Juan Bonilla: los límites de la realidad

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Hace poco, leí una entrevista con Juan Bonilla en la que declaraba no saber bien cuál es su lugar en la literatura española y que le bastaba con que alguien en el futuro, aludiera a él como alguien curioso y raro para darse por satisfecho. Algo que me parece muy lúcido por su parte. Pues le libera de la lucha por la trascendencia, esa competencia por un reconocimiento póstumo que se da más de lo que sería deseable en el mundo del arte sin traer nada bueno. En fin, no me atrevería yo, por otra parte, a decir de qué manera será considerado con los años pero sí que, en su momento, fue uno de los escritores españoles que más me hicieron disfrutar. Adoraba sus artículos en El mundo y Ajoblanco, ciertos poemas suyos me conmovían y reflexiones como las contenidas en El arte del yo-yo consiguieron entusiasmarme. Al igual que su magnífico ensayo sobre el gran Terenci Moix.

Hace años, en una visita que Bonilla realizó a Murcia para presentar su libro Buzón vacío, tuve el privilegio de poder entrevistarlo y puedo asegurar que fue un goce hacerlo. Puso todas las facilidades para ello y siempre intentó de una manera u otra empatizar con su interlocutor por más heterodoxo que pudiera ser el tema tratado o la manera de abordarlo. Y aunque la charla duró más de una hora, por mí podría haber continuado mucho más. Porque el escritor andaluz es de los que hacen que el tiempo en su compañía se pase rápido.

La entrevista se publicó en El coloquio de los perros y la dejo a continuación.

Ahí va:

Juan Bonilla: los límites de la realidad

EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Según tengo entendido, cuando eras niño apenas leías nada y a mí me interesa saber cuándo fue el momento en que te introdujiste de lleno en la lectura, el momento en que la literatura te golpeó y por qué sucedió esto.

JUAN BONILLA: La verdad es que supongo que tendría que hacer una sesión de psicoanálisis para responderte esto, pero creo, para empezar, que el motivo por el que me vi atrapado por la lectura tiene que ver con la insatisfacción con la realidad cercana y el encontrar mágicamente, de repente, un oasis con el que no contabas, que son los libros y las historias (…) Para mí, extrañamente en este país, el instituto de bachillerato fue fundamental y me sirvió de muchísimo. Hice el bachillerato en una época donde los chavales teníamos unas inquietudes y una curiosidad sin límites por todo lo nuevo. Nos encontrábamos en los años 80 y había un gran bombardeo de nuevas referencias que me provocaron una curiosidad enorme y me llevaron a interesarme por, entre otros asuntos, la literatura, la lectura. Y supongo que una cosa lleva a la otra, igual que los niños que juegan al fútbol en la calle acaban por probarse en un equipo de barrio antes de intentarlo en un equipo profesional, el leer mucho me llevó a escribir de una manera natural.

 ECP: ¿Y cuál fue el primer libro que te impactó?

JB: A mí un libro que me pareció fascinante fue La Regenta, porque, realmente, llegó a sustituir la realidad. Después de leerlo, paseaba por las calles y la realidad me aburría, me parecía insuficiente y banal y deseaba volver a casa para seguir leyendo pasajes del libro u otros libros (…) De todas maneras, cuando yo tenía 12 o 13 años y estaba en el colegio, conseguí un premio en redacción y por ello —a mí y a los otros 50 mejores chicos en redacción— nos regalaron un libro de cuentos que reunía todos los ganadores de los últimos huchas de oro, que era un premio de narración breve, y recuerdo que en ese volumen había un cuento de un tal Daniel Sueiro, que es un escritor muy poco conocido, que se llamaba “El día que subió y subió la marea” en el que no pasaba absolutamente nada. Únicamente sucedía que la marea subía y subía y no paraba nunca —era como la descripción de un tsunami tranquilo— y esta fue la primera vez que yo sentí una sensación muy potente y extraña con un texto literario. Me pregunté una y otra vez qué es lo que quería contarme este cuento y creo que, en realidad, el comienzo de mi vocación literaria comienza aquí. Este cuento que, si te fijas, es muy kafkiano me dejó completamente trastornado.

