La campana

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Dos de los últimos libros que he leído,  –Los hermosos años del castigo y La campana de cristal– exploran el peliagudo tema del sucidio. La novela de Fleur Jaeggy lo hace de manera indirecta. Camuflando el drama personal de una bella adolescente encerrada en un internado, tras una historia de amor. De hecho, en primera instancia, el texto da la impresión de ser un relato lésbico. Y en su mayor parte, no aparenta más que ser un mero recuento de anécdotas intrascendentes que rondan la cabeza de una joven en etapa de formación. Una novela de aprendizaje que mezcla frivolidad y dureza de forma equilibrada. Pero sorprendentemente, en sus páginas finales, es cuando despliega todas su cartas y muestra su verdadero rostro no tan ajeno al de los films de Michael Haneke o las novelas de Thomas Bernhard. Sin una palabra más fuerte que otra, casi con gelidez, Jaeggy nos sacude. Nos clava un afilado cuchillo en las manos y nos despierta. Haciéndonos comprender que todas las palabras anteriormente escritas, no eran más que una manera de sortear lo esencial. Y que, en realidad, lo que estaba describiéndonos era el proceso por el cual las instituciones someten a las personas y a las adolescentes se les seca la savia vital. Los hermosos años del castigo es un libro sencillo cuyo último sentido hay que buscarlo en lo elidido. En lo que no se dice ni se muestra o en el cuello colgando de una horca de una bella joven cuyo mundo interior es destrozado por una sociedad áspera en la que el interés prima por encima de cualquier sentimiento, las familias están solas, y todas las miradas buscan algo. Son incapaces de detenerse a contemplar sin objetivo alguno un fenómeno natural. Jaeggy no explora ni busca. Simplemente describe sin implicarse en absoluto. Y por ello, narra con igual soltura y fluidez la caída de los copos de nieve sobre la ventana como el rostro de una muchacha muerta. Consiguiendo sacar a la luz la crueldad que esconde todo suicidio, al hacerlo pasar como otra circunstancia más de la vida sin mayor importancia.

Por el contrario, La Campana de cristal es mucho más enfática en la tragedia. El desorden. Como la de Jaeggy, la novela engaña. Al principio, parece un retrato de una joven frívola y la superficialidad del mundo de la moda pero al final, se revela como un auténtico viaje a los infiernos. La protagonista no se suicida pero es obvio que el texto anuncia el trágico final de la vida de Sylvia Plath. En La campana, el mundo adulto es cruel. Una selva darwinista a la que es necesario adaptarse o acomodarse. Da la sensación de que Plath desearía haber perpetuado un instante y no haber crecido jamás. Que hubiera disfrutado si la vida no hubiera consistido más que en dar vueltas sobre sí misma, entonando una canción, en medio de un prado lleno de trigo y flores abiertas. Plath refleja perfectamente en el texto lo cerca que se encuentran niñez y adolescencia y los mundos que los separan. Hace un elogio de la fragilidad, muestra sin complejos la deriva de la femineidad (y la masculinidad)  y desmonta las convenciones sociales con tanta facilidad como desesperación.  La campana de cristal es el retrato de una psique desbordada. Un texto que deja claro que el mundo moderno ha convertido la libertad en desestructuración y la naturalidad en locura. Y que cada diploma y premio que se consigue es un puñetazo a la inocencia. La campana es un texto imprescindible porque Plath escribe como una mariposa. Con levedad y ligereza. Y su aproximación a la locura, a la máquina social es sutil. No la confronta sino que deja que muestre su monstruosidad conforme pasan las páginas y su protagonista se encuentra cada vez más atrapada y asfixiada. Fácil de leer y adictiva, inteligente y esquiva, La campana de cristal podría titularse perfectamente Alicia en el país de los adultos. Porque es un libro que mezcla extrañeza y angustia para describir esa sociedad enferma de la que brotó el arte de Lou Reed o The Stooges. Bombas artísticas que evitaron la total autodestrucción de un país -EUA- contaminado de dinero. Colapsado por un exceso de capitalismo.

Cada uno a su manera, los textos de Jaeggy y Plath dejan su sibilino poso en el lector. Prueban que la literatura es un arte peligroso. Fuera de la ley. Más cerca del infierno que del cielo. Dejando claro que no puede ser un arte del sosiego y la delectación, ni tampoco un arte feliz. Y que, de algún modo, cada texto brillante es un atentado contra las normas sociales. Un desafío a la sociedad. Ninguna gran escritura ha mejorado el mundo porque brota precisamente de la neurosis de ese mismo mundo y su misión es por tanto, destruirla. Jaeggy y Plath escriben para vivir lo que les es negado. Y disfrutar de su enfermedad. El suicidio para ellas no es un drama sino un don. Una mueca divina. El poder (y deber) de los fracasados y perdidos. Shalam

الأَفْعَالُ أَبْلَغُ مِنَ الأَقْوَالِ

El genio comienza las grandes obras, pero sólo el trabajo las acaba

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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