La broma infinita

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La broma infinita era Demerol. O Prozack. Distopía genética. Un Cromemberg alargado al infinito. Videodrome deformado en el espejo del capitalismo tardío americano. Reflejos de los vestigios caídos de la epopeya pop mezclados con unas cuantas rayas de crack y una prosa lisérgica contaminada de publicidad, deporte y lenguaje empresarial sabiamente dosificado con máximas extraídas de los textos de autoayuda. La broma infinita era un libro loco. La locura necesaria para cerrar un siglo chalado. Un cómic descuartizado. Escritura atrófica expandiéndose en el tiempo y destrozando sus limitaciones, a medida que trazaba capítulos con la violencia de una bomba. Los átomos de una sustancia química encaramados a las páginas de un libro empeñado en reformular el concepto de literatura. Y de realidad. Una novela que combinaba las alucinaciones conspiranoicas de William Burroughs con las epopeyas apocalípticas de J.G.Ballard obsesionada con la dinámica del sinsentido. Penetrar en las dimensiones de “lo terminal”, y quebrar las líneas que separaban a la competitividad del deporte moderno del delirio pop más agudo. Entrelazando la mente del deportista con la de los yonkies. La avidez por el triunfo con la de la droga. El afán por el nuevo resultado con el de las novedades cinematográficas, productos comerciales, rotuladores de labios o materiales para mejorar el contacto de las raquetas de tenis con el morboso interés por la literatura de desastres, los aliens o los monstruos mutantes. Esa broma infinita de festines culturales diseñados para un público insaciable en que se había convertido el arte de fin de siglo, ya transformado en espectáculo. O más bien, en fenómeno. Acontecimiento y bruma. Doping cubista. Pesadilla insaciable en bucle continuo.

La broma infinita era un libro parecido a una receta médica que provocaba alucinaciones, fascinaciones inéditas, fastidio, aburrimiento o exaltación. Las palabras y la cosas de la narrativa esquizoide. Creo que porque la novela era la broma en sí misma, y no la película del mismo nombre a la que aludía en su interior. La muestra de que todo era ya capitalismo. Y que su futuro derrumbe no provocaría más reacciones que la constatación de que hacía ya tiempo, lo psicótico había devenido en  “lo real”, como lo imaginario en “lo esquizofrénico” y lo neurótico, en “lo normal”. La heroína era un cáliz espiritual, y la soledad y la depresión el ritual de lo habitual para ponerse en contacto con la “comunidad”. Los extraterrestres. O el mundo interior. Que no era más que mundo exterior. El mantra del kleenex y la ropa interior de marca.

La broma infinita era un intento de llevar la ciencia ficción a la alta cultura. Un intento de acabar con la literatura de Thomas Pynchon. Y más en general, con la literatura a gran escala. De transformarnos a todos los lectores en estudiantes universitarios leyendo en voz alta frases grabadas en una pizarra. Haciéndonos tomar conciencia de que la cultura de masas se encuentra basada en un eterno proceso de hipnosis y que sin manipulación, este mundo se cae porque sus fundamentos éticos no existen. Como tampoco el dinero o todos esos personajes de ficción que consideramos más reales que nuestros familiares. Era literatura convertida en una tarjeta de crédito. La constatación de que el movimiento hippie nació muerto y los zombies que invaden Usa, surgieron de sus restos. Y no tanto de las estelas del consumismo. De que hacía ya demasiados años que el Playboy, la Penthouse o la Rolling Stone no eran “cool”. Y que la escritura más excitante y moderna no se hallaba en los libros sino en la publicidad, los talones de cheques, los contratos bancarios o los prospectos de medicamentos. Y, sobre todo, en la deportiva. En las crónicas de los partidos de tenis, béisbol, bowling o fútbol americano. Las voces de los locutores televisivos mezcladas con antidepresivos en las mentes de los maníacos encerrados en sanatorios o en las de esas masas hacinadas en estadios, consumiendo hamburguesas y refrescos azucarados mirando de reojo un folleto sobre milagrosas dietas o productos veganos.

La broma infinita, sí, era un apéndice a la biografía de Agassi. Un racord alargado en el tiempo. Un retrato caleidoscópico del músculo de un dopado. Una exploración sobre aquello que se escondía tras la sonrisa de Sampras, el suicidio de Kurt Cobain y la mamada de Monica Lewinsky a Bill Clinton. Lo que verdaderamente ocultaban esos actos y sobre todo, su publicitación. Un absurdo ritual caníbal en que el chamán y los cazadores danzaban en torno a un fuego lleno de donuts, Lacasitos y unas cuantas prostitutas de lujo sacadas de una página web. La prueba de que la cultura pop era la puerta de entrada a un campo de concentración y que las empresas han destrozado la vida social. El primer libro que se disfrutaba más leyendo sus reseñas que adentrándose en sus páginas. Y también el último. Casi una continuación, varios siglos después, del Tristam Shandy. Un texto hecho para extraer conclusiones, imágenes, volar. Retardar el orgasmo hasta su total negación. Confundir las neuronas cerebrales. Una interminable nota a pie de página sobre el fin del posmodernismo y el advenimiento de la globalización. La voluntad de construir novelas parecidas a las mónadas de Leibniz. Idénticas a sí mismas, sujetas a su propio espacio y ritmo que no necesiten al lector para existir. Y si es posible, lo destrocen. Nieguen su inteligencia y lo sobresaturen de estímulos y detalles nimios a la manera de la tortura catódica sufrida por millones de consumidores modernos.

Foster Wallace consiguió algo difícil. Crear el primer disco-libro. Algo parecido a un sampler repleto de variantes continuas que no llegan a ninguna parte. Retratar la era Internet cuando apenas estaba dando sus primeros balbuceos. Y escribir como si en vez de un ser humano, fuera una computadora simulando hacerlo como Foster Wallace. El sueño delirante de Philip K. Dick. Despojar del ritmo y cadencia de las frases, cualquier sentimiento. Y convertir cada capítulo, en la secuencia de un programa de computación dando vueltas eternas sobre sí mismo, presentando diversos textos sobre la misma cuestión: La disolución del yo. El fin del hombre. La carcajada industrial. La risa publicitaria. Un laboratorio repleto de tubos conteniendo el esperma de los campeones. Las neuronas de los genios. O extractos del pelo del pubis de las modelos. En definitiva, la fórmula del éxito. La broma infinita. Chicas con el pelo raro pintado de colores sonriendo a la cámara. Bowie travestido follándose a David Letterman. Montañas de papel acumuladas en enormes bibliotecas siendo convertidas en bits holográficos. El efecto fin de siglo. Y la escritura transformada en un teorema matemático, una fórmula física para luchar contra la tendencia a domesticarla. Literaturizarla. Convertirla en historia y no en arma química con la que destrozar las bacterias inoculadas por los Estados y Empresas en el inconsciente moderno. La verdadera guerra nuclear. Y fría. Casi gélida y suicida, como prueba el prematuro final del escritor norteamericano.

En fin, La broma infinita era una galaxia irreal. Semen extraído de una máquina. Un grito de auxilio en medio de un inmenso centro comercial o una excursión por Disney que nadie osó escuchar. La respuesta de la literatura a los experimentos de Grant Morrison en el cómic. Y, en suma, la prueba de que, como señalaba David Markson, el lector siempre está solo. Y ni montañas de palabras, frases y capítulos, obras de arte, espectáculos y productos de consumo, podrán evitar que antes o después muramos. Shalam

 كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

 ¿Qué ve el ciego cuando se le pone una lámpara en la mano?

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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