La estulticia

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Aunque las obras de arte se encuentran circunscritas a una época sin la cual no terminan de ser comprensibles, están llenas de túneles en su interior a través de los que su mensaje establece comunicación con otras anteriores o posteriores en el tiempo. A veces incluso hay pasadizos que vinculan varias a lo largo de los siglos sin que sus autores tuvieran conocimiento unos de otros. Hay determinados escritores del siglo XX que tienen más en común con los del XVIII que con los de su tiempo y viceversa. El arte es una peonza que no cesa de girar, mostrando diversas facetas y rasgos del rostro de los creadores que a veces coinciden con los que previamente les adjudicamos y otras no. Estos días por ejemplo he estado leyendo el maravilloso Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam. Un texto avasallador, divertido y lleno de cultura y perspicacia. Una de las mejores obras a las que me he acercado este año. He de reconocer no obstante que lo que más me ha sorprendido al sumergirme en sus páginas no ha sido su calidad (que ya presuponía) sino los múltiples parecidos que le he encontrado con los mordaces mordiscos de la prosa de Thomas Bernhard. Algo por otra parte lógico porque el novelista austriaco no era tanto, (como muchos lo consideran tras una primera lectura), un artista trágico sino satírico.

El rey de la comedia destructiva del siglo XX fue Bernhard y uno de los magnos emperadores de la invectiva durante el Renacimiento fue Erasmo. En pocos escritores de hoy en día encuentro por ejemplo esa sagaz y visceral manera de atacar y ametrallar a todos los estamentos y todas las profesiones como lo hace el teólogo neerlandés en su famoso libro.

No quiero insistir demasiado en esta idea puesto que, aunque sea brevemente, creo que lo que deseo transmitir está muy claro. A continuación, no obstante voy a dejar unos fragmentos del capítulo 54 (el dedicado a los frailes y monjes) del Elogio de la locura. Un libro que no sólo recomiendo sino que animo a leer no tanto como fuente y raíz, como tradicionalmente se ha hecho, del estilo socarrón y burlón de Quevedo (que por supuesto que también) sino del feroz, cruel y divertido de Bernhard. Prueba del poder secreto y oculto de toda obra de arte.

Ahí los dejo: los frailes y monjes “estiman como suprema perfección estar limpios de toda clase de conocimientos, tanto, que no saben ni leer. Cuando en la iglesia cantan con voz asnal los salmos, con ritmo, pero sin sentido, creen de veras halagar placenteramente los oídos de Dios. Algunos de ellos explotan ventajosamente los harapos y la suciedad berreando por las puertas para que les den un trozo de pan, sin dejar posada, carruaje y barco que no recorran, con grave perjuicio de los demás mendigos. Estos hombres lisonjeros, con su suciedad, su ignorancia, su rusticidad, pretenden desvergonzadamente representarnos a los Apóstoles. ¿Habrá algo más chusco sino que todas las cosas las hagan según preceptos, como si se sujetasen a reglas matemáticas, cuya omisión significase sacrilegio?” (…)  El uno hará ostentación de no haber comido nunca más que pescado; el otro volcará cien azumbres de salmos; el de más allá enumerará sus mil ayunos, correspondientes a otros tantos días en que no ha hecho más que una comida, pero con esta sola habrá cargado el estómago casi hasta reventar; aquél exhibirá un montón de ceremonias que siete barcos no serían suficientes para transportar; quién se gloriará de que en sesenta años no rozaron sus manos una moneda de plata, sin llevarlas doblemente enguantadas; otro presentará su cogulla tan sucia y grasienta, que no se atrevería a ponérsela ni un marinero. Otro recordará que durante más de once lustros vivió como una esponja sin moverse del sitio; otro mostrará su ronquera a causa de cantar; otro dirá que, a consecuencia de la soledad, se ha embrutecido; otro achacará la torpeza de su lengua al silencio. Pero Cristo, cuando vea que no lleva traza de acabar esta lista de méritos, les interrumpirá exclamando: «¿De dónde ha salido esta nueva casta de judíos?”.

 “En suma, que toda su actuación es tal, que se juraría que han aprendido de los charlatanes de mercado, que les son muy superiores, aunque son ambos tan afines que nadie podría aclarar si éstos han enseñado su retórica a aquéllos, o aquéllos a éstos. Y, sin embargo, se encuentra gente, gracias a mí, que, al oírles, cree escuchar a verdaderos Demóstenes y Cicerones. Entre ellos sobresalen los mercaderes y las mujercillas, a quienes se esfuerzan más en agradar, porque si la adulación es oportuna, suelen compartir con ellos algunas migajas de sus bienes mal adquiridos. Las mujeres, entre otras muchas razones, favorecen a los frailes porque suelen confiar a su seno las quejas que tienen contra sus maridos. Comprendéis perfectamente cuánto me deben estos hombres que con sus ridículas ceremonias, sus gritos y sus necedades, ejercen una especie de despotismo entre los mortales y se creen unos San Pablo y San Antonio”. Shalam

لا أحد صغير جدًا لدرجة أنه لا يمكنه الموت اليوم

Nadie es tan joven que no pueda morir hoy

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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