ECP: Además, simbólicamente supongo que sería como si la marea te llevara a la vez a ti a otro lugar, a ese lugar sin nombre que te iba a atrapar antes o después que era la literatura.

JB: Sí. Puede ser. Verdaderamente, esta era una época especial. Por ejemplo, muchos adolescentes leíamos a Herman Hesse y nos introducíamos en su Sidartha o en Demian. Y en lo que respecta a poesía, recuerdo que el libro que me dejó totalmente asombrado fue Poeta en Nueva York de Lorca. Además, por aquella época comenzó a traducirse a Fernando Pessoa al español y leerlo supuso otro descubrimiento absoluto.

ECP: Siguiendo con tus comienzos como escritor, me gustaría saber si te diste a conocer gracias a algún premio literario. ¿Cómo conseguiste publicar tu primer libro?

JB: Nunca gané un concurso en España. Yo traté de colocar mi primer libro en algunas editoriales, pero no tuve suerte. Mandé entonces el libro a un concurso en Buenos Aires promovido por el diario La Nación y gané el primer premio. Luego Pre-Textos leyó el libro gracias a este premio, le gustó y lo publicó. Entonces, curiosamente, El País comenzó a decir que este era uno de los libros de aquel año y empecé a contactar con mucha gente. A raíz de esta situación, ya todo lo demás vino rodando.

ECP: Yo te conocí a raíz de la publicación de tu libro de cuentosEl que apaga la luz y de tu poemario Partes de guerra, pero lo que me comenzó a impactar de ti fueron tus excelentes artículos en Ajoblanco. Cuéntame cómo empezaste a escribir en esta revista.

JB: Todo comenzó porque el director de Ajoblanco vino a Sevilla a hacerme una entrevista para su revista y pasado un mes de habérmela realizado recibí una llamada de él en que me preguntaba si quería ir a Barcelona para trabajar como redactor jefe de Ajoblanco.

ECP: Qué curioso. Yo leía mucho esta revista y me parecía muy buena.

JB: Sí. Era una gran revista.

ECP: ¿Y por qué terminó por cerrar?

JB: Bueno. Esto forma parte de una historia empresarial un poco rara. José Rivas vendió el 50% de la revista a El Mundo y El Mundo, al ser una empresa grande, exigía resultados que, obviamente, Ajoblanco no podía dar y bueno, desgraciadamente, tuvimos que cerrar.

ECP: Y luego recuerdo que hace unos pocos años se realizó una intentona por volver.

JB: Sí. Pero este hecho fue, realmente, absurdo. Se quería resucitar una tercera época de Ajoblanco en un momento donde no se daban las circunstancias ni las condiciones para poder hacerlo. Resultó imposible.

ECP: Y entonces, ¿cómo comenzaste a escribir en El Mundo?

JB: Pues fue a raíz de que Ajoblanco cerrara y como el periódico había comprado el 50% y me conocían, me animaron a participar en él.

ECP: Recuerdo ahora un texto tuyo que leí en esta revista sobre Unabomber que me impactó y me llevó a comprarme el manifiesto que publicó este personaje.

JB: Sí. Unabomber era un personaje realmente alucinante de estudiar.

ECP: Sin embargo, era un asesino, lo que nos lleva a plantear el tema de la barrera que separa a un asesino y a un escritor de ficciones que las dibuja sobre los folios.

JB: Es un tema muy, muy peliagudo. ¿Es más perdonable lo que Unabomber realizó porque hay detrás de sus matanzas un poso filosófico donde todo está justificado o es justamente por esta razón que son mucho menos perdonables los actos que cometió? Yo todavía no he podido encontrar una respuesta a esta pregunta. Únicamente me dejé fascinar por el personaje, pero sin posibilidad de hallar respuesta alguna. Por un lado, me pareció fascinante que este matemático le declarase una guerra jurada a la tecnología, pero, por otro lado, me pongo en el lugar del guardia jurado que no tiene la culpa de nada de lo que sucede en nuestra sociedad, sino que es un instrumento más, y que va a recoger un paquete cerrado y le estalla en las manos y se caen al suelo todos los argumentos que puedas encontrar para defender al personaje.

