La cámara sangrienta

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Absorto me encuentro tras haber terminado de leer las oníricas, sabrosas, decadentes recreaciones de cuentos infantiles realizadas por Angela Carter en La cámara sangrienta. ¿Cómo es posible llegar a condensar tanto una escritura, simbiotizarse hasta límites insospechados con unas historias de tal modo que finalmente conviertes tus textos en brebajes, marmita de bruja donde caben pies de rana, cabellos de lobo y azufre? Si he de ser sincero, es tan prodigioso el talento de Carter que no me he resistido a copiar frases y frases suyas -que obviamente indicaré a quién pertenecen- en la nocturna novela que estoy escribiendo ahora. De hecho, por momentos he ansiado con toda mi alma haber escrito alguno de esos textos tan intensos y mágicos. Ser ellos. Lo que me ha obligado a preguntarme cómo alguien es capaz de escribir tan, tan bien y sorprenderme, dejarme con la boca abierta tras años y años de compulsivas lecturas. ¿Qué decir? A falta de leer otros libros suyos, he de declarar que ya considero a Carter entre las mejores escritoras del pasado siglo junto a Alice Munro, Patricia Highsmith y Clarice Lispector. Aunque siendo sinceros, pienso que en lo que se refiere al manejo de las palabras, a los simbolismos con los que las recubre y juega convirtiendo cada frase en un ruta repleta de pasajes insólitos donde faunos, doncellas y lobos se desplazan con absoluta naturalidad creando un envolvente ambiente repleto de atmósferas y ecos surreales, es la más grande. Es una artista verdaderamente incomparable. La reina de un mundo simbólico y lunático donde Gaston Bachelard y Lewis Carroll se toman un té de miel del que surgen matas de hojas recubiertas de malignas flores exóticas que embriagan y seducen con sólo mirarlas. Desprenden un narcótico olor que emborracha los sentidos haciéndonos esclavos de su frágil y terrible compostura. La mordedura de una mariposa multicolor cuyo vuelo se despliega por nuestra memoria hipnotizándonos.

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“Barbarroja”, “Caperucita y el lobo feroz” o “El gato con botas”. No existe relato tocado por la pluma de Carter, filtrado a través de su mirada felina, su cuerpo-escritura animal dispuesto a comerse al lector de un tajo, que no sea un festín exuberante, no parezca pertenecerle a ella. Una escritora que pudiera perfectamente haber venido desde confines remotos, siglos y civilizaciones perdidas, otras vidas, para reivindicar su autoría sobre varios de los más importantes cuentos románticos e infantiles. Para subrayar que no sólo fue ella quien les dio voz y los concibió junto a las hogueras encendidas en los fríos salones de casas perdidas en los campos y bosques sino que en realidad también los protagonizó: caminó por una vereda encantada donde las ramas de los pinos se doblaban conforme el viento movía los pliegues de su falda, el cielo se oscurecía tiñéndose de un áspero negro que recubría la tierra y pervertía los sueños, y los lobos aullaban sobre la colina de montes solitarios; también se casó con un hombre de una estatura enorme que vivía en un palacio situado en medio de una isla donde se escuchaba ópera constantemente, le servían las más preciadas truchas y cangrejos en platos de bronce con incrustraciones de oro y tenía prohibido acceder a una cámara de hierro usando una llave triangular escondida debajo de una alcoba; y además, fue una muchacha de ojos prietos y mirada turbia que dormía en diferentes tumbas en días donde ni un solo rayo de luz se filtraba en los torreones por los que se movía vigilante, buscando una sola gota de sangre que beber.

Exactamente, esto es lo que sucede con La cámara sangrienta. Que la autora no narra ni describe. Carter se transforma, deviene letra escrita de sus propios relatos, materia sangrienta compuesta a través del deseo más que de la reflexión. Porque el gran acontecimiento de este libro consiste en asistir al encuentro fortuito y gozoso, libidinoso, entre la escritora y lo narrado. Un exuberante coito con escenas y momentos de horror y terror pero también de un frío placer indescriptible que hiela el cuerpo. Aunque, en realidad, son tantos los hermosos detalles y recovecos de marfil que recubren una escritura tan febril como precisa y alucinada que es difícil cifrar sus aciertos en una u otra característica en concreto. Por más que, desde luego, destaque su misteriosa manera de representar el poder y misterio femeninos. Un poderío acongojante que se diría es el que transforma a los hombres en lobos ante su incapacidad de encauzar sus deseos si no es por medio de una animalidad. Dudo mucho además que alguien haya descrito la luna o más bien el ambiente bucólico, oculto reino de magia y misterio, al que invita la noche como Carter. Porque en sus relatos, de veras, no se describe el astro celeste. Más bien, su fulminante luz resplandece emergiendo a través de palabras que son grietas lunares. Pasaje oscuro que se difumina en la sombra de mitos que emergen de las profundidades del inconsciente vivificándose y recomponiéndose más allá de la memoria que guardamos de ellos. Destrozando el palacio de marfil para inundar los bosques con la violencia de unos relatos que juegan con algunas de las situaciones a los que se enfrentan los personajes construidos por el Marqués de Sade entroncando su lucha en oníricos mundos que pudieran haber sido retratados por el pincel de Gustave Moreau y haber sido cantados por William Blake. Rompen los límites y leyes a través de las que observamos las civilizaciones sumergiéndonos en la barbarie animal a través de la que fueron construidas.

La cáma sangrienta, sí, es un dulce y peligroso perfume otoñal. Un retrato del mundo interior de la naturaleza. El aliento de un violento fauno obsesionado con la mirada y cuerpo de una lánguida adolescente. Un suntuoso palacio lunar con vida propia. Un cuchillo afilado que corta la piel con tan sólo mirarlo. El incontenible deseo de los cielos por besar los labios de las mujeres que acostumbran a bañarse en los ríos cuando hay luna llena. Salvajes parajes donde violentas adolescentes persiguen lobos. En definitiva, un libro de relatos, caja china interminable, cuyos ecos se escuchan y resuenan en tiempos diferentes convirtiendo historias cuyos secretos creíamos conocer y haber comprendido, en estrellas incógnitas, estelas de luz que nos devuelven una visión de aquello que somos la cual nunca se termina de aclarar. Refulge poderosa en el alba entremezclada con viejas resonancias míticas de las que nuestro recuerdo y memoria beben diariamente como si fuera la primera vez que atisbáramos sus secretos, el confín de sus noctámbulas fronteras. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Terminado el juego, rey y peón vuelven  a la misma caja

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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