Klaus el idómito

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No sé si es necesario expresar algo cuando uno se refiere a alguien tan excéntrico, conocido e indómito como Klaus Kinski. Estoy leyendo estos días su biografía Yo necesito amor mientras escucho viejos temas de Nina Hagen, y estoy disfrutando muchísimo. Pero, sobre todo, comprendiendo al mito. Basta leer las páginas que dedica a su infancia y primera juventud para entender a un hombre escandaloso que se propuso superar al ruido. Hablar más alto que los rayos y truenos y humillar a los dioses. Un retoño de los lobos criado entre cavernas, el hambre, metralla nazi y un insondable hastío que intentó devorar el mundo y sus hijos de un solo bocado y si hubiera podido, hubiera incinerado a media humanidad en un pozo de petroleo y a la otra media, se la hubiera follado.

Dejo de momento dos citas del libro, no porque sean realmente significativas, dado que el conjunto de las páginas está plagado de anécdotas extremas, sino porque, de algún modo, reflejan con brevedad y suma exactitud la megalómana, compleja, viciosa y viciada, extraña y fuera de todo lo común, personalidad de la que hablamos. Un hombre que necesitaba amor porque él no estaba dispuesto a dárselo a nadie. Un vampiro frustrado y airado por no tener a su disposición arenas y océanos de sangre que chupar y en los que bañarse. Un ídolo aborigen atrapado en el cuerpo de un occidental. Un asesino sin remordimientos que hubiera mandado quemar todos los libros y bibliotecas del mundo si hubiera podido, a excepción de las obras de Fiodor Dostoievsky. Un primo-hermano de los heremitas y los santones fatigado de ver nombrar a Dios en vano. Verdugo y víctima, rata y queso, abogado y diablo y santo y loco y suntuoso monje, Klaus Kinski fue una mezcla compleja e inexplicable entre un emperador y un villano, un dios sobrenatural caído a la tierra y un harapiento pueblerino convencido de que morir sólo se puede y ha de morirse de una forma: sin dejar de comer, drogarse, beber y fornicar durante horas y horas y día y meses hasta que nuestro corazón estalle.

“Como regalo de despedida, Elsa de me da las Baladas de Francois Villon. La leo en el autobús. Al amanecer, cuando salimos del Avus, sé que Villon soy yo”.

“Durante una de las representaciones de Las veinteañeras sucede algo que desde entonces me dará que pensar. En una escena estoy solo en el escenario y sólo tengo que pasearme pensativo de aquí para allá, sin hablar. De repente me encuentro sobre una rampa que ya no pertenece al decorado, y miro fijamente la sala llena de espectadores, pero oscura como boca de lobo. O, mejor dicho, miro a través de la oscuridad y del público. Porque no es el público lo que busco con la mirada: intento distinguir algo mucho más remoto de lo que puede ver el ojo humano. No sé que es lo que intento distinguir, pero es más importante que el hecho de encontrarme en un escenario. Creo que lo que veo es mi futuro, que ya no tiene nada que ver con el teatro ni con el oficio de actor. Estoy tan ausente que durante un buen rato me olvido completamente de dónde estoy. El inquietante silencio de los espectadores me devuelve a la realidad del momento.  El regidor dice que he detenido la función durante diez minutos. Bueno, ¿y qué?” Shalam

 الصبْر مِفْتاح الفرج

 La unión en el rebaño obliga al león a acostarse con hambre

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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