno de los momentos de nuestra vida más allá de las castradoras leyes modernas. Lo trascendente que supone el reírnos de nosotros mismos, nuestra perdurabilidad y nuestra presunta importancia. Y, por último, se dio el gusto imprevisto de morir cerca de la tierra donde viera la luz su famoso y querido Miguel de Cervantes. No parece poco aunque, desde luego, no sea suficiente para hacer justicia al hombre que creó toda una obra para enseñarnos a sobrevivir, reírnos y desdramatizar la, tantas veces, esclavizadora y asesina ley de Herodes a través de las que se crearon, determinaron y compusieron, en gran medida, nuestras sociedades actuales. Shalam

 ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Ganar un proceso es adquirir una gallina y perder una vaca

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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