ECP: Sí. Fíjate que yo realicé una tesis sobre Sábato, que tan en contra estaba de cómo ha sido utilizado nuestro conocimiento de las ciencias positivas, y a la hora de estudiar el funcionamiento del personaje de El túnel me sirvió mucho observar el comportamiento de Unabomber. Aunque había un hecho radicalmente diferente: Sábato crea a Juan Pablo Castel y no mata a nadie y, sin embargo, Unabomber creó todo un pequeño manifiesto anti-científico que le sirvió de apoyo para asesinar realmente.

JB: Sí, claro. Lo peligroso de Unabomber es que no se queda únicamente en lo escrito, sino que decidió dar el paso adelante del que hablábamos antes: decidir que lo que había escrito no sólo iba a quedar en el papel, sino que iba a pasar a la acción y en el momento en que la filosofía entra en acción, siempre hay peligro (…) Fíjate que yo hay un juego que me gusta mucho pensar: ¿qué tipo de sociedad se crearía de acuerdo a los postulados exactos de cada filósofo? Imagínate una sociedad donde todos, absolutamente todos los ciudadanos, vivieran de acuerdo a las ideas de Spinoza o a los postulados de Nietzsche, y la pregunta sería: ¿en qué sociedad de un filósofo en concreto te gustaría vivir? Y es muy difícil de contestar, porque en la vida real cada una de las teorías de estos filósofos más o menos permite hacer la vida llevadera, pero ¿cada una por sí sola? Spinoza, por ejemplo, tiene la idea maravillosa de que Dios es todo o es nada, esto es, que Dios es esta máquina, este traje, etc, y que en todas partes se encuentra y, sin embargo, él tiene la idea en política de que hace falta un dictador, porque lo que importa no es el Todo sino el Uno. Bueno, pues esta sociedad ya no sería nada apetecible para nosotros. Por ejemplo, la sociedad Nietzsche tiene algunos aspectos muy, muy potentes, pero otros que son absolutamente criminales, y así podemos seguir. Imagina la sociedad Heidegger. Esta sería una sociedad aterradora (…) Por ello, uno piensa que si estos sistemas filosóficos una vez traducidos por completo a la realidad son tan terribles, ¿dónde encontrar un refugio?. En fin, deberían hacer un programa de televisión como Gran Hermano para intentar probar cómo sería la vida común según la filosofía concreta de los distintos filósofos.

 ECP: Sí, realmente. Pura ciencia ficción. Esto me lleva a pensar también en una narración de P .D. James en la que se intenta explorar qué es lo que sucedería en un mundo donde ya no quedaran niños.

 JB: Sí. La conozco y me gusta bastante.

ECP: Y hablando más en concreto de tu obra, ¿te gustó la adaptación al cine de Nadie conoce a nadie?

JB: No. No me gustó nada. Yo vendí los derechos y ellos hicieron lo que quisieron, por lo cual estoy en paz, pero si me preguntas mi opinión la película no me gustó en absoluto.

ECP: ¿Y qué me podrías decir de la última novela que publicaste, Los príncipes nubios?

JB: Era una novela absolutamente destroyer y cínica. El personaje era un gran y tremendo cínico y tal y como se tradujo en Italia se puede decir que es un mercader de esclavos modernos.

ECP: ¿Y hay adaptación cinematográfica del libro?

JB: De momento no, pero me la acaban de comprar. Acabo de vender los derechos del libro. Será una película americana.

ECP: ¿Por qué crees que la gente puede llegar a perder la cabeza con los libros? Recuerdo una entrevista tuya en que decías que leías más de 25 libros al mes.

JB: Bueno, supongo que era demasiado joven, pero ironías aparte, te diría que yo creo que los libros ofrecen un espacio de seguridad que la vida no te ofrece. Te conceden una coraza que sustituye a la realidad y que te permite llegar a ser el dueño de otra nueva realidad. Supongo que en la búsqueda de esa seguridad y encuentro y detección de tus propios fantasmas, los libros son tan generosos que te pueden atrapar y llevar a la locura. De hecho, hay psicópatas que han puesto algún libro como origen central de su psicopatía, como el asesino de John Lennon. Pero sin llegar a la locura o la psicopatía, te diría que los libros, fundamentalmente, te ofrecen esto: una muralla contra el mundo. Curiosamente, una muralla contra el mundo, pero además una muralla desde la que ver el mundo. Una muralla que, en cierto sentido, es el mundo y, claro, esto es un aspecto fascinante de la literatura, del arte, que muy pocas actividades de la vida real poseen. Yo creo que ahí está la fuerza y el encanto del libro. Desde luego ya no leo 25 libros al mes, ni mucho menos, pero sí que es cierto que durante mucho tiempo para mí era casi una obligación leer un libro al día.

