Ken Dorstein: desafiando a Ícaro

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Hace unos años, realicé con ayuda de Rosa Isabel García, una entrevista por mail al editor televisivo y escritor Ken Dornstein a propósito de la publicación en España de un entrañable libro, El chico que cayó del cielo (Kailas, 2006), a través del cual, recuperaba la memoria de su hermano muerto en diciembre de 1988 en un accidente de avión. La entrevista se publicó en la revista El coloquio de los perros y la dejo a continuación:

EL COLOQUIO DE LOS PERROS: En primer lugar, me gustaría felicitarte por el libro. Me ha parecido sensacional la manera de urdir presente, futuro, investigación, memoria y la claridad con la que está expuesta la narración.

KEN DORNSTEIN: Gracias. Es una de las primeras críticas directas que recibo de lectores españoles. Me halaga.

ECP: ¿Piensas que realmente tu hermano podría haber sido un gran escritor? ¿Has llegado a publicar algo de él o lo has considerado?

KD: En las semanas posteriores a la muerte de David pensé que debía tratar de publicar una colección con sus relatos, pero los manuscritos estaban demasiado fragmentados, poco definidos, todos inacabados. Tenía diecinueve años en aquel entonces, de modo que quizá no fuera capaz de juzgar el verdadero valor de su obra, pero otros que habían leído relatos suyos —algunos amigos íntimos de David, entre ellos escritores— no parecían tener prisa en publicarlos. Años más tarde, al trabajar en este libro, volví a leer los relatos. Traté de descifrarlos. Saqué algunas claves sobre aspectos de la vida de David. Me reí a veces, y disfruté con el lenguaje, aún cuando las historias se desmoronaban. Pero no he vuelto a plantearme el publicarlos. No son demasiado amenos de leer. Encontré las cartas de David y su diario íntimo mucho más interesantes. Pero no puedo imaginar… ¿Qué pienso yo que David habría hecho con su vida si se le hubiese permitido vivir más? Los viejos amigos de David me repetían a menudo que murió joven —con veinticinco años— así que, ¿quién sabe lo que habría ocurrido? No quiero cerrar el libro con la posibilidad de que David hubiese sido un gran escritor; podría haber prosperado en un mundo literario que desde entonces ha acogido a David Foster Wallace y Dave Eggers (dos Daves cuyo lenguaje inventivo me recuerda al de los manuscritos amarillentos de mi propio Dave), pero no tengo el ciego convencimiento de que él habría encaminado sus pasos hacia ese mundo.

ECP: Tu hermano es un personaje realmente entrañable. ¿Hasta qué punto piensas que os parecéis y cómo piensas que la búsqueda de ti mismo te ayudó a acercarte a él y al mismo tiempo definir tu personalidad?

KD: ¿Físicamente? Yo nunca vi ningún parecido entre nosotros mientras él estuvo vivo, y es ahora cuando lo veo cada vez más. En un momento dado, llevé el manuscrito de El chico que se cayó del cielo a una imprenta. Al volver, el hombre detrás del mostrador me preguntó si las fotos que había puesto en el libro me retrataban a mí (él se refería a fotos de David). Me asombró que pensara que David y yo nos parecíamos lo suficiente como para hacerme esa pregunta. Mi hijo pequeño Sam solía confundir a David conmigo en fotos suyas, pero ahora las ve y dice, «Este es Tío David» (…) David insistía en nuestro parecido, y yo por lo general me resistía a ello. Uno de los logros del libro ha sido el que ahora veo más de mí mismo en él, y de él en mí.

ECP: Uno de los momentos más sorprendentes del libro es en el que empiezas a conocer a las novias de tu hermano y a entablar relaciones con Kathryn. ¿Cómo pudiste distanciarte de la realidad para narrar este proceso?

