La casa de hojas

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La imponente, escurridiza y asfixiante novela, La casa de hojas,que Mark Z. Danielewski dio a conocer en el año 2000 -tras prácticamente una década trabajando en ella-, se propuso -y creo que lo consiguió- finiquitar el posmodernismo, anticipando este sobrecogedor mundo (tan parecido a la terrorífica casa que describe en su libro) que no por azar llegó justo un año después de su publicación con el famoso atentado (o autoatentado)  a las Torres Gemelas del 11-S. Simbólico acto que ya nos introduciría de lleno -tras la invasión de Irak- en el orwelliano mundo actual que el NWO intenta imponer, el cual tiene sus raíces probablemente en decisiones tomadas tres siglos atrás aunque su instauración no comenzó a ser totalmente evidente hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, la caída del muro de Berlín, la guera de Bosnia y, por supuesto, la castración (o automutilación) pública que varios aviones realizaron sobre esos inmensos penes situados en Manhattan en el 2001.

Jorge Luis borges sostenía, basándose en ideas griegas, que un libro era una metáfora del mundo y tenía la posibilidad de contener el Universo. En cierto modo, su hermoso Atlas al igual que algunos de los textos que aparecían en su célebre narración “Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius” son ejemplos de ello. Y, en este caso, desde luego que La casa de hojas lo es. Hace unos días, indicaba en avería que, bajo mi punto de vista, nadie, absolutamente nadie había descrito el alma raída, desvaída y el mal en potencia del país mexicano como Roberto Bolaño lo había hecho en 2666. Pues bien, me parece que no existe ningún escritor (al fin y al cabo tanto John Barth como Thomas Pynchon son puntas de lanza, epígonos y no epílogos) que haya sabido sintetizar con una metáfora o en un solo libro los problemas, temáticas, raíces, causas y orígenes del posmodernismo como Mark Z. Danielewski en su novela. Porque al igual que ocurre con este complejo movimiento, los problemas a los que nos enfrenta su nutrido texto y, sobre todo, su inquietante casa cuyo enigmático comportamiento es sinónimo del mundo contemporáneo,  tienen que ver básicamente con el espacio.

De hecho, entiendo que La casa de hojas es un libro terrorífico en cuanto refleja con absoluta radicalidad esa dificultad, ese vacío al que se enfrenta el ser humano tras haber colonizado el mundo. El desgarro e impotencia que siente al comprobar que se está quedando sin lugar y lo que hasta hace pocos siglos parecía un mundo infinito es ahora un caparazón finito y progresivamente cerrado en sí mismo que, si no cambia su comportamiento, se cierne amenazadoramente sobre su espíritu. Promete destruirlo si él continúa destruyéndolo. Por ello, en la novela, ahora es la casa, el mundo el que coloniza al hombre. No ya un monstruo, un tigre gigantesco, un payaso rabioso o una ballena como Moby Dick sino una casa de aquellas en las que aspiran vivir las familias de clase media-alta norteamericana. Porque Danielewski se propuso diseccionar metafóricamente el problema central de su tiempo y lo consiguió realizando una simple metonimia que uniera tres significantes -casa, mundo y libro- en una narración donde el trío orgiástico fuera conducido al límite. Tanto es así que entiendo que todos esos                                              retortijones de la página,

todas esas mutaciones, interconexiones,

giros,

destrucciones del sentido común y el

nedro son violentas, acaso desesperadas manifestaciones  de esa búsqueda de un nuevo centro. El desgarro sentido ante la ausencia de espacio del mundo contemporáneo. Y, entendiéndolas así, pienso que podremos disfrutar además no sólo de la magnífica narración sino también de los últimos componentes a los que alude. Pues, en suma, todas esas desapariciones que ocurren en esa insólita casa que se corresponden con las roturas, pliegues, túneles y contrasentidos de las páginas de la novela no son, en mi opinión, sino atisbos, intuiciones del verdadero peligro real al que se alude: nuestro apocalipsis, nuestra más que probable desaparición en un mundo que ya creíamos domado y totalmente domesticado pero que nuestro escaso tacto e inconsciencia lo está convirtiendo en una fuente de destrucción. De terroooooooooor.                 De horroooooooor.
De miedo. Y, en este sentido, desde luego, que la esquizofrénica propuesta de Danielewski no se encuentra lejana de la del David Lynch de Carretera Perdida o Inland Empire. La casa de hojas -cuyo título podría ser también perfectamente y tal vez con mayor exactitud Las hojas de la casa– es un retrato feroz de cómo hemos convertido nuestro mundo en una pesadilla. Hemos perdido el hogar. Y nos hemos transformado en bastardos, asesinos que buscan la luz allí donde más oscura es la sombra. Rehenes -y si no que se lo pregunten a los hipotecados- de unas estructuras que supuestamente deberían protegernos y de las que somos expulsados sin piedad por el sistema político-económico (esa entelequia abstracta que lo mismo es agujero negro que placenta) en cuanto no respondemos a sus expectativas y leyes a veces tan abstrusas como la de la casa retratada por Danielewski.