ECP: Recuerdo que tú expresabas esto con una satisfacción absoluta.

JB: Sí. Era otra época. Era una época en la que me comportaba casi como el drogadicto que necesita su dosis diaria para sobrevivir. Yo no estaba en ningún lugar mejor que con los libros.

ECP: ¿Y por qué piensas que una actividad como la literatura en la que, supuestamente, se aspira al equilibrio, a la paz o a la belleza es capaz de estar fascinada por la locura y existe el ejemplo de tantos escritores que intentan dinamitar la realidad?

JB: Como siempre, es cuestión de matices. Quienes buscan dinamitar la realidad, en cualquier caso, casi siempre son los personajes. Cuando tú estás escribiendo una ficción tienes todas las cartas y con ellas haces lo que quieres. En el caso de Nadie conoce a nadie, por ejemplo, el hecho de que años después ocurriera exactamente en la realidad aquello que yo había escrito en la ficción, me produjo un terror y un pavor increíble. Fue terrible que una especie de sueño o delirio creativo literario que tuve se convirtiera en realidad con las consecuencias que pudo acarrear este hecho que, realmente, pudieron ser aterradoras. Yo creo que si todos los escritores que escribimos cosas —como tú bien dices— para dinamitar la realidad viéramos esa realidad dinamitada tal y como nosotros la soñábamos, seguramente, no seríamos capaces de escribir absolutamente nada, porque la realidad siempre es mucho más grande que la ficción en todos los sentidos. Sobre todo, en el sentido esencial de que la ficción pertenece a la realidad y la realidad no tiene por qué pertenecer a la ficción y creo que esto conviene tenerlo bien claro, porque a mí me resulta muy molesto cuando me plantean este tipo de cuestiones —y creo que a mí y a todos los escritores que escribimos sobre literatura, que somos especialmente literarios— en el sentido en que no creo que la literatura vaya por un lado y la realidad por otro. Si a mí me gusta tanto la literatura es porque encuentro en ella vida, mucha vida y es por ello por lo que me parece fascinante. No porque sea la enemiga de la vida. Por ello creo que una cosa es el desequilibrio de la realidad que se produce en las ficciones que proponen un ideal teniendo en cuenta que este ideal se mantiene en el plano de la ficción y otro asunto muy distinto es cuando este ideal se incrusta en la realidad teniendo en cuenta que de este acto se pueden llegar a extraer consecuencias terribles.

ECP: Bueno, esto es lo que me interesa de tu obra y lo que me fascina de la de tantos: el cruce y la contaminación casi diabólicas entre la realidad y la ficción hasta el punto de que se diría que no hay diferencias entre ellas.

JB: Realmente, yo no creo que haya una separación o una barrera entre la realidad o la ficción. Una de las barreras que tengo, precisamente, como narrador es pensar en cualquier situación o circunstancia de la realidad y llevarla a su extremo, casi al esperpento. Deja de ser realidad pero, en cierto sentido, sigue siendo realidad. Utilizas la realidad como una especie de trampolín para subir a otro lugar que es un lugar distinto. Ese mecanismo me interesa mucho en autores como Kafka o Nabokov, que no son escritores realistas, pero sí que son escritores reales y que utilizan la realidad como un trampolín sobre el que botar. Esto es a mí lo que me interesa.

ECP: ¿Me puedes contar más anécdotas que te hayan sucedido en el sentido de cruzar el mundo ficticio y el real? Recuerdo, por ejemplo, un artículo tuyo en que contabas que en un viaje a Portugal habías vuelto a ver casualmente el antiguo coche de vuestra familia, el coche de tu infancia.