KD: En la propuesta que escribí para conseguir el contrato del libro, hice una referencia entre paréntesis a Kathryn. Yo sólo podía imaginar escribir este libro sobre David si la dejaba a un lado. Las únicas historias que yo conocía sobre matrimonios se habían escrito normalmente una vez que estos habían acabado (feliz o lamentablemente), pero no justo en medio, y menos aún cuando todavía sobrevolaba sobre ello una nube de incertidumbre. Puede que sea significativo que comenzara a escribir el libro en su forma actual, cuando mi relación con Kathryn era mucho más que una referencia de pasada, después del nacimiento de nuestro hijo Sam a finales de septiembre de 2002. David y Kathryn habían sido una pareja, pero ahora Kathryn y yo éramos padres. El pasado parecía mucho más remoto. Kathryn y yo estábamos ahora muchísimo más en el presente, unidos de una forma poderosa y nueva por un niño al que no le importaba cómo habíamos acabado juntos. Tal vez algo de la aceptación básica, urgente y radical como padres por parte de nuestro hijo hacia nosotros me ayudó a separar “la historia” de Kathryn y Ken de la realidad vivida, y ese distanciamiento del pasado hizo la narración posible.

ECP: Todo el libro está expuesto con una admirable contención y, sin embargo, narras acontecimientos trágicos, nostálgicos. Creo que en estos detalles se nota tu experiencia como documentalista. ¿Estás de acuerdo? ¿Hasta qué punto tu trabajo en televisión te ha ayudado a forjar el libro tal y como aparece ante el lector?

KD: Algunas de las personas que escriben libros como el mío —¿podríamos llamarlo “memorias”?— dicen que pensaron en contar sus historias en forma de novela. Esto nunca me ocurrió. Me gustan los problemas que plantea la no ficción, las restricciones y las preguntas que surgen cuando se trata de contar historias “verdaderas”. Un documental es siempre incompleto, tanto si escribes un relato de no ficción como si haces una película: siempre faltan páginas, trozos en las películas de archivo. El verdadero desafío en esta clase de trabajo es cómo reconoces esos espacios en blanco, pero aún así, intentas crear un todo a partir de los fragmentos. Tal vez lo que usted llama “contención” es mi compromiso periodístico de dejar el hecho o el detalle que he escogido, hablar por sí mismo, a pesar de que los hechos, en este caso, relacionados con la muerte de mi hermano, traten de algo profundamente personal para mí.

ECP: ¿Cómo llegaste a mezclar tantos géneros distintos —novela espistolar, autobiográfica, documental— sin caer en el caos? ¿Cuál fue el método de trabajo que te impusiste? ¿Fue surgiendo instintivamente?

KD: Con el trabajo de no ficción tomas el material que te dan, independientemente de que puedas reunir mas información, y tratas de sacar algo de ello, así que realmente no tuve más opción que mezclar géneros. Soy extraordinariamente organizado y cuidadoso cuando se trata de mis fuentes. Leí y tomé apuntes sobre cada uno de los cuadernos de mi hermano, relatos, cartas, etc. Leí y tomé apuntes sobre cada aspecto de la explosión del Vuelo 103. Mantuve un diario sobre mi propia experiencia realizando la investigación para tener así apuntes claros sobre lo que yo sentía mientras trabajaba en el libro (muy útil, de hecho, pues el trabajo duró muchos años). Cuando llegó el momento de escribir, tenía varias carpetas de apuntes, todo ordenado cronológicamente. La cronología es la base de la narrativa; incluso cuando no cuentas la historia en ese orden, necesitas conocer el orden de los acontecimientos. Mientras me movía de capítulo a capítulo, buscaba en mis carpetas cómo seguían la vida de David y la mía en un momento dado. Observaba que nos había escrito unas cartas a mi padre y a mí en la misma fecha, por ejemplo, pero él me escribía de manera diferente a cómo escribía a mi padre. El que se solaparan diferentes fuentes para el mismo período de tiempo me ayudó a sugerir conexiones. La clave para mí fue enfocar el trabajo sistemáticamente, dejando un rastro de migajas de pan por el camino, para no perderme.

ECP: Otro aspecto curioso del libro es la relación en penumbra que hay entre tú y tu hermano y vuestros padres. Por momentos, se apuntan conflictos generacionales y edípicos con ellos. Siendo, aparentemente, tan distintos, ¿Cómo explicas la vocación artística de tu hermano y la tuya?