A veces, es inevitable no reírse con el libro de Danielewski. El viaje que  nos propone y que se lleva a sus últimos extremos en la travesía final por la casa  en el que Will Navidson recorre cientos de kilómetros en segundos mientras el tiempo se desdobla y estrecha y amplifica caprichosamente, no se encuentra tan lejano del propuesto por Lewis Carroll en su Alicia. Y, sobre todo, de esa otra casa en que se convertiría el mundo -en los 90 la brecha de la red respecto a la realidad todavía no era gigantesca como actualmente- meses, años después de la publicación de su libro: internet. Un lugar en que, como en la casa, la identidad queda en suspenso. Es subvertida. A veces escondida y otras substraída e incluso obscurecida. Y podemos recorrer ………………millas………. y millas……………. encontrándonos en el mismo espacio, llevando al límite paradojas como la de Zenón citadas obviamente por Danielewski en su libro. Un texto que explora la cuarta (o quinta) dimensión buscando nuevos escondrijos, asideros en nuestra realidad, doblando perspectivas y ángulos como si fuera una movediza cámara de skype o telefónica y no una máquina literaria; intentando encontrar una nueva casa -que en este caso es lo mismo que planeta o literatura- que pueda contener nuestro derrame continuo de consumo y deseos. Nuestra necesidad de alargar el mundo (y la página en blanco) para no ser destruidos totalmente por ese nihilismo según el cual está construida, por ejemplo, la personalidad de Johnny Truant, ese yonqui que trabaja en un salón de tatuajes a través de cuyas ojos y voz nos es filtrado este delirio con más base real del que podamos creer en primera instancia.

Me resulta, por otra parte, muy curioso que, para continuar sin explicar lo inexplicable, en las páginas finales de la novela se aluda a una supuesta matanza contra los indígenas que se habría producido justo en el lugar donde se construyó la casa, al sudeste de Virginia, cerca los paisajes donde pudo desarrollarse la famosa historia de Pocahontas y el capitán John Smith que con tanta maestría filmó Terrence Malick en El nuevo mundo. Más que nada porque el descubrimiento de América (o el de Europa por parte de América, tanto da) marca el comienzo del fin. El momento justo en que la casa que era el mundo se amplificó hasta límites insospechados -por mor de este “impensable” encuentro- y al mismo tiempo se estrechó. Se disolvió en múltiples tiempos, sucesos y espejos espectrales que siglos después se han ido filtrando en gran parte de la novelística norteamericana y ha dado lugar a algunas de los mejores textos de Stephen king y resuena en films tan dispares pero a la vez tan cercanos como Poltergeist e Insidious. Y por supuesto en las decenas de hojas-buitre, textos-escalera, textos-túnel, fogonazos, dibujos, diagramas, tachaduras, desgarros o páginas-garra que hay disueltas por toda la novela.

Exactamente, La casa de las hojas refleja el transtorno de un Occidente obligado forzosamente a la introversión. A la implosión y no a la explosión. Lo que conlleva necesariamente todo tipo de interpretaciones y (sobre) interpretaciones. Probablemente mi visión de la novela sea otra de esas peligrosas (sobre)interpretaciones pero no importa. Desde el momento en que el ser humano no tiene un un horizonte que conquistar, la mente y el corazón y las piernas no caminan al mismo compás. El ser humano quiere avanzar pero no le es posible y la mente por tanto retrocede. Comienza a volver su vista al pasado para dar cientos de visiones -pues no hay movimiento hacia delante- sobre el pasado. El posmodernismo en gran parte fue esto. Una relectura continua de lo ya leído y disfrutado. Una rememoración sin fin de instantes e imágenes memorables de nuestra historia. Y de ahí, las múltiples interpretaciones sobre el propio texto incluidas en La casa de hojas -que incluyen suculentos cameos de, por ejemplo, Stanley Kubrick- o en otro de esos enormes frescos surgido de los estertores del tiempo posmoderno como es Karnaval de Juan Francisco Ferré. Un fresco barroco y rutilante que contiene, desde mi perspectiva, unas  de las más desternillantes y satíricas escenas de la novela contemporánea. Un despliegue de ingenio que describe sin rubor, muestra de un tajo, el absurdo y (sobre)exceso teórico en el que el mundo occidental ha caído. Me refiero a las escenas en que varios filósofos, sociólogos, psicoanalistas y escritores discuten y teorizan sobre el tan mentado coito entre Dominique Strauss-Kahn y la inmigrante guineana Nafissatou Diallo que inspiró entre otros muchos textos la, al menos para mí, decepcionante novela, L’enculé, del gran Marc Édouard Nabé.

Ok. A este respecto, sí, La casa de hojas, es también un gran karnaval. Pero, en este caso, negro. Una inmersión en las oscuridades de la tinta y el blanco de las páginas para intentar crear algo nuevo volviendo la vista atrás a más de veinte siglos de historia de la escritura. Con todo en contra, la prosa de Jacques Derridá, el estructuralismo, y el monstruo psicoanalítico, Danielewski nos mostró que aún es posible rasgar la tierra y el aire y el agua. Podemos destrozar la cultura para reinventarla. Domesticarla para dejarla en libertad. Y aprender un nuevo salvajismo. De una nueva oscuridad. La escritura aún está por inventar. Nosotros somos Babilonia. Somos los persas. La nueva Mesopotamia. La casa no sólo hemos de buscarla en el futuro. También en el pasado. Nosotros somos la CASA. Shalam

لِكُلّ شمْس مغْرِب

               Vive sin disciplina, muere sin honor

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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