JB: Tengo muchas y una gran parte de ellas las he contado. Por ejemplo, tengo un cuento sobre mi primera experiencia psicodélica con el LSD que está basado en un hecho real. Me encontraba en un mal viaje y para sosegarme empecé a cantarme a mí mismo una nana que me estaba inventando en ese momento y años después observé que mi abuela estaba cantando una nana para intentar calmar el llanto de mi sobrino recién nacido y escuché asombrado que estaba cantando la misma nana que yo creía haberme inventado años antes para luchar contra el mal viaje psicodélico. Recuerdo que le pregunté a mi abuela de dónde había sacado esa nana y ella me dijo que era la misma nana que me cantaba cuando yo era niño. El hecho de que las cosas queden en algún recinto cerrado como guardadas y, de repente, salgan —como es el caso de la historia del coche de Lisboa, que era el coche que mi padre conducía cuando yo era niño— son sorprendentes pero, sin embargo, yo creo que están en la vida de cualquiera. No sólo en la de quien escribe. Sucede que hay quienes le dan una importancia simbólica a estos hechos y otras personas que las dejan pasar como si se tratara de una casualidad a la que no prestar demasiada atención.

ECP: Lo que pasa es que, claro, hay personas que están predispuestas en muchos casos a este tipo de acontecimientos.

JB: Sin duda. Además, a mí me parece que más allá del significado que puedan tener para alguien, son belleza. Son actos de belleza independientemente de que sean producto del azar. Realmente, me interesan por su sentido de belleza. Es como una especie de danza de la realidad que, de repente, coloca en el mismo lugar hechos que, verdaderamente, están muy separados en el tiempo pero que, de alguna manera, se explican mutuamente. De todas maneras, otro asunto sería hacer de este hecho una poética absoluta, como sucede en el caso de Paul Auster, en el que todas las circunstancias de la vida son casualidades. Yo creo que cuando todo el mecanismo de la realidad o la ficción responde al dominio absoluto de las casualidades, la casualidad pierde su fuerza y eficacia. La fuerza de la casualidad creo que está en lo maravilloso de que pueda producirse y cuando se repite continuamente creo que pierde gran parte de fuerza, de magia, así como su interés.

ECP: Entonces, por lo que veo, Paul Auster ya no te interesa demasiado.

JB: Sí. Me interesa mucho menos que antes. No sé si por su culpa, porque sus últimas novelas son mucho peores que las primeras, o por mi culpa, debido al cansancio y al agotamiento que he hecho de su literatura, pero la verdad es que me resulta un escritor difícil de leer en la actualidad, me parece que se ha aplanado mucho y que los libros que escribe ya no tienen relieve ni complejidad, que es lo que a mí me interesa. Se ha ido convirtiendo con el tiempo en un escritor de historias bonitas, simplistas, y esto no me interesa.

ECP: Por cierto, y continuando con el tema de lo milagroso, ¿crees en Dios? Esta pregunta te la hago por el punto vacío y de asombro que aparece cuando se entremezclan la ficción y la realidad, el asombro de la propia vida y que no podemos rellenar con prácticamente raciocinio alguno.

JB: Bueno. Si te digo la verdad, Dios es un personaje que me cae muy mal, muy mal. Realmente, no sé si creo o no. Te diría que no pero, en cualquier caso, aunque creyera, soy enemigo suyo completamente. Me parece un personaje muy perjudicial en muchísimos sentidos. Además, tengo la teoría de que algún día escribiré o trataré de demostrar de que es un personaje biológico. Es decir, antes del hombre de Neandertal, el hombre de Cromagnon y el homo sapiens estaba Dios. O sea, que la evolución consiste en alejarse de ese personaje que hemos inventado por puro miedo y que sustituye lo que para mí sí que es la verdadera divinidad: el todo, la materia. Lo decía muy bien Pessoa: yo creo en los ríos, en los árboles, en las sillas y los salones. Si hay gente que a esto le quiere llamar Dios me parece muy bien, pero yo prefiero llamarles ríos, árboles o sillas, de modo que yo no voy por donde pareces señalar.

ECP: No, en realidad, esto te lo apuntaba por un pensamiento de Blanchot que a mí siempre me fascinó y pensaba que podía servir como punta de lanza para introducirnos en tu poética de la vida. Él decía que a partir de la eclosión de Nietzsche en el pensamiento moderno se sabía que el verdadero creyente, el amante de Dios, era el que se negaba a ir a la iglesia y arrodillarse, era quien vivía su vida sometido a las inclemencias o bondades de la misma sin buscar refugio en las iglesias.