KD: El padre de mi padre era un proveedor cosher, un inmigrante de primera generación que vino a Nueva York desde Polonia. Mi padre era médico de familia. Solía decir que la primera generación que llegó a América era comerciante, la segunda generación, profesionales (médicos, abogados, contables, etc.), y la tercera generación escogería la vida de las letras, es decir, artistas o eruditos. No sé hasta dónde se aplica esto, pero nuestra familia seguramente encaja con lo que decía mi padre. (Mi hermana se hizo médico y se tomó poco interés en el arte y la literatura, así que tal vez la teoría no se aplique totalmente a nosotros). En cualquier caso, nunca sentí que fuera insólito que David y yo nos dedicáramos a las bellas artes.

ECP: ¿Qué sentiste al terminar la redacción del libro? ¿Y cuando el libro estaba en las librerías? ¿Crees que tu hermano volvía a vivir una vida diferente, un nuevo destino gracias a ti?

KD: No recuerdo haber sentido en ningún momento que había acabado el libro como creí que pasaría. Nunca hubo un momento en que escribiera “Fin”, como les ocurre a los escritores en las películas. Gradualmente, mientras el libro pasaba por las diferentes fases de publicación, fui aceptando que estaba terminado. La portada del libro publicado en el Reino Unido reproducía una fotografía de David —fue asombroso verlo en la ventana de una librería de Heathrow, sabiendo que años antes David había pasado sus últimas horas en aquel aeropuerto y ahora él había vuelto allí—. Recibo e-mails de gente que ha leído el libro —el último, esta tarde— y a menudo me dicen que para ellos es como si conocieran a David de toda la vida y prometen no olvidarlo nunca. Siento que así le he alargado la vida a David: él sobrevive mientras alguien lo recuerde.

ECP: ¿Cuáles son los escritores norteamericanos que más te han influenciado? En el libro se menciona a Salinger, a Faulkner, a Auden, en relación con la escritura de tu hermano. Pero me gustaría saber cuáles son los que más te han influenciado a ti.

KD: Hubo varios libros muy importantes para mí mientras escribía la novela. El más destacable fue quizás una novela de William Maxwell Adiós, hasta mañana, acerca de un anciano que retrocede al complicado momento de su niñez en que su madre muere. El título original de esta novela, Undestroyed, proviene de la última oración de la novela de Maxwell. Tendrá que leerlo para entender la referencia, merece la pena.

ECP: ¿Cuál es la opinión que te merece Paul Auster?

KD: También influyó mucho en mí la novela corta sobre su padre, La invención de la soledad. Hay muchas oraciones en mi libro que claramente toman prestada la misma estructura que algunas de Paul Auster (…) Un libro más reciente que me impresionó mucho cuando ya estaba acabando las revisiones finales de este libro, fue Another bullshit night in suck city de Nick Flynn. La ambición del padre de Nick era hacerse escritor, pero ni que decir tiene que no alcanzó la grandeza literaria.

ECP: En el libro se hace referencia en el transcurso del relato al grupo de música Yo La Tengo. Tu hermano y tú adorábais a ese grupo. ¿Cuál es el disco que más os gustaba de ellos? ¿Qué otros grupos musicales amábais y formaron parte de vuestras vidas?

KD: El primer álbum suyo que compré solo después de la muerte de David se llamaba Fakebook. Es un álbum insólito para ellos, más melódico y menos marcado por sus característicos riffs de guitarra discordante. Kathryn y yo escuchamos aquel álbum un millón de veces durante nuestra primera época juntos. La canción más importante para mí durante los primeros años de trabajo de este libro fue una canción de Yo La Tengo llamada “By the time it gets dark”. Pertenece a su álbum Little Honda. Es una canción profundamente triste, pero dolorosamente esperanzadora también, y realmente marcó el tono de todo el proyecto.

ECP: ¿Estás ocupado en la escritura de algún libro actualmente?

KD: Creo que es más que probable que escriba otro libro en mi vida, pero no pienso decírselo a nadie hasta que esté acabado. Se hace pesado y agotador contestar a las preguntas de cómo te va. Hablar sobre un libro mientras lo estás escribiendo es una manera de no escribirlo.

ECP: ¿Cómo están tus hijos y tu esposa (también personajes del libro)?

KD: Mi hijo Sam está aprendiendo ahora a escribir las letras de su nombre SAM. Mi hija Sophie tiene un vocabulario de aproximadamente diez palabras, y aún así es una sabelotodo. Kathryn y yo a veces nos miramos incrédulos por nuestra escandalosa buena suerte. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Es mejor encender una luz que maldecir la oscuridad

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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