JB: Sí. Bueno. En esto estoy de acuerdo. De hecho, para mí Nietzsche es mi filósofo de cabecera. Te diría que es el único filósofo al que ya leo y, desde luego, lo que dice Blanchot está muy bien dicho. Desde este punto de vista, si que estoy de acuerdo con lo que señalas.

ECP: Está bien. Realmente, yo creo que el problema viene de institucionalizar la idea de Dios.

JB: Sí. Mira. En este caso, los griegos, que son mucho más sabios que nosotros, tenían dioses para todo: dioses para la agricultura, para la guerra, el amor, el caos, etc. Sin embargo, el tema del monoteísmo a mí me parece un asunto realmente empobrecedor. Es como si se señalara que sólo pudiera haber un escritor o un cineasta, lo que es un absurdo (…) No te puedo decir que sea un politeísta, pero tal vez sí. ¿Hay Dios? Pues tal vez sí, pero de ser así todos somos Dioses totalmente distintos. Lo opuesto que es el monoteísmo, desde luego, me parece un cuento infantil que no comprendo, como tantos millones de personas han llegado a creer.

ECP: Claro. El monoteísmo es el emblema de todas las dictaduras y, por ejemplo, en El señor de los anillos se ve con claridad: sólo una persona puede poseer el anillo.

JB: Sí. Además, el poder absoluto representado en un solo objeto, como te he dicho antes, me parece algo muy empobrecedor. La verdad es que tenemos la manía de querer llamar a las cosas por su nombre y creemos que sin Dios no puede haber espiritualidad, lo cual es falso porque, que yo sepa, la única criatura de la tierra que puede ser espiritual con Dios o sin Dios es el hombre. La verdad es que la pregunta por el sí mismo o por el origen no tiene por qué tener que ver con la existencia de un ser supremo, sino sencillamente con la propia ignorancia que te lleva a hacerte esa misma pregunta. Se puede ser perfectamente espiritual sin tener la más mínima creencia en un Dios.

ECP: Pasando a otro tema, ¿realmente tienes absoluta libertad para expresar tus gustos y querencias en los artículos que realizas, a pesar de escribir en un medio masivo?

JB: Sí. Completamente. Nunca he tenido censura de ningún tipo.

ECP: Por lo que podríamos decir que la vida te ha cambiado para mejor desde que publicas.

JB: Sí. Lo cierto es que este hecho me ha proporcionado muchas facilidades. Supongo que habrá muchos más casos en España y cada escritor tendrá su propia experiencia con este tema como con el de la censura. Yo lo que sí sé es que estoy escribiendo todos los lunes en la página de cultura de un periódico que es el segundo más leído de España sobre un escritor muy raro de Praga, un pintor al que no conoce casi nadie de tal lugar, un suceso que me ocurrió en México, etc. En realidad, esto es un privilegio.

ECP: Además, es muy curioso, porque parece que lo realizas desde la periferia, sin estar incrustado en ningún centro narrativo español.

JB: Sí. Estoy de acuerdo. De hecho, mi columna se llama “Las afueras”. No puede haber nada más periférico.

ECP: Y hablando de la periferia y volviendo al tema de tu primer libro de cuentos premiado en Argentina. ¿Has estado en Buenos Aires?

JB: Sí. Y me gusta mucho. Estuve viviendo allí durante unos seis o siete meses.

 ECP: ¿Ibas al fútbol allí?

JB: Hombre, claro. Siempre que podía iba a ver a Boca Juniors con mi amigo Martín Caparrós.

ECP: ¡Ah, sí! ¡El periodista! Por cierto, hace unos meses publicó un libro sobre Boca.

JB: Sí. Se llama Boquita y tiene una portada estupenda con la camiseta antigua del equipo en primer plano. La verdad es que lo pasaba muy, muy bien viendo a Boca Juniors, aunque no tuve mucha suerte, porque no pude verlo ganar ningún título y no sé qué sucede en el fútbol argentino que cuando se enfrentan entre ellos no es demasiado atractivo de observar o, al menos, a mí me lo parece.

ECP: Sí. Sin duda, es una experiencia intensa. Tan intensa que te puede absorber completamente, como el país argentino. Supongo que ese el problema: al final te acabas cansando un poco por saturación de todo esto.

JB: Sí. Además, imagínate que yo era un escritor español en Buenos Aires y también acababa bastante, bastante fatigado de esta ciudad, por otra parte, fascinante. Así que, de vez en cuando, me tenía que ir a Río de Janeiro para tomar aire y descansar. Pero, de todas maneras, me gusta mucho esta ciudad.

ECP: Y, por ejemplo, ¿te veías involucrado en el típico y manido debate Borges-Arlt o grupo de Florida y de Boedo?

JB: Bueno, claro que no. Yo pienso que igual que en el fútbol es necesario elegir ser de un equipo o de otro para disfrutar por entero del juego y no puedes ser, por ejemplo, a la vez, del Real Madrid y del Barcelona, esto no sucede en la literatura. Yo soy de Borges, pero también soy de Roberto Arlt. Además, yo tampoco soy excesivamente mitómano como para detenerme en un sitio y decir que ahí estuvo Borges y por ello debo reverenciarlo. A mí lo que me gustan son las librerías o los parques y no soy de perseguir los lugares por los que podía haber pasado Borges o de visitar el periódico donde trabajó Roberto Arlt.

ECP: ¿Y te interesaba Murena?

JB: Bueno. Murena me parece un escritor menor, pero muy interesante. De todas maneras, me parece que la literatura argentina, como le pasa también a otras muchas como la peruana, posee esa figura de autor intelectual que apenas es conocido en España y, sin embargo, es muy, muy interesante. Por ejemplo, en Perú pasa esto con José Carlos Mariátegui, que es un escritor al que nadie conoce en España y que era un crítico formidable. Te citaría también el caso de amigos de Borges como Ulises Petit de Murat que no es muy conocido, pero es también un autor muy atractivo. Aunque si tuviera que decirte el nombre que más me interesaba dentro de los escritores de segundo orden —por llamarlos de alguna manera— era Manuel Peyrou. Al menos fue al que más leí.

ECP: Y entonces, ¿estás contento del camino elegido en tu vida?

JB: Sí. Sin duda. Además, no tengo por qué vivir de las rentas de mis novelas. A mí me encanta hacer reportajes y este género me parece igual de digno que otro cualquiera, aparte de estar bien pagado. Esto me permite moverme con bastante libertad. Así, aunque llevo dos años sin escribir ninguna novela, como este año tampoco me apetece comenzar ninguna, lo que voy a hacer es dedicarme a traducir, que es otra posibilidad que se abre dentro del terreno de la escritura.

ECP: ¿Y a quién vas a traducir o has traducido?

JB: Bueno. Son encargos. Acabo de traducir una biografía maravillosa de Melville que sale esta primavera. También voy a traducir al escritor norteamericano Dennis Cooper, y tengo que hacerlo, a su vez, con otra novela —cuyo nombre no puedo decirte por varios motivos— de la que han vendido los derechos a Hollywood recientemente.

ECP: Bueno. Pero esa actividad es genial. Decía Cortázar que el traductor, en buena manera, también ejerce como escritor de aquello que traduce.

JB: Sí. Bueno. Yo con la traducción del libro de Melville he aprendido muchísimo acerca de cómo, por ejemplo, se hace una biografía, lo que me parece muy interesante además de, claro, determinadas cuestiones sobre el lenguaje.

ECP: ¿Y el país más fascinante de todos los que hayas estado o el viaje que más te haya marcado?

JB: Te diría que la ciudad de Benarés fue la que más me ha fascinado dentro de un país realmente impresionante como La India. Además, te diría que, en general, toda Latinoamérica me ha parecido también muy interesante: me atraparon Bogotá y, por ejemplo, Lima es una ciudad a descubrir. Lima no es especialmente bonita, tiene un aspecto muy decadente, pero es una ciudad muy viva, muy potente. Como verás, soy más de viajar por el Tercer Mundo que por el primero.

ECP: ¿Y tus gustos musicales?

JB: Erik Satie me gusta mucho, también el folklore y la música de los Balcanes y ya más en concreto dentro de la música moderna me gustan mucho, mucho, mucho David Bowie y Tom Waits. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

 El mentiroso a veces dice la verdad

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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